Aleteia

Dejé a mi mujer por una chica más joven… y otras historias de divorcio

Comparte

Casos de mi consultorio donde, cosa poco habitual, sus protagonistas reconocen con sinceridad sus errores

La inmadurez afectiva o incapacidad de controlar los apetitos y emociones sensibles por medio de la razón, tiene como una de sus consecuencias la falta de integración de la sexualidad, por lo que la persona es dominada por el instinto sexual, pervirtiendo e impidiendo su verdadero ordenamiento al amor dentro del matrimonio. Por la sexualidad desintegrada, cuerpo y espíritu se ven como dos realidades separadas.

De esta verdad hablan casos de separación matrimonial narradas en primera persona en mi consultorio, presentadas aquí con autorización de quienes las vivieron, con la intención de ayudar a otros través de sus experiencias y sufrimientos.

En lugar de las poco originales justificaciones como: el casarse demasiado joven; incompatibilidad de caracteres; la entrometida familia; la incomprensión; problemas que rebasaron; y un largo etc. de excusas y victimismo que suelen argumentar algunos que se han separado, en estas historias se reconoce con sinceridad culpas y errores en un honrado intento por superar la crisis personal.

Primer caso

No quise cambiar todo lo que sabía que estaba mal en mis actitudes, que daban al traste con mi matrimonio de solo cuatro años. Vivía sexualmente obsesionado: mis conversaciones, mis pensamientos, mis conductas… No tenía empacho en asistir a espectáculos, abordar prostitutas, ver pornografía, etcétera. Creía que era lo propio de un hombre joven aunque estuviese casado.

Mi esposa sufrió mucho, y al exigirme que por su amor cambiara, me hice el ofendido, y sin importarme mis dos pequeños hijos, inicié una demanda en la finalmente quedé comprometido solo con una pensión alimenticia, y según yo, libre de vivir mi vida.

Lo que buscaba era recuperar una libertad que me permitiera no dar cuentas a nadie de mi conducta sexual, de mi tiempo, mi dinero, mi egoísmo, y así tener una etapa para hacer lo que se me viniera en gana.

Creí que lo que dejaba en mi esposa lo rescataría en su versión corregida y aumentada en cuanto me propusiera buscarlo. Lejos de resultar cierto, por mi adicción al sexo he perdido el interés por volverme a casar, empiezo a ver mermadas mis capacidades laborales y sufro depresiones. Me siento incapaz de amar y ser amado.

Segundo caso

Los años, la maternidad, las ocupaciones, preocupaciones y mis daños morales dejaron su huella en el físico de mi esposa que dejó de parecerme atractiva. Pasé por alto mi deber de ayudarla en las responsabilidades de la familia. Dedicaba mi tiempo al gimnasio, sauna, estética etc. Como quien vive mal termina pensando cómo vive. Me preocupaba verme lo mejor posible, sintiéndome con derecho a gastar tiempo y dinero en aventuras con mujeres jóvenes y atractivas.

Después del divorcio, me encontré cortejando a una de ellas para que se convirtiera en mi segunda esposa. Me vi como todo un actor en el papel de un hombre decente, con la historia de un matrimonio fracasado del que había salido intacta su dignidad. Me esforzaba en probarlo a través de mil detalles de atención y supuesta comprensión hacia mi cortejada.

Sin que se me preguntara, me anticipé hablando de mi primer matrimonio, culpando a mi esposa al tiempo que magnánimamente la exoneraba con supuestos atenuantes. Calculador dejé en claro mis rectas intenciones y que estaba listo para construir un nuevo hogar, movido más que nada por la fuerte atracción física que sentía por mi pretendida.

Para mí el sexo era lo primero, después quizá vendría o no el amor, era verdaderamente un cínico.

Por si acaso, me procuré un mejor coche y un mejor departamento, mientras que con estudiada naturalidad hablaba de mis cuentas bancarias. Pensé que con todo eso infaliblemente se enamorarían de mi persona, cuando en realidad mi segunda esposa se enamoró solo de mis cosas: el coche, el departamento y las cuentas. Además de cínico, fui un iluso.

Fue así que encontré un sucedáneo de amor. Busqué un bello cuerpo y una bella cara pero no encontré a la persona que me amara sin reservas. Precisamente lo que desprecié de mi primer esposa. No me engañaron… me engañe a mí mismo.

Tercer caso

Cuando me casé, empezaba mi profesión con un modesto nivel de vida en el que mi ex esposa me acompañó feliz y con mucho amor. Después, fuimos progresando en lo material, mientras yo me empobrecía como persona pues empecé con deslealtades hacia ella.

El éxito y fortuna aparecieron en mi vida logrando que ciertas mujeres me hicieran creer que conservaba aun un irresistible atractivo que era mi talón de Aquiles. Primero yo, luego yo, y por último yo en cuanto a ser reconocido por todo, y además, con infidelidades que me costaron muchísimo dinero, mientras que a mi esposa la tenía de lo más limitada.

Lleno de soberbia en esa forma de vida excluí a mi esposa de logros que consideraba solo míos, cuando jamás habría podido lograr nada sin la ayuda de ella en su rol como esposa, madre y ama de casa.

Finalmente fue mi esposa la que me pidió el divorcio, y lejos de preocuparme, me alegré, pues logre un acuerdo que me convenía en lo económico, sin importarme afectar a mis hijos.

Paso de los cincuenta años, voy al gimnasio, cuido mi dieta, me pinto el pelo, uso cremas… no quiero envejecer, pero empiezo a sentir algunos problemas de salud, estrés y depresión. Lo peor es que he tratado de encontrar un amor igual al que fui capaz de abandonar, y en vez de ello, he sufrido más y mayores desengaños, pues me doy cuenta de que las mujeres que se interesan en mí, me ven más como una solución a sus carencias que a alguien a quien amar realmente. Ahora soy solo la pareja para resolver la soledad de alguien, pasar el rato o divertirse. En realidad soy un solitario.

La verdadera tragedia de vivir una sexualidad desintegrada, es que la persona, creyéndose libre, en realidad es un esclavo de sus pasiones que lo pueden llevar a patologías o a la más baja expresión de su humanidad.

Por Orfa Astorga de Lira.

Orientadora Familiar. Máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.

Escríbenos a: consultorio@aleteia.org

 

 

 

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.