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Colombia, la Iglesia y la paz; no más «amigos o enemigos»

Vatican Insider - publicado el 23/06/16

Los acuerdos de paz entre las FARC y el gobierno de Colombia, que serán anunciados oficialmente hoy en La Habana, después de tres años de negociaciones delicadas y difíciles, son el mayor éxito del pueblo colombiano, que desde hace décadas pedía el final de una guerra horrible, en la que la mayor parte de las víctimas fueron civiles desarmados e inocentes, y personas no beligerantes. En 2013, todos los estudios más autorizados estaban de acuerdo en que las víctimas del conflicto, que duró más de medio siglo, fueron 220 mil. 

La firma de la paz en Colombia con el principal y más temible grupo armado es un hecho verdaderamente histórico, y, con la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, debe considerarse como uno de los eventos políticos más relevantes en la región durante los últimos 50 años. Este acuerdo es un nuevo y decisivo aporte al fin de la “guerra fría” latinoamericana que tanto ha dañado a los pueblos de toda la región. La presencia en La Habana de diferentes presidentes de América Latina, de enviados especiales de la ONU, de la Unión Europea, de países amigos que colaboraron en las negociaciones, de la Iglesia colombiana y, probablemente, del nuncio apostólico en Cuba, mons. Giorgio Lingua, son el mejor marco para resaltar el resultado de una negociación que fue difícil y, en algunos momentos, dramática. No es simple que se sienten a la mesa a negociar víctimas y verdugos para ver el pasado y organizar verdad y esperanza, senderos indispensables para una verdadera reconciliación. Ahora, efectivamente, la gran tarea del pueblo colombiano es la reconciliación. 

En el corazón de este pueblo, en simbiosis con su alma y con su ánimo, siempre ha estado la Iglesia local, que durante años fue una voz que nadie escuchaba. Durante décadas, los políticos y la política sostuvieron que era necesaria una vía militar para resolver el conflicto, aunque el devastado país sudamericano no hiciera más que sumar derrotas a derrotas, mientras los muertos aumentaban y el fuego cruzado crecía. La Iglesia colombiana, incluso en medio de una fuerte polémica con algunos ex presidentes de la República, fue al que denunció el tabú: la vía militar en lugar de llevar a una solución para el conflicto servía para justificar otros intereses, para esconderlos con hipocresías sin pudor, para presentar como bien común lo que eran simplemente intereses de parte, a menudo deshonestos, tanto de la clase política como de los militares. Generaciones de políticos y militares construyeron fortunas de todo tipo como «profesionales anti-guerrilleros» y nunca concluyeron nada. Los artificios para hacer creer que se estaba buscando la paz fueron muchísimos, pero la guerra interna nunca se detuvo: si acaso empeoró. Cambiaba su naturaleza original, pero seguían muriendo personas sin ningún motivo. La guerrilla libertadora de cualquier opresión se convirtió con el paso del tiempo en una narco-guerrilla , y al mismo tiempo las Fuerzas armadas asumieron, en demasiadas ocasiones, comportamientos paramilitares al servicio de los latifundistas. Durante años la costumbre era «hablar sobre la paz y seguir disparando». Mientras tanto, los muertos los ponía el pueblo colombiano. 

Las palabras de los obispos siempre fueron durísimas, valientes y contracorriente: hay que encontrar una solución política, por lo tanto hay que negociar. Las acusaciones contra los religiosos fueron pan cotidiano. La llegada a la presidencia de Manuel Santos cambió la situación porque siempre creyó en la negociación y, con esta decisión, tuvo el apoyo de Papa Francisco. Pero luego, cuando las negociaciones comenzaron con la clarividente colaboración del gobierno de Cuba y con el apoyo de muchos gobiernos latinoamericanos y europeos, además de Ban Ki-Moon, la Iglesia siguió ofreciendo su apoyo, incluso a nivel práctico y logístico, para facilitar la superación del momento más delicado de las negociaciones: la cuestión de las víctimas, la justicia en la verdad y en la reconciliación. 

Para el pueblo colombiano ya pasó la parte más laboriosa, buscar acuerdos de paz, pero ahora viene la más difícil: construir y organizar la paz. A este proceso también debería contribuir una negociación semejante, que se está llevando a cabo también en Cuba, con el segundo grupo armado del país, el ELN, Ejército de Liberación Nacional. Y en este campo también la Iglesia está en primera fila.  

Papa Francisco siempre ha creído en la eficacia y en la necesidad del diálogo entre partes. En varias ocasiones, a los obispos colombianos y a las autoridades del país sudamericano, en particular al presidente Santos, les ha expresado su cálido y sincero apoyo. E incluso llegó a decir «Si firman la paz, yo quisiera ir a Colombia». Ahora este deseo se vuelve realidad, por lo que es posible decir que el Papa podría visitar el país en 2017, como había propuesto el presidente del episcopado, el arzobispo de Tunja, mons. Luis Castro Quiroga, que en estas horas ya se encuentra en La Habana. Antes de salir del país dijo que hay que ofrecer garantías totales e inequívocas de que esta firma tenga efectos inmediatos y nada debe ser ambiguo. Según el religioso, lo que debe ser superado urgentemente es la desconfianza del pueblo y los temores de que todo acabe como antes: solo palabras.  

«En este momento –dijo Francisco en septiembre de 2015– me siento en el deber de dirigir mi pensamiento a la amada tierra de Colombia, consciente de la importancia crucial del momento presente, en el que, con esfuerzo renovado y movidos por la esperanza, sus hijos están tratando de construir una sociedad pacífica. Que la sangre derramada por miles de inocentes durante tantas décadas de conflicto armado, unido al de Jesucristo en la Cruz, sostenga todos los esfuerzos que se están haciendo, incluso en esta bella Isla, para una definitiva reconciliación». Esta es la esperanza y este es el desafío. 

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