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CINE CLASICO Independence Day: unidos contra los inhumanos alienígenas

Jorge Martínez Lucena - publicado el 02/07/16

O cómo los extraterrestres consiguen... ¿despertar? a un aburrido Occidente que añora los ideales de antes

Los extraterrestres siempre han dado cuerpo al temor a lo desconocido, al otro que no se deja reducir a la propia medida y que por ello parece en sí una amenaza, porque se escapa, porque no se deja doblegar o domesticar.

En nuestro horizonte cientificista, en el que el misterio no es más que una realidad residual sometida al ineluctable y progresivo proceso de iluminación o colonización por parte del conocimiento, es lógico que lo imposible para la cuadrícula de la razón, lo que innegablemente la desborda y excede, pase a poblar lo insondable del inconsciente, ese doble trucado de la realidad que conecta con la imaginación, convirtiéndose en poco más que un enemigo flagrante, en criatura acechante con intenciones más que harteras.

Cuando la providencia ha sido substituida por el progreso y el vacío generado por el Dios misericordioso de los evangelios ha sido rellenado por un ciego iracundo llamado azar, la cultura tiene que poner en juego determinados dispositivos que funcionen a modo de válvula de escape, que permitan eliminar una presión que crece exponencialmente porque no dejamos de constatar a todas horas que lo desconocido y la indeterminación están y son signos de imperfección, rastros del riesgo que corremos, del descontrol al que estamos expuestos, de la ansiedad que nos oprime el pecho como un inminente infarto de miocardio.

La literatura pone en juego algunos recursos orientados a esta finalidad catártica. Los géneros del terror y de la ciencia ficción serían dos buenos ejemplos de esto que saltaron fácilmente al terreno cinematográfico. Zombis, vampiros, trolls, orcos, bladerunners, terminators o extraterrestres, se han convertido en los blancos a los que podíamos disparar para eliminar nuestras pesadillas.

En su Crítica de la razón pura Kant usaba la expresión seres racionales en lugar de la de seres humanos. Quizás intuía que una determinada concepción de la razón, escindida del amor, haría aparecer en el reverso de nuestras vidas seres tan abominables como Alien, el octavo pasajero (1979) o el evolucionadísimo bicho de Species (1995), que pese a tomar en algún momento prestado el cuerpo de Natasha Henstridge, no tenía nada de apacible. En ese sentido, parece que no solo es verdad el adagio de que el sueño de la razón produce monstruos, sino que la permanente vigilia del ojo racionalista comporta también memorables alucinaciones y pesadillas.

Aunque, en ocasiones, estos extraterrestres también cumplen una función positiva. E.T. (1982) es el perfecto paradigma de la bondad que podemos encontrar en el otro. Cocoon (1985) también nos muestra lo benefactores y curativos que pueden ser unos enormes huevos intergalácticos en una piscina.

Sin embargo, también cuando los seres racionales alienígenas tienen tecnologías superiores a la terrícolas y quieren conquistarnos porque su planeta ha sido expoliado y necesitan alimentarse, se pueden convertir en una oportunidad de unión en tiempos individualistas.

Lo vimos ya en nuestra infancia en la teleserie V (1984-85), con aquella Diana malísima que comía ratas a pelo y que era un lagarto de camuflaje, a la que se oponía aquella resistencia tan irrisoria e inspiradora de nuestra pubertad. Pero lo hemos vuelto a apreciar en la relativamente reciente adaptación de La Guerra de los Mundos (2005) o en la película Independence Day (1996), que aquí nos ocupa, en la que la invasión marciana pone en jaque a la humanidad entera.

Los recién llegados cuentan con un armamento sofisticadísimo que les hace ganar batalla tras batalla en todo el globo. Los hombres parecen no tener nada que hacer. Sólo les queda su corazón, su arrojo, su pasión, su inteligencia y su disposición a morir por un ideal. La sociedad sin ideales que apareció tras la caída del muro de Berlín y la consiguiente santificación del neoliberalismo a braga quitada no da la medida de lo que ellos son.

Es verdad que antes de la invasión todos los personajes parecen estar distraídos y adormecidos por el consumo, el bienestar, el alcohol, el entretenimiento, el aburrimiento. Sin embargo, la solidaridad de los conmovidos por la experiencia extrema de las trincheras hace brotar en ellos los grandes ideales de antaño, que resuenan en el emotivo discurso humanitario del Presidente de Estados Unidos –que sólo encuentra parangón en aquel otro más nacionalista de Armaggedon (1998), apenas dos años después- justo antes de lanzar el último y desesperado ataque aéreo internacional contra las aparentemente invulnerables naves extraterrestres.

Dicho esto, el hecho de que un padre de familia alcohólico con pasado de piloto de guerra se convierta en el héroe y chivo expiatorio de la batalla final, entre las incontenibles lágrimas de los espectadores, hace pensar que Ignacio Ramonet tiene algo de razón cuando en La golosina visual denuncia que Hollywood es el mayor foco de alienación de Occidente.

De hecho, al final del filme uno ha secretado tanta adrenalina que parece que haya estado practicando el paracaidismo, y tiene la sensación de que vivimos en un mundo guay, donde los últimos son los primeros y todas las culturas trabajan codo con codo por el bien común. Eso sí, con el insobornable liderazgo de los United States of America.

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