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Francisco: «el amor concreto es la tarjeta de presentación del cristiano»

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Es el amor concreto «la tarjeta de presentación del cristiano». «Otras formas de presentarse son engañosas e incluso inútiles, porque todos conocerán que somos sus discípulos si nos amamos unos a otros». Papa Francisco se dirigió de esta manera a la comunidad católica armenia, en la ciudad de Gyumri, en donde los católicos son más numerosos y que se encuentra en una región que se vio devastada por un violento terremoto en 1988. Y pronunció palabras que van a lo esencial del testimonio de los cristianos. 

Francisco quiso visitar esta ciudad, a pocos kilómetros de la frontera, cerrada, con Turquía. Lo recibió una multitud de miles de personas, que durante la mañana se cubrían del sol con sombrillas. Hay grupos que llegaron desde Georgia, país que al que el Pontífice viajará en septiembre de este año. Entre todos los católicos que había, también estaban los fieles de la Iglesia apostólica, que en esta ciudad viven una disminución demográfica, después del terremoto de 1988, cuando fallecieron alrededor de 250.000 personas. La vida dura en casas improvisadas y las dificultades para reconstruir el tejido social provocaron que la población pasara de 222.000 habitantes registrados durante el censo soviético de 1984 a poco más de 210.000 en la actualidad. El Papa entró en procesión al lado del Catholicos Karekin II, llevando una mitra blanca con la cruz armenia. 

En su homilía, Bergoglio recordó el temblor que destruyó la que era la ciudad más industrializada del país: «Después de la terrible devastación del terremoto, estamos hoy aquí para dar gracias a Dios por todo lo que ha sido reconstruido. Pero también podríamos preguntarnos: ¿Qué es lo que el Señor quiere que construyamos hoy en la vida?, y ante todo: ¿Sobre qué cimiento quiere que construyamos nuestras vidas?». El Papa respondió proponiendo tres «bases». La primera es la memoria: «Una gracia que tenemos que pedir es la de saber recuperar la memoria, la memoria de lo que el Señor ha hecho en nosotros y por nosotros». Dios «nos ha elegido, amado, llamado y perdonado». Pero también hay otra memoria que debemos custodiar, la memoria del pueblo. «Los pueblos, en efecto, tienen una memoria, como las personas. Y la memoria de su pueblo es muy antigua y valiosa. En sus voces resuenan la de los santos sabios del pasado; en sus palabras se oye el eco del que ha creado su alfabeto con el fin de anunciar la Palabra de Dios». Francisco después invitó a los armenios a recordar «con gratitud que la fe cristiana se ha convertido en el aliento de su pueblo» y que lo ha sostenido incluso en las «tremendas adversidades». 

La segunda base es la fe. «Existe siempre un peligro que puede ensombrecer la luz de la fe: es la tentación de considerarla como algo del pasado, como algo importante, pero perteneciente a otra época, como si la fe fuera un libro miniado para conservar en un museo». Pero si se queda encerrada en los «anales de la historia, la fe pierde su fuerza transformadora, su intensa belleza, su apertura positiva a todos. La fe, en cambio –explicó el Papa–, nace y renace en el encuentro vivificante con Jesús, en la experiencia de su misericordia que ilumina todas las situaciones de la vida». «Nos vendrá bien –añadió– dejar que el encuentro con la ternura del Señor ilumine el corazón de alegría: una alegría más fuerte que la tristeza, una alegría que resiste incluso ante el dolor, transformándose en paz». 

Después de haber invitado a los jóvenes a descubrir su vocación a responder generosamente en el caso de una llamada, Francisco habló sobre la tercera base sobre la que hay que construir nuestras vidas: el amor misericordioso. «El amor concreto es la tarjeta de presentación del cristiano: otras formas de presentarse son engañosas e incluso inútiles, porque todos conocerán que somos sus discípulos si nos amamos unos a otros. Estamos llamados ante todo a construir y reconstruir, sin desfallecer, caminos de comunión, a construir puentes de unión y superar las barreras que separan. Que los creyentes den siempre ejemplo, colaborando entre ellos con respeto mutuo y con diálogo».  

Dios, explicó Bergoglio, «habita en el corazón del que ama; Dios habita donde se ama, especialmente donde se atiende, con fuerza y compasión, a los débiles y a los pobres. Hay mucha necesidad de esto: se necesitan cristianos que no se dejen abatir por el cansancio y no se desanimen ante la adversidad, sino que estén disponibles y abiertos, dispuestos a servir; se necesitan hombres de buena voluntad, que con hechos y no sólo con palabras ayuden a los hermanos y hermanas en dificultad; se necesitan sociedades más justas, en las que cada uno tenga una vida digna y ante todo un trabajo justamente retribuido». 

Al final, Francisco citó al gran santo armenio Gregorio de Narek, «un maestro de vida, porque nos enseña que lo más importante es reconocerse necesitados de misericordia y después, frente a la miseria y las heridas que vemos, no encerrarnos en nosotros mismos, sino abrirnos con sinceridad y confianza al Señor». El Papa añadió antes de concluir: «Quisiera saludar a quienes, con tanta generosidad y amor concreto, ayudan a los que se tienen necesidades. Pienso sobre todo en el hospital de Ashtosk, inaugurado hace 25 años y conocido como el “Hospital del Papa”: nacido del corazón de san Juan Pablo II». 

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