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CINE Y VALORES Crash (colisión). La ciudad de los lobos solitarios

Marcelo López Cambronero - publicado el 16/06/16

Una trepidante y profunda película que pone de manifiesto en qué se está convirtiendo la sociedad en la que vivimos

Paul Haggis fue uno de los grandes triunfadores en la gala de los Oscar del 2004, aunque fuese eclipsado por la gigantesca reaparición de Clint Eastwood al frente de Million Dolar Baby. Todos aclamaron al viejo vaquero y dejaron un poco de lado el extraordinario guión adaptado de Haggis que, además, perdió en su categoría ante la genialidad de Entre Copas.

Sin embargo, dos años después los vientos le fueron más favorables, consiguiendo que Crash se llevase el premio a la mejor película y al mejor guión original. En esta ocasión Haggis tuvo doble recompensa, porque él era el director y también el autor del “libreto”.

Crash es una representación realista, cruda y contemporánea de las tensiones interraciales de la ciudad de Los Angeles a los pocos años del ataque a las Torres Gemelas. Ahora, además de los constantes roces y prejuicios entre las comunidades blanca, negra e hispana, aparecen en escena los inmigrantes de origen musulmán, ya sean árabes o persas, y los asiáticos.

El problema de los prejuicios raciales tiene una importancia capital en el desarrollo de la historia, pero tal vez aquí tome demasiado protagonismo, porque también dentro de los mismos grupos y comunidades aparecen este tipo de relaciones que hacen que cada individuo parezca una isla abandonada, incapaz de ser él mismo fuera de círculos familiares más y más estrechos y dañados.

Los Ángeles es descrita como una ciudad superpoblada de robinsones en la que nadie puede esperar ayuda de nadie si no media algún tipo de interés, un acuerdo, algún tipo de ganancia para ambos bandos. En un ambiente tan ácido e inhóspito el rencor y la desconfianza hacen imposible la felicidad y abonan desgracias que tendrán que suceder antes o después.

La película está elaborada como una tela de araña. Se organiza en escenas en apariencia desgajadas, como un collage posmoderno que tendremos que unir para comprender, hacia el final del metraje, el sentido de lo que vemos y los finos hilos que unen a los personajes, hilos que ellos no ven ni pueden sentir. Aquí nadie es prójimo, todos son ajenos, y solamente permanecen las relaciones manipuladoras y una guerra sorda que se desarrolla sorteando el sistema político y judicial.

El resultado es una imagen desagradable de una sociedad corrompida que nos recuerda al panorama de The Wire un poco mezclado con la difusión del mal entre los corazones que encontramos en Breaking Bad. El pecado original de personas que hacen el mal sin quererlo, que serían buenas, amables vecinos, si no les hubiese tocado estar donde están, si no pensaran que el compañero, el conciudadano del otro lado de la calle, les destruirá en cuanto tenga ocasión.

Es un mundo en el que, como señala el rico y “envidiable” personaje de Sandra Bullock -la mujer del rico fiscal del distrito- el problema no es que haya razones para enfadarse, sino que todo el mundo está siempre y en todo momento de un terrible mal humor. Un mundo como el que describe el detective Graham Waters en los primeros minutos:

“En cualquier ciudad por la que camines pasas muy cerca de la gente y esta tropieza contigo. En Los Ángeles nadie te toca. Estamos siempre tras metal y cristal, y añoramos tanto ese contacto que chocamos unos contra otros solo pare sentir algo.”

Les recomiendo que vean esta trepidante y profunda película que pone de manifiesto en qué se está convirtiendo la sociedad en la que vivimos y qué hay detrás del aparataje estatal y sus pantomimas moralistas. Sentirán ustedes, como yo sentí, la urgencia de vivir de otra manera. De paso -finalmente pero no porque carezca de importancia- podrán disfrutar de un guión bien aquilatado y excelso, de los que se encuentran unos pocos, muy pocos, cada temporada.

Aprovecho para facilitarle un material interesante sobre la película, que es especialmente útil para el uso en el aula: aquí

Tags:
cine
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