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Javier Martínez - publicado el 22/06/16

Reflexión de monseñor Javier Martínez, arzobispo de Granada (España)

[Compartimos, por su interés y actualidad, unos párrafos del texto “Materiales para una política teológica cristiana” publicado recientemente por Monseñor Javier Martínez, Arzobispo de Granada (España). En ellos se reflexiona sobre la situación del pueblo cristiano ante la vida social y la política de nuestro tiempo. El texto completo puede leerse en su blog “Ciudad de Dios y de los hombres”]

«Cristo es Señor de todo “en los cielos, en la tierra y en los abismos” (Flp 2, 10), todo tiene que ver con el señorío de Cristo, y Cristo tiene que ver con todas las cosas, puesto que “todo ha sido creado por Él y para Él (…) y todo tiene en Él su consistencia” (Col 1, 16-17). No es posible, por tanto, que una actividad, o un ámbito de relaciones tan decisivas para la vida humana como es la vida de la polis, esto es, el régimen y la articulación de las comunidades humanas más allá de la familia y entre ellas, quede totalmente al margen de Cristo. (…)

Porque hay, se quiera o no se quiera ver, una política cristiana como hay una economía cristiana, como hay un arte cristiano.(…)

Pero si es así, en primer lugar, ¿Por qué pensamos que el único modo que tenemos de vivir en el tipo de sociedad que queremos y de influir en ella es el ejercicio del voto cuando nos toque, un voto que está por supuesto severamente limitado a unas opciones determinadas de antemano desde ciertos grupos de poder?¿Por qué, si muchos de nosotros no tenemos apenas confianza en quienes nos gobiernan o en quienes se nos presentan con la intención de gobernarnos, no somos capaces de hacer una crítica, más profunda y más elemental a la vez, de la sociedad en la que vivimos, de sus mecanismos de control y de manipulación, de sus propagandas y de sus mentiras? (…)

MacIntyre decía en algún lugar que “una tradición es una conversación mantenida en el tiempo sobre los temas que importan”. Entre nosotros hace mucho tiempo que esa conversación no existe. (…) Por ello tal vez cada día hay más personas que se sienten desapegadas de la política, que ven en ella una especie de circo, y no están dispuestos a reírse. Porque se dan cuenta, por un lado, de lo que está en juego, y por otro, de que todo el abanico de propuestas políticas que se nos hacen todas reflejan, todas representan, todas suponen, todas promueven, cada una desde su aparato de propaganda, la misma cultura, la misma visión de lo humano, la misma concepción de la vida, de la polis, de las relaciones humanas, del mercado, del sentido y la misión que definen el ejercicio del poder. (…)

Esas propuestas no pasan de ser distintas marcas, distintos envoltorios, de un mismo producto: o un capitalismo empresarial (bastante estatalista, hay que reconocerlo, porque el crecimiento del control estatal es inevitable en cuanto se da la primacía a lo económico), o un capitalismo de estado, modelo chino, árabe o venezolano.

Entre el liberalismo más liberal y el marxismo más marxista hay hoy tantas connivencias de fondo que cuesta distinguirlos. La mayor de ellas, el punto de convergencia en el que todos parecen coincidir, es en que lo más importante es producir, ganar dinero y consumir. Lo que borra ya todas las distinciones.

Lo cierto es que un liberalismo que no sabe para qué es la libertad, o un socialismo y un comunismo que no tienen noción alguna de la naturaleza de los lazos que hacen florecer una sociedad o una comunidad, son cimientos poco fiables para construir una sociedad sana. Pero eso es lo que queda de la política cuando se retiran de ella el componente religioso y moral (tan estrechamente relacionados, pese a todos los intentos de separarlos). ¿Y de los pueblos? ¿Qué queda de los pueblos? (…)

¿Dónde está en todo esto el pueblo cristiano? ¿Dónde está nuestra voz (puesto que yo soy parte y pastor de ese pueblo)? Una parte de la respuesta, y hasta de la explicación del silencio, puede nacer de la experiencia del precio altísimo que ha pagado la Iglesia, durante el siglo XX, por la manera cómo algunas dictaduras han utilizado o han tratado de utilizar a los cristianos (y por la manera como algunos cristianos, y sobre todo algunos curas, han creído poder usar en su beneficio, que ellos confundían con el beneficio de la Iglesia, el poder de las dictaduras o el respaldo de un estado confesional). (…)

La reciente experiencia española del “voto católico” como “voto cautivo” (que “no vota por convicción, sino por miedo a la izquierda”, como dijo hace un par de años un político que se cubrió de gloria), y que le ha servido al último gobierno para burlarse de sus votantes en sus mismísimas narices, debería enseñar a unos y a otros los riesgos de una política, supuestamente “pragmática”, basada en concesiones y compromisos. O basada en la rutina, o en la ignorancia (a la vez teológica y política). O, en algunos casos, en la mala fe.

