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La fe en los tiempos de la «hiperrealidad»

Matthew Becklo - publicado el 11/06/16

La hiperrealidad se convierte en realidad, ¿cómo responde la Iglesia?

Según a quién le preguntes, el futuro se presenta sombrío… o alucinante.

En el cortometraje Hyper-Reality, el diseñador Keiichi Matsuda imagina un mundo en el que la gamificación, los medios sociales y las campañas de publicidad digital han convergido en un único campo visual superpuesto alrededor de todos nosotros, haciendo desvanecer, oficialmente, la línea entre el mundo tecnológico y el mundo real.

Si te suena a ciencia ficción, no lo es; al menos no durante mucho. Los productos de realidad aumentada, como las HoloLens de Microsoft y el interrumpido proyecto de las Google Glass de Google, prometen fundir el mundo virtual y el real en los años venideros.

Pero Matsuda coge este concepto y lo empuja hacia una especie de horror distópico. Echa un vistazo.

Entramos en la experiencia visual vívida y frenética de Juliana Restrepo, una empleada de Job Monkey, una empresa de trabajos puntuales, que va en el autobús en Medellín, Colombia, camino de su trabajo como asistente de compras personal.

Puede ver juegos, publicidad, notificaciones y su “contador de puntos”, todo combinado en un abrumador remolino de colores y formas en 3D, superpuestos en el interior del autobús.

Después de que un “gurú de inspiración” de la empresa la reprenda por llegar tarde, Restrepo recurre a Google para preguntar una de las mayores dudas existenciales: “¿Quién soy? ¿Adónde voy?”.

Recibe la respuesta más literal y superficial que hay disponible: eres la misma Juliana Restrepo de siempre, con tres amigos y ningún logro, y vas a San Antonio a comprar en el supermercado Éxito. Así que Juliana plantea otra pregunta: “¿Puedo empezar de nuevo?”. Un cuadro de diálogo le responde: “¿Resetear tu identidad? Cancelar/Resetear”.

La pregunta de la identidad vuelve a aparecer cuando el campo visual de Juliana empieza a dar problemas en el pasillo del supermercado −repleto de publicidad− y un agente de atención al cliente se refiere a ella como “Emilio”.

Según parece, están asaltando su “cuenta” y Juliana es devuelta de repente a la realidad, ahora sin aumentar: un supermercado aburrido, con personas aburridas y el aburrido sonido de un bebé llorando. Juliana suspira y espera.

Cuando vuelve a conectarse, le informan de que tiene que seguir una línea azul hasta una estación de servicio donde puedan verificar su información “biométrica”.

Pero en el camino, alguien le produce un corte en la mano y le hace caer en picado en una pérdida total de identidad.

Entonces vuelve la vista hacia una estatua de la Virgen María, en el portal de una casa. “¡Ha empezado una nueva vida!”, indica una señal encima de la estatua.

Juliana se apresura a “empezar de nuevo” donde la estatua y su campo visual, una vez más, se llena de vívidos colores e imágenes en 3D.

Solicita unirse al catolicismo haciendo la señal de la cruz en el aire y recibe una lista de actividades completamente diferentes: confiesa tus pecados, ve a misa, bautízate, limosnas para los pobres, obras de caridad, difundir la palabra de Dios.

Antes, ya habían aparecido imágenes de Cristo en el vídeo, dos veces: primero en el autobús y luego en las calles de Medellín, justo antes del corte en la mano.

También es difícil no ver la referencia a Corintios 5:17 en la señal sobre la estatua. (“Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo”.)

La simbólica conversión de Juliana al catolicismo en este cortometraje es más fascinante que ofensiva. En una entrevista con Matsuda, el director deja claro que el vídeo pone en tela de juicio el consumismo desenfrenado, y no la fe:

“Las industrias y las formas de trabajo tradicionalmente establecidas son derribadas en cuestión de años”, explica, “y son reemplazadas por sistemas no regulados ni testados. En este tipo de capitalismo acelerado, es fácil subestimar el grandísimo impacto que tiene sobre la vida diaria y las rutinas de las personas atrapadas en esos sistemas. De hecho, el objetivo parece estar más en encontrar nuevas formas de afectar a las industrias y menos en mejorar la calidad de vida de las personas”.

Luego, el entrevistado plantea la cuestión de la adopción de Juliana del catolicismo en este contexto.

Matsuda responde: “Juliana es muy pasiva, había adoptado los sistemas de creencias que se le habían presentado, pero a causa de fuerzas externas se le ofrece la oportunidad de reinventarse. El catolicismo, por supuesto, forma gran parte de las vidas de muchas personas en Colombia y otras partes de América latina. También parecía el único sistema de creencias lo suficientemente poderoso como para competir con el capitalismo consumista neoliberal”.

En una interesante pieza publicada el año pasado, el doctor Eugen Gan sostiene que nuestro deseo de una híper-realidad –el claro eschatos del capitalismo consumista– refleja el mismo deseo de comunión con Dios que mueve la Iglesia.

Ambos sentimientos se sienten impulsados hacia lo que hay más allá de nuestra experiencia terrenal, un anhelo de algo más que la realidad.

Pero con Hyper-Reality, Matsuda sugiere ciertas cuestiones interesantes al respecto. Cuando la híper-realidad se convierta en realidad, ¿cómo responderá la Iglesia? ¿A qué se parecerá la evangelización y la devoción religiosa cuando esto suceda?

¿Qué debería cambiar –o no cambiar– la Iglesia para estar presente en este nuevo mundo y continuar cumpliendo su misión?

Aunque tal vez la mayor pregunta sea ésta: ya que el desarrollo exponencial de la automatización continúa transformando radicalmente la sociedad y la familia, ¿no debería hablar más sobre ello la Iglesia?

Tags:
comunicacionculturafeiglesiainternetnuevas tecnologias
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