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Mi “perfecta” hermana: Creciendo en segundo plano

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A partir de un relato sobre la anorexia, la sueca Sanna Lenken ha llevado a cabo una deprimente descripción del mundo adulto contemporáneo

Las diferencias entre hermanos, así como las (posibles) descompensaciones de atención y de tratamiento por parte de los padres, no son fáciles de gestionar ni para unos ni para otros. Cualquiera que haya tenido un hermano mayor especialmente brillante sabe lo difícil que resulta no sentirse asfixiado por su sombra, por la continua (y ubicua) comparación, y la necesidad que acaba surgiendo de diferenciarse para buscar un espacio propio, personal, en el que poder encontrarse, marcar las preceptivas distancias.

De ese lugar de desazón, de desequilibrio, es desde donde arranca Mi “perfecta” hermana: de la confusión vital de una preadolescente, Stella (Rebecka Josephson), que no sabe muy bien cómo sentirse respecto a lo orgullosos y solícitos que se muestran sus progenitores respecto a su hermana mayor, la aparentemente impecable Katja (Amy Deasismont).

Y es importante el tema de lo aparente, porque de eso es de lo que habla la debutante Sanna Lenken: de existencias, en teoría, perfectas, pero tras las que, a poco que se rasca sobre su superficie, sale a relucir la podredumbre sobre la que están edificadas.

No es casual, en ese sentido, que Katja practique el patinaje artístico, disciplina que se basa en la apariencia, en la elegancia. Eso provoca un contraste inmediato con la más bien oronda Stella que sirve a la directora para describir, desde su mirada limpia, inocente, su contexto más inmediato, para dejar que luego, secuencia a secuencia –y a medida que se recrudece el problema de anorexia nerviosa que atenaza a Katja–, vaya desmoronándose frente a los ojos de la desubicada niña.

Un proceso de maduración forzada que revela la cruda realidad que se cuela entre las rendijas del relato –la desatención de los padres de las chicas, Lasse (Henrik Norlén) y Karin (Annika Hallin); las presiones de un entrenador, Jacob (Maxim Mehmet), que seguramente le exige demasiado a sus deportistas–, poniendo sobre la mesa los claroscuros de una sociedad como la sueca que, igual que el personaje de Deasismont, oculta sus problemas bajo un manto de respetabilidad, de brillantez… Y de trajes de lentejuelas.

En muchas ocasiones, el cine nos ha ofrecido relatos que abordaban temas graves desde la perspectiva de chiquillos –pienso, a bote pronto, en dos películas protagonizadas por Gregory Peck: El despertar y Matar a un ruiseñor–, pero en el caso de Mi “perfecta” hermana, se le une un detalle terrible: la necesidad de que una niña de once años asuma una responsabilidad, una carga vital, que no le corresponde, debido a la pasividad y la falta de perspectiva de sus padres.

Resulta muy definitorio que sea precisamente Stella, el personaje más inocente de la ficción, el menos influenciado por los constructos sociales del mundo adulto, el que sea más consciente de lo que está ocurriendo a su alrededor: ella es la que conoce mejor a Katja, la que capta de forma más natural sus estados de ánimo –pese a sus fricciones y sus punzadas de envidia–, y la que, en determinados instantes, le ayuda a reconectar con su auténtico yo. De ahí el detalle de su afición a cazar escarabajos, rasgo infantil que subraya su naturaleza aún visceral, intuitiva, y la franqueza de su conexión con sus propios instintos.

Cierto es que, a lo largo del metraje, Lenken bordea lo melodramático, tocando, de forma muy consciente, temas socialmente responsables –su aproximación a la anorexia es realista y está bien documentada, pero no se puede negar cierto histerismo en las formas que pretende atacar directamente al lacrimal– que buscan remover la conciencia de determinado tipo de espectador.

Pero lo realmente interesante es la habilidad de la directora para salirse de las constricciones de ese corsé dramático, y trascender su aparente vocación de cine importante para construir, desde la naturalidad de la interpretación de Josephson, un relato mucho más espontáneo y más sincero, que pone sobre la mesa la incapacidad de nuestra sociedad para gestionar los conflictos y las frustraciones, así como nuestra absoluta desconexión sobre todo lo que nos rodea.

Lo realmente terrorífico de Mi “perfecta” hermana no es, de hecho, su visión de los trastornos alimentarios, sino cómo evidencia la progresiva alienación en la que nos estamos sumiendo, incluso respecto a aquéllos que más nos importan.

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