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Mis terrores favoritos: Green Room

Hilario J. Rodríguez - publicado el 10/06/16

Asustar a los niños y a los jóvenes siempre ha sido uno de los deportes favoritos de los adultos...

Antes siquiera de empezar, dejad que os haga una confesión: cuando veo una película de terror, me siento como en casa. Mientras atravieso interminables e inquietantes pasillos, saludo a los fantasmas, a los chalados, a los amigos de infancia, al hombre lobo y al sacamantecas, como si me hubiera montado en uno de esos trenes de circuito cerrado cuyo control suele estar en manos de figurantes desganados que aun así te golpean de manera exaltada con su escoba para que no te duermas.

Por eso fui a ver Green Room aunque ya antes intuyera, más o menos, qué me iba a encontrar: a los miembros de una banda de punk luchando por sobrevivir a una pesadilla nocturna, después de ser testigos de un asesinato cometido en el local donde estaban tocando y del cual un grupo de neo nazis no va a dejarles salir con vida a no ser que pongan toda la carne en el asador y demuestren sus habilidades para golpear donde más duele o para matar.

El director Jeremy Saulnier me llamó la atención con Blue Ruin (2013), su segunda película, sobre un hombre (Macon Blair) cuya vida había acabado en el cubo de la basura después de que sus padres fueran asesinados. Al principio lo veíamos dormir en su coche, con pinta de no haberse aseado en mucho tiempo y de hablar solo lo justo.

También a los protagonistas de Green Room nos los encontramos en una situación parecida, resacosos y con la furgoneta aparcada en mitad de un campo de maíz adonde es difícil saber cómo llegaron. Se llaman los Ain’t Rights (permitidme que lo traduzca por Los Equivocados), una banda sin mucho futuro, a no ser un concierto en un bar de carretera de Oregon muy frecuentado por skinheads y fascistas.

Tampoco Dwight en Blue Ruin tenía demasiado por delante, hasta que se entera de que acaban de liberar al asesino de sus padres. Aunque no consigue una pistola, lo mata con un cuchillo, dejando clara su ineptitud para el crimen y pruebas suficientes para que lo descubran. Sin embargo, los periódicos no hacen una sola mención sobre el asunto quizás porque también los familiares del asesino han decidido tomarse la justicia por su mano.

En este tipo de cine, los encuadres a menudo están en penumbra y aun así logro orientarme con facilidad. Sé que detrás de las puertas aguarda la inquietud, que sobre los restos de una tarta exquisita planean las moscas, que el viento mece las cortinas… Y también sé que nadie va a gritar «¡corten!» sin haberme asustado antes. Es la lógica del relato, o las invariantes del género, según los formalistas rusos. Vladimir Propp explica en un conocido estudio cómo algunos escritores, pese a trabajar con elementos familiares, saben «provocar un extrañamiento».

Jeremy Saulnier tiene la capacidad de resultar inquietante sin moverse del territorio de lo real, y da la sensación de que lo consigue con apenas esfuerzo, en Blue Ruin gracias a la textura documental de las imágenes, que les proporciona filo en lugar de convertirlas en un fenómeno postmoderno como los de los hermanos Coen o Quentin Tarantino, donde la ironía y la minuciosidad visual no permiten que las imágenes duelan demasiado porque nunca van más allá del artificio.

En la segunda película de Saulnier, por el contrario, el artificio apenas se nota y hasta su protagonista se estremece ante el cuerpo de una de sus víctimas («Eso es lo que hacen las balas», le dice entonces la hermana del muerto). E incluso diría lo mismo de Green Room si en ella hubiesen menos elementos familiares, aprendidos de John Carpenter, George A. Romero y algunos otros maestros del género de terror.

