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La escandalosa migración de niños desde Centroamérica

Víctor Manuel Espinosa-CC
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Si migran al norte las niñas, los niños y los adolescentes de El Salvador y Honduras, será por algo

Miedo, violencia, deportaciones: parecería una historia de la Segunda Guerra Mundial, pero no es así: es la perspectiva de vida que enfrentan miles de niñas, niños y jóvenes de El Salvador y Honduras, dos de los tres países que forman el Triángulo Norte de América Central (el otro es Guatemala) y que han expulsado mayor número de menores que nunca en su historia en los últimos tres años.

Salen y regresan al infierno

En El Salvador los principales enemigos de la niñez y la juventud son las bandas o “maras” que hicieron que durante el año pasado se registraran más homicidios que nunca en la historia moderna de ese país, después de la guerra civil que terminó a principio de la década de los noventa del siglo pasado.

Es, prácticamente, una guerra entre pandillas, con el gobierno de Salvador Sánchez Cerén intentando poner orden en un país que por las pugnas de las maras lleva en dos años 7,500 jóvenes asesinados. Ante esa perspectiva, el exilio es la única salida. Y la mirada está puesta en el norte. Niñas, niños y adolescentes no acompañados ven el camino a México y luego a Estados Unidos como el único camino a seguir.

Algunos consiguen cruzar el Río Bravo, muchos no. Estados Unidos y México, de manera discreta pero “efectiva”, han logrado que los menores salvadoreños no acompañados sean repatriados desde México a su país, evitando que crucen la frontera y repitan la crisis humanitaria del verano de 2014. La inversión estadounidense en México ha logrado efectos devastadores para quienes huyen de las maras: nada más en lo que va de 2016, 20,000 menores salvadoreños han sido regresados desde México al infierno.

Ninguna disuasión surte efecto

Pero el caso de El Salvador es similar a quien, en alguna vez se enfrentó en la llamada “guerra del fútbol”: Honduras. En este otro país donde las maras tienen amenazados hasta a los obispos, 20 por ciento de los migrantes que han sido repatriados en los últimos tres años (también muchos de ellos desde México, aunque la mayoría desde Estados Unidos) son menores de edad, según la información del Centro Nacional de Información del Sector Social hondureño (Ceniss).

En total suman 21,000 niñas, niños y adolescentes que han buscado refugio fuera de Honduras –aún a costa de todos los peligros que conlleva el viaje hasta México, cruzar el país azteca y pasar al otro lado del Río Bravo—porque dentro de esa nación simplemente no pueden vivir con dignidad y con paz.

Lejos de ser “disuadidos” de viajar al norte, como era el plan original de Estados Unidos y del gobierno de Honduras, la migración de menores –según datos del Ceniss—ha aumentado a un ritmo escandaloso: 70 por ciento a partir de 2014.

La operación del gobierno hondureño se ha dirigido ahora en contra de los “coyotes” o enganchadores de personas, que son los que llevan a cruzar la frontera con EE UU a quienes quieren emigrar por cuestiones de violencia o de pobreza. Los “coyotes” (por ser como estos animales, elusivos y que salen de noche) saben que 9 de cada 10 menores que intentan cruzar la frontera no lo logran, pero en el camino ya las quitaron su dinero y muchas veces su dignidad (sobre todo a las niñas).

Pese a todo, por la situación de miedo, la niñez pobre del país centroamericano sigue viendo al norte como salvación. Será por algo.

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