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«Todos estamos llamados a convertirnos en escritores vivientes del Evangelio»

Vatican Insider - publicado el 02/07/16

«El Evangelio es un libro abierto en el que hay que seguir escribiendo con gestos concretos de amor». Francisco repitió el saludo de Jesús a los discípulos, «Que la paz esté con ustedes». Es la misma paz, explicó en la Plaza San Pedro, que «esperan los hombres de nuestro tiempo, no es una paz negociada, no es la suspensión de algo que no funciona: es su paz, la paz que proviene del corazón del Resucitado, la paz que venció al pecado, a la muerte y al miedo». Es decir, la paz de Cristo que une y no divide. 

«Muchas personas piden ser escuchadas y comprendidas, la Humanidad herida, Dios quiere curarla, pero el Evangelio de la misericordia tenemos que escribirlo nosotros», exhortó el Papa enviando a los cristianos a «salir para llevar la paz que une». La misericordia es la cifra de su Pontificado. A ella dedicó el Año Santo extraordinario y la invitación a ser misericordiosos como el Padre con su pueblo resuena cotidianamente en sus homilías pronunciadas durante las misas matutinas en la capilla de la Casa Santa Marta. 

El Papa invitó a «consolar a una humanidad a menudo herida y temerosa». No es un domingo cualquiera. El Pontífice celebró la misa en una Plaza San Pedro llena de fieles en ocasión de la Fiesta de la Divina Misericordia, instituida por san Juan Pablo II (quien se inspiró en la santa Faustina Kowalska). Un abrazo de fe en la Plaza San Pedro, en ocasión del Jubileo de las Personas que siguen la espiritualidad de la Divina Misericordia, según el mensaje de la santa polaca. Después de 11 años, la Fiesta de la Divina Misericordia vuelve a caer en la misma fecha que en 2005, cuando Karol Wojtyla falleció durante las primeras vísperas, el sábado 2 de abril, como recordó conmovido ayer por la tarde Jorge Mario Bergoglio durante la vigilia de oración. 

Llegan directamente al corazón de los fieles las palabras de Francisco en esta Fiesta que une como un hilo rojo los Pontificados de Wojtyla, Ratzinger y Bergoglio: «El Evangelio de la Misericordia —subrayó el Papa—, para ser leído y escrito en la vida, busca personas con el corazón paciente y abierto, ‘buenos samaritanos’ que conocen la compasión y el silencio ante el misterio del hermano y de la hermana; exige siervos generosos y alegres, que amen gratuitamente sin pretender nada a cambio». Y ser «apóstoles de misericordia» significa «tocar y acariciar las llagas» de Cristo, «presentes en el cuerpo y en el alma de muchos hermanos y hermanas» de nuestra época. 

El Pontífice llamó nuevamente a salir al encuentro «de todas las pobrezas, a liberar de todas las formas de esclavitud que afligen a nuestro mundo». Todos los cristianos están llamados a escribir el Evangelio de la Misericordia. Por ello, la misión que Jesús encomendó a sus discípulos también es la misión de los hombres y de las mujeres de hoy: «llevar al mundo el Evangelio del perdón». Y, explicó el Papa, «todos estamos llamados a ser escritores vivientes del Evangelio, portadores de la Buena Noticia a todo hombre y mujer de hoy. Lo podemos hacer realizando las obras de misericordia corporales y espirituales, que son el estilo de vida del cristiano. Por medio de estos gestos sencillos y fuertes, a veces hasta invisibles, podemos visitar a los necesitados, llevándoles la ternura y el consuelo de Dios». Y lo podemos hacer «poniendo en práctica las obras de misericordia corporal y espiritual, que son el estilo de vida del cristiano». De esta manera, «se prosigue aquello que cumplió Jesús en el día de Pascua, cuando derramó en los corazones de los discípulos temerosos la misericordia del Padre, el Espíritu Santo que perdona los pecados y da la alegría». «El Evangelio —continuó el Papa— es el libro de la Misericordia de Dios, que debe ser leído y releído, porque cuanto Jesús dijo y cumplió es expresión de la Misericordia del Padre. Pero no todo ha sido escrito». 

Después, el Pontífice lanzó un fuerte llamado a la solidaridad con el prójimo: «Vemos ante nosotros una humanidad continuamente herida y temerosa, que tiene las cicatrices del dolor y de la incertidumbre. Ante el sufrido grito de misericordia y de paz, escuchamos hoy la invitación esperanzadora que Jesús dirige a cada uno de nosotros: ‘Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo’». Y «el camino que el Maestro resucitado nos indica es de un solo sentido, va en una única dirección: salir de nosotros mismos, para dar testimonio de la fuerza sanadora del amor que nos ha conquistado». Por ello «toda enfermedad puede encontrar en la misericordia de Dios una ayuda eficaz. De hecho, su misericordia no se queda lejos: desea salir al encuentro de todas las pobrezas y liberar de tantas formas de esclavitud que afligen a nuestro mundo. Quiere llegar a las heridas de cada uno, para curarlas». Y el Papa aconsejó a los fieles que la misericordia se acerque, no se quede lejos; la Divina Misericordia «desea salir al encuentro de todas las pobrezas y liberar de tantas formas de esclavitud que afligen a nuestro mundo. Quiere llegar a las heridas de cada uno, para curarlas. Ser apóstoles de misericordia significa tocar y acariciar sus llagas, presentes también hoy en el cuerpo y en el alma de muchos hermanos y hermanas suyos». 

«Pidamos la gracia —concluyó Francisco— de no cansarnos nunca de acudir a la misericordia del Padre y de llevarla al mundo; pidamos ser nosotros mismos misericordiosos, para difundir en todas partes la fuerza del Evangelio, para escribir esas páginas del Evangelio que el Apóstol Juan no escribió». 

Después de la misa, el Papa rezó por Ucrania durante el Regina Coeli y pidió «paz y respeto del derecho en esta tierra tan probada»; anunció también que el próximo 24 de abril habrá « una colecta especial en todas las iglesias católicas de Europa», para «promover una acción de apoyo humanitario» a todos los que «permanecen en las tierras transtornadas por las hostilidades que han causado ya varios miles de muertos, y en aquellos – más de un millón – que han sido empujados a abandonarlas por la grave situación que continúa». 

«Mientras rezamos por la paz —continuó—, recordemos que mañana se celebra la Jornada Mundial contra las minas antipersona. Muchas personas continúan siendo asesinadas o mutiladas por estas terribles armas, y valientes hombres y mujeres arriesgan sus vidas desinfestando los terrenos minados. ¡Renovemos el compromiso por un mundo sin minas!». 

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