La única que tiene todo que perder en ese camino es la Iglesia, es el pueblo santo de Dios. La decepción experimentada por muchos católicos en este momento no debería provocar reacciones meramente viscerales, sino que debería ayudarnos a comprender algo que debiera ser obvio para un cristiano: que ningún partido es la Iglesia, y que de ninguno de ellos viene ni vendrá jamás la salvación. Que “no tenemos aquí ciudad permanente” (Heb 13, 14), y que en función de esta certeza, tenemos que aprender a articular con más rigor de lo que hemos hecho hasta ahora cómo se construye y se vive en la ciudad de Dios en medio de la ciudad de los hombres. (…)

Nuestro punto de partida es, pues, bastante diferente al de la “teología política”. Ese punto de partida está en que toda política —de hecho, toda acción humana— tiene, inevitablemente, consciente o inconscientemente, una dimensión teológica; dicho de otro modo, contiene una teología. Porque toda acción humana, aun las que parecen más banales, contiene dentro de sí una percepción del significado de lo humano, y de la plenitud última de lo humano.

Eso es algo que sucede de hecho, no depende de que lo queramos o no lo queramos, de que seamos conscientes de ello o no lo seamos. Estamos expresados en nuestras acciones, en nuestro empleo del dinero y del tiempo, en nuestro modo de comer o de vestir, en nuestras relaciones humanas o en la que tenemos con el trabajo que hacemos y con las instituciones en las que participamos, en el modo de vivir la enfermedad o la salud, en nuestro modo de amar o de morir. (…)

Esa teología puede ser cristiana o pagana, puede ser agnóstica o atea, puede ser secular o religiosa, pero está siempre ahí. Descubrirla, sacarla a la luz, acoger la verdad que tiene y “desenmascarar” las falsedades o las mentiras que encierra, es una parte importante de nuestra labor aquí. Quizás una parte preliminar, pero sumamente importante.

¿Y si al hacer esto nos diéramos cuenta, por ejemplo, de que, aunque vayamos a Misa los domingos, o de vez en cuando, o aunque comulguemos a diario, nuestra concepción del trabajo o de la salud o del amor son netamente paganas, o son tales que vienen a ser incompatibles con el hecho de que el Hijo de Dios se haya hecho hombre y haya derramado su sangre para rescatarnos del poder del pecado y de la muerte?

¿Y si descubriéramos, por ejemplo, que nuestra concepción de la educación está toda ella basada en el concepto pagano o nihilista del “éxito” como plenitud última de la vida (y del éxito como algo vinculado al dinero que se gana), y que todas nuestras prácticas educativas, aunque más o menos espolvoreadas por encima de eso que se llaman “valores” cristianos, estuvieran en realidad destinadas a transmitir esa concepción de la vida, esa religión y esa fe?

¿Y si todo el discurso ideológico sobre la separación entre lo religioso etéreo y lo supuestamente profano, entre las realidades humanas y el ámbito enteramente distinto de las realidades “sobrenaturales” (o de la vida interior), sólo tuviera como meta hacer compatible esa vida pagana con seguir llamándonos cristianos? (…)

Sí, es más que posible que todos nosotros seamos un poco “paganos bautizados”. Y que no nos sintamos del todo a disgusto con esa condición, en nombre de un supuesto “realismo”, esto es, de que este es el mundo que tenemos, y que, después de todo, hay que vivir en él. Lo “bueno” de esa separación es que nos permite hacernos la ilusión de que es posible estar en los dos lados a la vez sin tener conflicto de conciencia. Pero cuando vivimos en esa ilusión ya hemos perdido la fe (y la razón), ya hemos escogido: y la prueba de ello es que no somos capaces, ni de vivir en una alegría verdadera (nuestra moral se vuelve una carga, y el evangelio pasa, de ser una buena noticia, a ser una fuente de extrañas exigencias), ni de transmitirle esa fe sincera y libremente a nadie

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