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«Que los creyentes unan sus fuerzas para aislar a quien usa la religión para oprimir y perseguir»

Vatican Insider - publicado el 24/06/16

«Que todos los que confiesan su fe en Dios unan sus fuerzas para aislar a quien se sirva de la religión para llevar a cabo proyectos de guerra, de opresión y de persecución violenta, instrumentalizando y manipulando el santo nombre Dios». Lo dijo Papa Francisco en su discurso frente al presidente Serzh Sargsyan y frente a las autoridades políticas y diplomáticas de Armenia, en el palacio presidencial de Yerevan. La ceremonia se llevó a cabo en una gran sala bajo una bóveda decorada con frescos. Las grandes banderas vaticanas y armenias estaban colocadas de cuatro en cuatro en la parte trasera del palco. El Pontífice, que antes del discurso se reunió con el presidente para una entrevista privada, también invitó a los «responsables del destino de las naciones» a poner en acto «con valor y sin demora» iniciativas para acabar con los sufrimientos de quienes soportan las guerras y la persecución. 

«Nosotros no estamos buscando culpables –dijo el presidente de Armenia en su discurso de bienvenida refiriéndose al genocidio armenio–; nosotros no distribuimos acusaciones. Queremos solamente que las cosas sean llamadas con su nombre, para que esto permita que dos pueblos vecinos den pasos hacia una genuina reconciliación y un futuro común mediante el reconocimiento del pasado, del perdón y de una conciencia limpia». 

Francisco, en su discurso, quiso recordar la valentía con la que Armenia ha ofrecido el testimonio de su fe, sufriendo mucho, sí, pero siempre volviendo a renacer. Y citó el «conmovedor» amor por la patria que manifiestan los armenios, con los versos del poeta Yeghishe Charents: «Nuestro cielo turquesa, el agua limpia, el lago de luz, el sol en verano y en invierno el fiero bóreas, […] la piedra de los milenios, […] los libros grabados con el estilo, que se convierten en oración». Después, en este su segundo discurso público, habló sobre lo que sucedió hace cien años, con la masacre de un millón y medio de armenios, recordando la celebración del año pasado en San Pedro: «En aquella ocasión se recordó el centenario del Metz Yeghérn, el “Gran Mal”, que azotó a vuestro pueblo y causó la muerte de una gran multitud de personas. Aquella tragedia, aquel genocidio -dijo sin leer el texto-, por desgracia, inauguró la triste lista de las terribles catástrofes del siglo pasado, causadas por aberrantes motivos raciales, ideológicos o religiosos, que cegaron la mente de los verdugos hasta el punto de proponerse como objetivo la aniquilación de poblaciones enteras». 

«Es muy triste –añadió sin leer el discurso y refiriéndose tanto al genocidio de los hebreos como al cometido por el comunismo– tanto en este armenio como en los otros dos (genocidios ndr.), las grandes potencias internacionales veían hacia otra parte». 

«Rindo homenaje al pueblo armenio –añadió el Pontífice–, que, iluminado por la luz del Evangelio incluso en los momentos más trágicos de su historia, siempre ha encontrado en la cruz y en la resurrección de Cristo la fuerza para levantarse de nuevo y reemprender el camino con dignidad». 

Justamente la referencia a la inhumana tragedia invita a considerar la situación de la actualidad: «Teniendo ante los ojos los terribles efectos que en el siglo pasado causaron el odio, los prejuicios y el deseo desenfrenado de poder –dijo Francisco–, espero sinceramente que la humanidad sea capaz de aprender de esas trágicas experiencias a actuar con responsabilidad y sabiduría para evitar el peligro de volver a caer en tales horrores. Que todos multipliquen sus esfuerzos para que en las disputas internacionales prevalezca siempre el diálogo, la búsqueda constante y auténtica de la paz, la cooperación entre los Estados y el compromiso inquebrantable de las organizaciones internacionales para crear un clima de confianza que favorezca el logro de acuerdos permanentes».  

«La Iglesia Católica –insistió Papa Francisco– desea cooperar activamente con todos los que se preocupan por el destino de la humanidad y el respeto de los derechos humanos, para que en el mundo prevalezcan los valores espirituales, desenmascarando a todos los que desfiguran su sentido y su belleza». 

«Es de vital importancia –continuó el Papa– que todos los que confiesan su fe en Dios unan sus fuerzas para aislar a quien se sirva de la religión para llevar a cabo proyectos de guerra, de opresión y de persecución violenta, instrumentalizando y manipulando el Santo Nombre Dios». Hoy, «igual e incluso tal vez más que en la época de los primeros mártires», subrayó, «los cristianos son discriminados y perseguidos en algunos lugares por el mero hecho de profesar su fe, mientras que en diversas zonas del mundo no se encuentra solución satisfactoria a muchos conflictos, causando dolor, destrucción y el desplazamiento forzado de poblaciones enteras». 

«Es indispensable –explicó Papa Francisco–, por tanto, que los responsables del destino de las naciones pongan en marcha, con valor y sin demora, iniciativas dirigidas a poner fin a este sufrimiento, y que tengan como objetivo primario la búsqueda de la paz, la defensa y la acogida de los que son objeto de ataques y persecuciones, la promoción de la justicia y de un desarrollo sostenible».  

El Papa concluyó pidiendo que las autoridades civiles verifiquen constantemente que en el país «no se dejen de cumplir los imperativos morales de una justicia igual para todos y de solidaridad con los más débiles y desfavorecidos». También indicó la importancia de favorecer «la participación ciudadana de todos los miembros de la sociedad, la libertad religiosa y el respeto a las minorías» y ha invitado a un «creciente esfuerzo por encontrar caminos que ayuden a superar las tensiones con algunos países vecinos». Tensiones que todavía acechan tanto en la frontera con Turquía como en la frontera con Azerbaiyán. 

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