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El tiempo de la cosecha: ¿Qué tiene de bueno ser viejo?

Miguel Pastorino - publicado el 30/06/16

Envejecer es un arte que requiere preparación: ¿cómo te preparas tu?

No por tener más años se cultivan nuevas y mejores virtudes, pero si se está dispuesto a vivir en plenitud cada etapa de la vida, hay virtudes propias de cada tiempo que hacen de cada momento de la vida algo único y valioso, irremplazable. Y es especialmente en la vejez que se nos regala cosechar y disfrutar de lo sembrado a su debido tiempo.

El teólogo Romano Guardini en su obra sobre las edades de la vida, advierte contra la visión infantil de considerar como valiosa solamente la juventud. De hecho en la actualidad el modelo de realización personal parece ser el «eterno adolescente», y así la adultez y aún más, la ancianidad, parecen etapas a las que no se desea llegar y a las que no se quiere mirar, haciéndola invisible socialmente. Más grave es para la sociedad cuando los mismos adultos y ancianos no valoran su propia etapa vital con sus propios valores y miran a los más jóvenes con desprecio y amargura.

El contacto con personas mayores es siempre una silenciosa confrontación con nuestro propio envejecimiento y nuestros propios miedos. Quien rechaza su propio envejecimiento trasladará ese rechazo a las personas que ahora son ancianas, porque la vida del anciano es un espejo de un futuro posible y un envejecimiento inevitable de cada uno de nosotros. Quienes logran ya en su juventud aceptar al anciano con todas sus limitaciones, de alguna manera valoran las virtudes propias de la ancianidad y ven en ella también sus valores y riquezas. El amor y el respeto, el cuidado y la generosidad para con los más débiles es una forma de abrazar la propia vulnerabilidad.

Un tiempo de aceptación

Una de las experiencias más liberadoras de la vida es el amor de aceptación, saberse amado y aceptado. Tal vez la más difícil de lograr es la aceptación de uno mismo. Pero las dificultades propias del envejecimiento y la experiencia de nuevos límites nos obliga a mirar hacia dentro, a cambiar la mirada. Escribe Guardini: «Dejan de ser prioritarios los sucesos y realidades que hacen al momento. Cede la vehemencia con que absorben el pensamiento y la fuerza emocional del corazón. Muchas cosas que parecían de máxima importancia dejan de serlo, mientras que otras, que parecían insignificantes, adquieren intensidad y peso».

Para poder vivir lo nuevo hay que morir a lo que ya no es; para abrirse a lo que viene, hay que soltar lo que ya no podrá ser. Dice el filósofo judío Martin Buber que no se logra envejecer satisfactoriamente sin más, es preciso prepararse bien para esta etapa en la que se pierden muchas cosas y es preciso desprenderse de muchas cosas para poder liberarse interiormente. Para Buber el sabor perdido por lo que vivimos con anterioridad nos obliga a recomenzar constantemente, con un horizonte de esperanza en lo que vendrá.

No es fácil hallar una respuesta a los dolores y pérdidas que trae el envejecimiento, pero todos los testimonios de quienes viven su vejez con alegría, coinciden en que el mejor camino es la aceptación de uno mismo y de la realidad tal como se nos presenta. El vivir en la verdad y desde allí reconciliarse consigo mismo, aceptando los propios límites y sanar las heridas del pasado desde la experiencia del amor incondicional de Dios, que nos mueve a amarnos con una nueva mirada, nos devuelve la paz. El jesuita holandés P. Van Breemen enseña que la vida solo puede realizarse si nos aceptamos con todo: con nuestros logros y fracasos.

La soledad

Para muchas personas mayores la soledad es un drama que solo con muchas dificultades llegan a resolver, especialmente cuando ha muerto su cónyuge. La experiencia de que «nadie los visita», que «nadie los necesita», que los olvidan, son expresiones recurrentes que expresan un sentimiento de gran soledad, convirtiéndose en una opresión cotidiana.

Sin embargo hay testimonios de quienes le hacen frente a su soledad, no buscando huir de ella, sino mirándola directamente, aceptándola y haciendo de ella una oportunidad para el crecimiento interior. Quien sabe vivir la soledad como una invitación a ver más allá de nuestros límites y a descubrir tesoros de nuestro interior todavía desconocidos, encuentra una gran paz y vive su soledad como una bendición. Hay quienes aprovechan su soledad para hacerla fecunda espiritualmente y viven sus relaciones con los demás con otra hondura y riqueza, sin reclamos ni amarguras, con un corazón agradecido por la oportunidad de crecimiento que implica esta experiencia.

Las virtudes de la ancianidad

¡Qué bello adorno para las canas es saber juzgar y para los ancianos, ser hombres de consejo! ¡Qué hermosa es la sabiduría de los ancianos, la reflexión y el consejo de la gente respetable! Corona de los ancianos es una rica experiencia, y su orgullo, el temor del Señor. (Eclo 25, 3-6)

Los autores de espiritualidad de la tradición judía y cristiana sostienen que es necesario el cultivo de ciertas virtudes propias de la ancianidad, para envejecer bien. Entre ellas podemos encontramos la paciencia, que en su origen griego (hipomoné) significa mantenerse firme, resistir o cargar, es una virtud donde los ancianos sostienen a los jóvenes que a pesar de sus fuerzas, desesperan y no saben soportar. Los pacientes son como columnas que sostienen a los que no saben esperar, son personas que regalan esperanza.

