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Francisco en el Memorial del «Gran Mal»: «nunca más tragedias como esta»

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Aquí, en la «colina de las golondrinas», el tiempo parece haberse detenido. El mausoleo, el Muro de la Memoria y las estrellas de la Armenia renacida expresan el dolor de un pueblo que ha sufrido una tragedia, «un genocidio», como afirmó ayer Papa Francisco frente a las autoridades del país, un millón y medio de personas exterminadas por los turcos. Un exterminio olvidado durante mucho tiempo y que sigue siendo negado, que representa todavía tensiones constantes con Turquía, quien se empeña en negar lo que sucedió al inicio de la Primera Guerra Mundial. Aquí, en el Tzitzernakaberd Memorial, en el mausoleo circular conformado por doce placas inclinadas de basalto (que representan el número de provincias que vivieron la violencia atroz), arde al aire libre la «Llama Eterna», en memoria de quienes perdieron la vida. Una memoria a la que todavía le cuesta muchos esfuerzos ser reconocida.

Bergoglio y el Catholicos Karekin II fueron recibidos por el presidente armenio y recorrieron a pie el último trayecto del camino que lleva al Memorial, en donde el Papa dejó una corona de flores, acompañado por un grupo de niños con carteles que representaban a los mártires de 1915. Fue conmovedor el canto del himno del «Hrashapar bakuzmamp», que, hablando sobre las víctimas, afirma: «Imágenes auténticas del Ángel de Dios, que guiadas a la masacre, fueron sacrificadas como corderos inmaculados, que estaban frente a los verdugos inflamados por un ímpetu irracional, sin embargo no abrieron sus bocas, ni para renegar al Señor, ni la patria. Señor, santo y verdadero, hasta cuando no juzgues y no exijas justicia de la causa de nuestra sangre».

Papa Francisco conoce muy bien la historia de Armenia y los sufrimientos de su pueblo. En el discurso que pronunció ayer, viernes 23 de junio, ante las autoridades políticas del país, recordó el «Metz Yeghérn», el «Gran Mal», expresión que utilizan los mismos armenios para referirse al genocidio. Un evento, según dijo Bergoglio, «azotó a su pueblo y causó la muerte de una gran multitud de personas. Aquella tragedia, aquel genocidio, por desgracia, inauguró la triste lista de las terribles catástrofes del siglo pasado, causadas por aberrantes motivos raciales, ideológicos o religiosos, que cegaron la mente de los verdugos hasta el punto de proponerse como objetivo la aniquilación de poblaciones enteras».

La oración de intercesión en el memorial de Tzitzernakaberd es un signo elocuente de cercanía y de participación del dolor del pueblo armenio. El Papa rezó en italiano con estas palabras: «Escúchanos, Señor, y ten piedad, expía y limpia nuestros pecados».

A lo largo del recorrido, el Pontífice bendijo y regó un árbol que quedará en el lugar como recuerdo de su visita. Estaban presentes, en la terraza, unos diez descendientes de armenios perseguidos, que en su momento fueron alojados y salvados en Castel Gandolfo por Papa Benedicto XV. Papa Francisco también firmó el libro de visitas del Memorial, en el que escribió el siguiente mensaje: «Aquí rezo, con dolor en el corazón, para que nunca más haya tragedias como esta, para que la humanidad no olvide y sepa vencer con el bien el mal; que Dios conceda al amado pueblo armenio y al mundo entero paz y consolación. Que Dios custodie la memoria del pueblo armenio. La memoria no debe licuarse ni olvidarse, la memoria es fuente de paz y de futuro».

Hace poco más de un año, Francisco quiso celebrar el centenario aniversario del genocidio con una misa en San Pedro. Hoy fijó su mirada, en silencio, sobre la «Llama Eterna». Rezando y recordando.

Si volvemos a leer la homilía y el mensaje que entregó al pueblo armenio al final de la liturgia de abril de 2015, durante la conmemoración del centenario, nos damos cuenta de que, en la óptica del Obispo de Roma, reconocer el exterminio de 1915 no tiene nada que ver con ninguna reivindicación o con la voluntad de culpabilizar a Turquía en su conjunto por los hechos que sucedieron hace un siglo.

Al responder a una pregunta sobre el genocidio armenio durante el vuelo de regreso a Roma de Estambul, al final de su viaje a Turquía en noviembre de 2014, Papa Bergoglio usó palabras de aliento para referirse a ese primer reconocimiento de la tragedia armenia que había hecho el presidente turco: «El gobierno turco hizo un gesto, el año pasado: el entonces primer ministro ministro Erdo?an escribió una carta en esta fecha; una carta que algunos consideraron demasiado débil, pero fue, según mi opinión, grande o pequeño, no lo sé, un tender la mano. Y esto siempre es positivo. Yo puedo tender la mano así o puedo tender la mano así, esperando a ver qué me dice el otro para no quedarme incómodo. Y esto es positivo, lo que hizo entonces el primer ministro».

Los primeros asesinatos del «Metz Yeghérn» comenzaron entre el 23 y el 24 de abril de 1915: fueron arrestados los miembros de la élite armenia de Constantinopla. La operación, orquestrada por el Imperio Otomano, continuó durante los días que siguieron. En un mes, más de mil intelectuales armenios (periodistas, escritores, poetar y parlamentarios) fueron deportados hacia el interior de Anatolia. Después llegaron las deportaciones y los exterminios de masa, con la población principalmente compuesta por viejos, mujeres y niños obligados a las «marchas de la muerte» hacia la región de Deir ez Zor en Siria: cientos de personas murieron debido al hambre, a las enfermedades, al cansancio o fueron asesinadas a lo largo del camino.

 

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