Recibe Aleteia gratis directamente por email

¿No estas preparado para donar?

Aún así hay otras 5 maneras como puedes ayudar a Aleteia

  1. Reza por nuestro equipo y por el éxito de nuestra misión
  2. Habla de Aleteia en tu parroquia
  3. Comparte el contenido de Aleteia con tus amigos y tu familia
  4. Desactiva el bloqueo de publicidad cuando nos visites
  5. Suscríbete a nuestra newsletter gratuita y leenos a diario

¡Gracias!
El equipo de Aleteia

Suscríbete

Aleteia

Conozco a mi pareja, pero… no la entiendo

Comparte

Compartamos nuestros diversos puntos de vista

Suele suceder entre esposos: uno de ellos percibe un suceso de tal manera que lo lleva a comportarse como si dicha percepción encajara totalmente en la realidad, y puede venir entonces el apremio, la exagerada preocupación por decidir y actuar en consecuencia, o, por lo contrario, una actitud relajada y un escaso sentido de la urgencia.

Estas actitudes, no siendo apropiadas, pueden generar estrés en uno o ambos cónyuges.

Estas circunstancias ponen a prueba la necesidad de mejorar su comunicación en el aprendizaje, de ponerse en los zapatos del otro. Finalmente dos piensan mejor que uno si se comparten y aprovechan puntos de vista.

También dicho aprendizaje se convierte en la sal de la existencia, cuando las expresiones a propósito serán recordadas con sentido del humor, como anécdotas que pintarán de colores el paisaje de su historia común. Expresiones como:

  • ¡Mujer, gastamos tanto en las vacaciones que tendremos que regalar al perro pues no tendré para sus croquetas!
  • Le he dicho a mi esposo, que si nuestro hijo de tres años, en el kinder ya saca esas malísimas evaluaciones en computación, inglés, francés y chino mandarín, ¡jamás llegara a la universidad!
  • Mi esposo tiene tres días que no me habla de la oficina para decirme que me adora, ¡ya se murió nuestro amor!
  • ¡Tu madre anuncia visita de tres días, seguro de quedará un año!

 

He aquí una corta historia que describe estos inevitables lances:

Mi esposa me invitó al cine

Como es una de esas películas que a ella le gustan y a mí no tanto, acepté con la condición de que al salir del cine, fuéramos a un pequeño restaurante que suelo visitar con mis amigos.

Le digo que me comeré solo una hamburguesa con su respectiva cerveza. Acepta arrugando el entrecejo pues no le gusta que lo haga, ya que tengo sobrepeso. Aunque… ¿qué fue lo que le dije? ¿Una?

Me encanta salir con ella, siempre que no me malhumore haciéndome llegar tarde a algún lugar por decisiones imprevistas, o “por arreglarse en un minuto”. Así que le advertí por enésima vez, que algo así no podía suceder.

La respuesta fue la de siempre: -No te preocupes, no pasará. Luego, sosteniendo la mirada y poniendo cara de asombro y extrañeza, (gestos que ya conozco), añadió: -¿Por qué habría de pasar? Si te lo estoy prometiendo ahora, ¡ya quita esa cara!

La película empezaba a las 8.00 p.m. Calculando el tiempo de traslado y estacionamiento, deberíamos salir de casa 20 minutos antes. Se lo dije, y quedó acordado.

7.10 p.m. Primera llamada. Llego de la oficina agitado y le digo: -Mi vida, ya estoy aquí, salimos en 30 minutos (para hacer un poco de presión).

Escucho una alegre voz desde el baño: -Mi amor, ya estoy a punto, espero que te guste mucho la película.

La respuesta me causa cierta inquietud, son de esas frases habilidosas, oportunas y un tanto manipuladoras, en las que ella es experta.

7.25 p.m. Segunda llamada. Ya no le digo “mi vida”, sino que le llamo por su nombre poniendo énfasis de gravedad en el tono: -¡Encarnación, mira el reloj, te recuerdo en lo que quedamos!

La serenidad hecha persona me contesta -¡No seas impaciente, que el cine está aquí a la vuelta!

¿A la vuelta dijo? Se enciende un foco rojo. Me tomo un sorbo de agua, respiro profundo y trato de conservar la calma pensando: esta vez no pasará…

7.35 p.m. Tercera llamada. Ya no la llamo por su nombre, sino por el diminutivo propio de los síntomas previos al ataque histérico -¡“Encarna”, ¡que se nos hace tarde! (tengo sudor en la frente).

-Ya casi estoy lista -exclama con un tono de reclamo haciéndose la víctima-. Solo me falta un broche.

Escucho una sirena en el interior de mi cerebro, me veo subiendo por las paredes.

7.40 p.m. Cuarta llamada. Le pego un grito con el súper diminutivo de su nombre: -¡Enca! ¡Que llegamos tarde otra vez!

-¡Solo me falta un zapato!- responde en voz baja, como quien está entre apurada y distraída.

No puede ser, no puede ser… pienso, un zapato puede costarle un cuarto de hora más, debe ser el zapato de la Cenicienta que se le ha perdido y lo está buscando; lo más seguro es que lo dejara en la carroza aquella, y, claro, ahora habrá ido a la carroza por él. (pensamientos que me vienen a la cabeza preparándome para el pleito, integrando previamente fuertes dosis de sarcasmo).

7.45 p.m. De puntillas me acerco a la puerta abierta de la habitación y… ¡oh sorpresa! Mi esposa no está buscando el zapato que le falta, como tampoco lo está buscando en ninguna carroza. Habla por teléfono con la inoportuna de su prima Clara, y aprovecha para reunir calcetines en pares con singular alegría, porque los acaba de sacar de la secadora y no los quiere dejar por ahí.

¡Aunque lleguemos tarde al cine está hablando por teléfono y guardando calcetines!

Me derrumbo en nuestro precioso sofá color morado confundiéndome en su color, rumiando la más terrible de las venganzas. Estoy dispuesto a todo…

7. 50 p.m. Mi esposa sale con una esplendorosa sonrisa y dice -¡Listo, en diez minutos estamos en el cine!

Accedo impasible, porque en mi ya tenebroso y mascullado plan de venganza, pienso… al salir del cine devoraré, sin más, tres hamburguesas con sus respectivas cervezas; mientras que la que adquiera el precioso color morado, habrá de ser ella. La venganza será dulce.

Llegamos 8.05 p.m. La película aún no empezaba, había un pequeño retraso, mi esposa se sentó viéndome de reojo con aire de satisfacción. Yo me hago el occiso.

Disfrutamos de la película y al salir me invitó a comer hamburguesas, diciéndome con desenfado que me comiera todas las hamburguesas que quisiera con sus respectivas cervezas, que ella invitaba con unos ahorrillos que tenía.

Mi mujer me conoce demasiado.

Si los cónyuges no mantienen con excesiva rigidez sus propios valores respecto del otro, entonces, es muy probable que entrenándose ambos en estrategias de negociación y de solución de problemas, muchos conflictos se eviten, controlen o extingan más fácilmente.

Al adquirir experiencia se darán cuenta, de que con el tiempo, los sucesos por difíciles que puedan haber sido, adquirirán siempre una relativa importancia. Por es no se debe de comprometer negativamente la alegría de estar juntos, pues será siempre un valor superior.


Por Orfa Astorga de Lira, m
áster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.

Escríbenos a consultorio@aleteia.org

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.