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«Comprometámonos por un futuro sin la fuerza engañosa de la venganza»

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«Hará bien a todos comprometerse para poner las bases de un futuro que no se deje absorber por la fuerza engañosa de la venganza». La Plaza de la República es un simbolo imponente de la transformación de Yerevan, que pasó de ser una pequeña ciudad regional a una gran metrópolis. Desde los años cuarenta del siglo pasado hasta 1992 se llamaba Plaza Lenin, debido a la gigantesca estatua del líder soviético que se encontraba en ella, hasta que fue demolida. Aquí fue también la última cita del segundo día de la visita a Armenia de Papa Francisco. Frente a miles de personas, el obispo de Roma y el Catholicos Karekin II se abrazaron y rezaron juntos por la paz.

Al principio de la ceremonia, el Papa y Karekin II, que acababan de aterrizar tras el vuelo de Gyumri, atravesaron caminando a Plaza hombro con hombro e iban bendiciendo a la multitud. En su saludo, Karekin II recordó que «hace algunas décadas nosotros saludábamos el Tercer Milenio con la esperanza de que habría sido el inicio de la convivencia en la solidaridad entre las naciones» y la paz. En cambio, «hoy en día nos llegan noticias preocupantes de un aumento de las actividades de guerra y de los actos de terrorismo, del indecible sufrimiento humano y de perdidas irreparables. Los niños, los adolescentes, las mujeres y los ancianos en diferentes rincones del mundo, de diferentes nacionalidades, religiones y confesiones, se vuelven víctimas de armas mortales y de violencia brutal, o eligen la vía de convertirse en refugiados».

Después, Karekin II citó el genocidio armenio, para añadir que «también hoy nuestra nación vive en la difícil situación de una guerra no declarada y debe proteger la paz dentro de las fronteras de nuestro país a un precio muy grande, además del derecho del pueblo del Nagorno-Karabakh de vivir en libertad en su cuna materna». «En respuesta a las aspiraciones pacíficas de nuestro pueblo —añadió el Catholicos—, Azerbaiyán ha violado el cese al fuego y comenzó operaciones militares en la frontera de la República de Nagorno-Karabakh en el mes de abril. Aldeas armenias fueron bombardeadas y destruidas, soldados que protegían la paz, así como niños en edad escolar fueron asesinados y heridos, civiles pacíficos y desarmados fueron torturados».

Cuando tomó la palabra, el Papa repitió su agradecimiento a Dios por la «real e íntima unidad» entre la Iglesia católica y la Iglesia apostólica armenia: «Nuestro reencuentro no es un intercambio de ideas, sino un intercambio de dones». Francisco dijo que ve con confianza «al día en que, con la ayuda de Dios, estaremos unidos junto al altar del sacrificio de Cristo, en la plenitud de la comunión eucarística», una «meta tan deseada».

Bergoglio también recordó a todos los mártires que «han sellado con la sangre la fe común en Cristo: son nuestras estrellas en el cielo, que resplandecen sobre nosotros e indican el camino que nos falta por recorrer en la tierra hacia la comunión plena. Entre los grandes Padres, deseo mencionar al santo Catholicos Nerses Shnorhali. Él manifestaba un amor extraordinario por su pueblo y sus tradiciones, y, al mismo tiempo, estaba abierto a las otras Iglesias, incansable en la búsqueda de la unidad, deseoso de realizar la voluntad de Cristo: que los creyentes ‘sean uno’». Y para alcanzarla, según san Nerses, no es suficiente «la buena voluntad de alguien en la Iglesia: es indispensable la oración de todos».

Solamente la caridad, continuó el Obispo de Roma, «es capaz de sanar la memoria y curar las heridas del pasado: sólo el amor borra los prejuicios y permite reconocer que la apertura al hermano purifica y mejora las propias convicciones. Para el santo Catholicos, es esencial imitar en el camino hacia la unidad el estilo del amor de Cristo, que ‘siendo rico’, ‘se humilló a sí mismo’. Siguiendo su ejemplo, estamos llamados a tener la valentía de dejar las convicciones rígidas y los intereses propios, en nombre del amor que se abaja y se da, en nombre del amor humilde». De hecho, «no los cálculos ni los intereses, sino el amor humilde y generoso atrae la misericordia del Padre» para suavizar «la dureza de los corazones de los cristianos, también de los que a veces están replegados en sí mismos y en sus propios beneficios».

«¡Cuán grandes son hoy los obstáculos en el camino de la paz y qué trágicas las consecuencias de las guerras! Pienso —indicó Francisco— en las poblaciones forzadas a abandonar todo, de modo particular en Oriente Medio, donde muchos de nuestros hermanos y hermanas sufren violencia y persecución a causa del odio y de conflictos, fomentados siempre por la plaga de la proliferación y del comercio de armas, por la tentación de recurrir a la fuerza y por la falta de respeto a la persona humana, especialmente a los débiles, a los pobres y a los que piden sólo una vida digna».

El Papa volvió a referirse a las masacres que sufrió hace cien años el pueblo armenio: «No dejo de pensar en las pruebas terribles que su pueblo ha experimentado: Apenas ha pasado un siglo del “Gran Mal” que se abatió sobre ustedes. Ese ‘exterminio terrible y sin sentido’, este trágico misterio de iniquidad que su pueblo ha experimentado en su carne, permanece impreso en la memoria y arde en el corazón. Quiero reiterar que sus sufrimientos nos pertenecen: ‘son los sufrimientos de los miembros del Cuerpo místico de Cristo’; recordarlos no es sólo oportuno, sino necesario: ¡que sean una advertencia en todo momento, para que el mundo no caiga jamás en la espiral de horrores semejantes!».

Pero Francisco también invitó a hacer que la «memoria, traspasada por el amor», se vuelva capaz «de adentrarse por senderos nuevos y sorprendentes, donde las tramas del odio se transforman en proyectos de reconciliación, donde se puede esperar en un futuro mejor para todos, donde son «dichosos los que trabajan por la paz. Hará bien a todos comprometerse para poner las bases de un futuro que no se deje absorber por la fuerza engañosa de la venganza; un futuro, donde no nos cansemos jamás de crear las condiciones por la paz: un trabajo digno para todos, el cuidado de los más necesitados y la lucha sin tregua contra la corrupción, que tiene que ser erradicada».

El Papa invitó a los jóvenes a convertirse en constructores de paz y expresó su deseo de que «retome el camino de reconciliación entre el pueblo armenio y el pueblo turco, y que la paz brote también en el Nagorno Karabaj». Para concluir, Francisco saludó a los armenios enviándoles un abrazo, a todos los armenios de la diáspora, y les pidió que sean «mensajeros de este deseo de comunión, ‘embajadores de paz’»: «Todo el mundo necesita de su mensaje, necesita de su presencia, necesita de su testimonio más puro. Kha’ra’rutiun amenetzun (Que la paz esté con ustedes)».

El Catholicos también recordó a los nuevos países que se han sumado para condenar «el genocidio armenio, entre los que está Alemania, que era aliada de Turquía durante la Primera Guerra Mundial». También afirmó: «Nuestro pueblo agradece a Su Santidad y a todos los que sostienen y defienden la justicia, y espera que Turquía, tras Su mensaje y las instancias de muchos países, así como de las instituciones internacionales,  sepa demostrar bastante valentía para afrontar su historia, para poner fin al embargo ilegal contra Armenia y cesar el apoyo a las provocaciones militares de Azerbaiyán».

 

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