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¿Para qué estoy aquí?

Carlos Padilla Esteban - publicado el 29/06/16

¡Qué importante es vivir el hoy al máximo pero sabiendo hacia dónde voy!

Conozco a tantas personas que buscan el sentido de su vida… Han hecho lo que otros esperaban de ellos, o han tomado decisiones en medio de su camino. Se han confundido. Han acertado. Han recorrido los días de su vida. Han huido y se han encontrado a sí mismos de nuevo. Han elegido y han desechado.

Pero tal vez no son conscientes de haber decidido algo de la mano de Dios. No han visto su rastro en su vida. No han percibido el manto de ningún profeta cayendo sobre sus hombros. En medio de su rutina buscan un sentido a sus pasos. ¿Para qué estoy aquí? ¿Hacia dónde navega mi barca?

La pregunta por el sentido último de mis pasos. La pregunta sobre el para qué de mi existencia. ¡Cómo acallar ese grito que surge de las entrañas! Imposible acallarlo. Desaparece y vuelve. Una y otra vez. Regresa el deseo de encontrar un sentido.

Y nos detenemos delante de Jesús: “Te seguiré, Señor”. Queremos seguirlo. Queremos pertenecerle por entero. Descubrir el sentido de la vida. Estos “para qué” que no logramos respondernos.

Hoy quiero recibir el manto del profeta. Como Eliseo. Como tantos santos que han encontrado a quién seguir siguiendo los pasos de Jesús. Rostros humanos que son lazos tendidos desde lo alto.

Decía el padre José Kentenich: “Dios deja caer una cuerda. Desea vincularnos con lazos humanos. Desea atraer a los hombres. Pero tira de la cuerda hacia arriba y no descansa hasta que todo haya llegado a estar vinculado con Él”[1].

Amar a Dios en la carne de las personas que amo. En sus rostros humanos encontrarme con su rostro. Subir más alto, más arriba. Superando las desilusiones y los desencuentros. Más hondo. Mar adentro.

Repito las palabras de san Pablo: “Manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud”.

¡Hay tanta esclavitud! ¡Vivo tan apegado al mundo y a todo lo que me atrae de él! No me veo fuera del mundo. Soy del mundo. Pero tengo vocación de cielo.

Me ato y me esclavizo y comprendo que tengo que mantenerme firme. Coger con fuerza el manto de profeta que me asegura la fuerza para caminar con más rapidez. El tiempo urge. El amor me urge. El amor a los que Dios ha puesto en mi camino para atarme a Él. El amor que levanta mi corazón hacia su propio corazón.

Miro a Jesús en este día. Me arrodillo consciente de mi pequeñez sujetando mi manto. Ese manto que me entregó con mi vocación. Ese manto de servicio, de entrega, de amor. No quiero perder el tiempo. Tengo mucho que hacer en este mundo que tantas veces camina sin rumbo.

¿Hacia dónde vamos? Vivo el hoy pero sé hacia dónde camino. Hay una meta, un rumbo, un ideal. Creo que es la clave de mi peregrinación en la tierra. ¡Qué importante es vivir el hoy al máximo, con lo que encierra de vida, de luz, de miedo, pero sabiendo hacia dónde voy!

De alguna manera, esa meta impregna el hoy y el hoy hace que la meta sea más bella. Pienso que así vivió Jesús, disfrutando el momento, entregándose del todo en la etapa que le tocaba cada día, pero sabiendo que su meta era salvar a todos, llevar a todos a su Padre. Aunque hubiera que pasar por la cruz.

Y creer en mi misión en la tierra entre los hombres. Recibo el manto del profeta. Recibo la gracia de un camino. ¿Para qué estoy hecho? Quiero sostener con fuerza el manto que me han entregado.

No camino solo. Camino con muchos que me ayudan a caminar. Y yo, al mismo tiempo, ayudo a muchos a caminar. Misión de profeta. Vocación de discípulo de profeta.

Jesús fue profeta. Caminó en el Jordán siguiendo los pasos de Juan el Bautista. Y Él mismo entregó su manto a sus discípulos para que ellos también fueran profetas. No profetas falsos, de esos que son una mentira y engañan con sus vidas. Profetas fieles, verdaderos.

Me gusta la vocación de profeta. Anunciar y denunciar. Hablar y callar. Hacer y dejarse hacer por Dios, por los hombres. Unir y cortar. Atar y desatar. Tengo vocación de profeta. Para anunciar un camino de esperanza. Para denunciar tantas esclavitudes que no me dejan ser libre.

Somos hijos de Jesús, hijos de un profeta. Tenemos vocación de profetas. Capaces de descifrar los signos de los tiempos. ¿Dónde me habla Dios? Dios me busca en medio de mi camino. De las dudas. De los miedos. Me busca. Quiere ungirme con su óleo de salvación. Quiere hacerme de nuevo, cambiar mi rostro. Darme un nuevo corazón semejante al suyo.

Tengo vocación de profeta. Soy consciente de que Jesús me pide que siga sus pasos. Que no tenga miedo. No quiero buscar excusas. Quiero seguirle allí donde vaya. Sin esperar a encontrar el mejor momento. Cuando ya todo esté arreglado. Cuando se den circunstancias más favorables.

Hay personas que viven esperando su momento para poder dar la vida. Se parecen tanto al joven rico. Quieren darlo todo. No quieren ser egoístas. Pero nunca es el momento. Siempre hay algo antes. Siempre lo importante tiene que esperar.

Viven guardándose para un mejor momento, para un momento en el que puedan amar de verdad, sin miedo y para siempre. Y el tiempo se les escapa de las manos. Lo pierden. La vida se les va.

Quiero dejar de lado mis excusas. Y decirle a Dios que quiero seguirle hoy, tal como estoy, en mis circunstancias, en este momento del camino.

[1] J. Kentenich, Educación mariana, 1934

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