La benevolencia es un ensanchamiento del corazón, una mirada que no juzga y que regala misericordia porque acepta la fragilidad en su propia historia personal. Las personas cuyo corazón se ha vuelto como una casa grande donde todos puede entrar sin sentirse juzgados, irradian ternura y suavidad en el trato con los demás.

Una virtud más fácil de cultivar en la vejez es la libertad, porque ya no necesitan guiarse por las expectativas ajenas y expresan sus opiniones sin temor. No necesitan crear una imagen, son libres para ser quienes son en verdad. Aunque se sientan más dependientes físicamente, pueden crecer en una independencia interior que no es fácil de lograr en la juventud. Tener que desprenderse de muchas cosas les hace ganar libertad para no atarse a nada. ¡No tienen que demostrar nada! Y ellos siembran un espacio de libertad donde otros tienen miedo de ser ellos mismos.

El cultivo de un corazón agradecido determina la calidad de vida. La gratitud nos hace vivir felices, en cambio, la queja nos va secando interiormente. Goethe escribió que la ingratitud es siempre una especie de debilidad y Cicerón decía que la gratitud no es solo la mayor de las virtudes, sino la madre de todas las demás. En la ancianidad la gratitud es una luz sobre los recuerdos, porque quien tiene algo para agradecer tiene un tesoro que nadie le podrá quitar, ni aún en los momentos de mayor sufrimiento.

Una virtud que la sociedad de hoy necesita recibir más que nunca de los ancianos es la serenidad. No una indiferencia estoica, sino la capacidad de ver con mayor profundidad los acontecimientos y a las personas, de contemplar la realidad sin querer cambiarla dejando que las cosas se manifiesten desde lo que son. La serenidad se necesita para poder conversar con profundidad, para poder llegar al corazón de los demás, para rescatarlos de su ajetreo cotidiano. La serenidad es una conciencia madura del tiempo y no se deja arrastrar por presiones de ningún tipo.

El teólogo alemán Karl Rahner estaba convencido de que una tarea importante que deben cumplir los ancianos es la de ser un puente entre las generaciones y mediar entre las vejez y la juventud, siendo mediadores que nos enseñan a ver con mayor apertura y hondura la vida. Que no vivan aislados sino en medio de la sociedad, entregando la riqueza de su sabiduría y de sus virtudes.

Muchos también narran como la vejez los hizo más sensibles a los demás, a los gestos cotidianos de atención y amistad y adquirieron una sensibilidad mayor para agradecer detalles de la vida que en otras etapas pasan desapercibidos. Un mundo necesitado de compasión y ternura, necesita de hombres y mujeres que nos devuelvan la sensibilidad por los demás y por la naturaleza.

El arte de envejecer

Envejecer es un don, pero también una tarea. Acompañar a muchas personas en diferentes etapas de la vida me ha confirmado lo que tantos ancianos me han enseñado: que envejecer es un arte que requiere preparación. De niños nos preparan para nuestra juventud, en la juventud nos preparamos para nuestra vida adulta, pero no se habla mucho – o más bien nada- de la preparación para el envejecimiento.

De a poco algunas empresas empiezan a descubrir la importancia de la capacitación pre-jubilatoria para evitar tantas crisis y depresiones en quienes no saben qué hacer en una etapa llamada «pasividad». Otros comienzan a hacerlo por propia iniciativa cuando buscan encontrar un sentido a esta nueva etapa de sus vidas y prueban múltiples caminos de recomenzar una vida nueva. Ir cultivando virtudes que se hacen más fuertes en la ancianidad es un arte que nos prepara para ser fuertes interiormente, cuando nos vamos debilitando físicamente.

Cada etapa de la vida tiene sus propias tareas, su propio encanto y belleza, así como sus peligros y límites. Pero cuanto más avanza la vida, más claramente se ven sus ejes fundamentales. Herman Hesse escribió que «solo quien está pronto a partir y peregrinar podrá eludir la parálisis que causa la costumbre… frente a nuevos espacios que debamos recorrer, las llamadas de la vida jamás acabarán para nosotros».

Como bien enseñó Heidegger, el hombre es un ser-para-la-muerte, que no solo muere, sino que sabe que va a morir y esto lo angustia, porque la muerte es la única posibilidad presente en todas las posibilidades de su existencia. Y más aún, la vida auténtica solo es posible cuando no se niega la realidad de la muerte viviendo en la frivolidad, sino cuando se vive con la conciencia de la propia finitud. El conocimiento de la propia limitación es la posibilidad de una existencia auténtica. Esta conciencia se hace más real de modo particular en la ancianidad y las preguntas por el sentido de la vida ya no son tan fáciles de evadir.

Vivir la vida como don

«La vejez se ofrece al hombre como la posibilidad extraordinaria de vivir no por deber, sino por gracia» (Karl Barth). Y es tan cierto que la vejez es el tiempo del recuerdo agradecido, donde se tiene la necesidad de narrar, de contar la propia historia para asumirla como don, como gracia, como transmisión de una experiencia de fe, de esperanza y amor, que a su vez enriquece la vida de los otros. El relato siempre puede ser ocasión para bendecir la vida de los demás con fe y sabiduría, con esperanza y sensibilidad.

La conciencia de que es posible una ancianidad fecunda y llena de dulzura, en medio de las dificultades propias de la edad, nos hace cantar con el salmista «En la vejez seguirán dando frutos, estarán lozanos y frondosos» (Sal 92,15).

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