Tiene a su favor, eso sí, cierta modestia que le permite prescindir de asombros gimnásticos y de un tono innecesariamente cruel y distante. Les basta con recordarnos que la realidad es un asunto que se funda cada día y no un asunto que se repite cada día, un asunto donde cada mañana debemos descubrir quiénes somos aunque nos veamos repitiendo gestos de mañanas anteriores.

A diferencia de otros cineastas, Saulnier no convierte la América que muestran sus películas en un territorio donde todo el mundo es o acaba convirtiéndose en un experto con las armas, capaz de defenderse como si hubiera hecho un cursillo con los Delta Force y Chuck Norris en los ochenta. De ahí que ninguno de los miembros de la banda en Green Room vaya armado y que tengan que defenderse con lo primero que encuentran, para dejar claro que sus vidas eran algo más de lo que vemos en la pantalla y que no son simples figurantes en una película «situacional».

Pero hagamos ahora un viaje en el tiempo y veamos adónde nos lleva.

Cuando a principios de los años sesenta comenzó a gestarse la contracultura, París era una fiesta y también Estados Unidos. Luego llegó el tiempo de las revoluciones y las guerras, Mayo del 68 y Vietnam. Pero el humo de la marihuana no consiguió disipar la realidad, tampoco los Creedence Clearwater Revival ni Herbert Marcuse.

Y al final de aquel particular viaje al final de la noche, en el que el sexo, las drogas y el rock & roll   se habían convertido en los nuevos instrumentos dialécticos, estaban esperando un par de sorpresas. Michael Myers, el icónico personaje de La noche de Halloween (Halloween, 1979, John Carpenter), fue el primer aviso para que las generaciones más jóvenes aprendiesen la lección y no cayesen en el mismo desenfreno idealista de sus padres. Con él nacieron los slashers, un subgénero de terror en el que un psicópata tortura, mata y descuartiza a un grupo de jovencitos, para recordarles que el sexo, las drogas, el alcohol y el vandalismo no conducen a ninguna parte.

Hay quienes dicen que La noche de Halloween puede considerarse el primer slasher de la historia del cine. No obstante, se barajan diferentes hipótesis. Mucha gente prefiere hablar de La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974, Tobe Hopper) o de algunas películas de Mario Bava. Lo cierto es que asustar a los niños y a los jóvenes siempre ha sido uno de los deportes favoritos de los adultos. No es una simple coincidencia que los cuentos de hadas se caracterizasen por una crueldad a veces intolerable o que las fábulas demostraran un sadismo asombroso. En realidad, uno no tiene que leer las novelas de Charles Dickens para darse cuenta de que el mundo no es un lugar enteramente diseñado para la gente más joven.

Muchas películas utilizan a los niños y a los jóvenes como símbolos de la inocencia y la pureza que ninguna sociedad debería perder si no quiere caer en la barbarie absoluta, en el nihilismo. Antes, la única superviviente en los slashers solía ser una joven virgen y todavía ingenua. Mientras sus compañeros de generación comenzaban a jugar con fuego, en plan destrozón y trasgresor, ella procuraba ser una buena chica, ganándose gracias a ello la supervivencia.

Jaime Lee Curtis le dio rostro a las jóvenes modositas y virginales que se enfrentaban a los psicópatas de los slashers, que mataban a cara cubierta o enfundados en estrafalarios trajes. Michael Myers, Jason Voorhees o Freddy Kruger carecían de motivos específicos para querer acabar con un puñado de jóvenes, no sin hacérselo pasar bastante mal. Esos extraños personajes tampoco acababan de morir nunca, reviviendo una y otra vez, hasta rozar el absurdo y la comicidad.

Con la multiplicación de secuelas y remakes, los slashers perdieron su carácter terrorífico y trasgresor, para acabar convirtiéndose en películas paródicas. Los jóvenes dejaron de preocuparse por su muerte y decidieron que uno tiene que pasarlo bien hasta el último día de su vida, que morir puede ser divertido.

De ese modo, las referencias al sexo y la virginidad que tanto peso habían tenido en La noche de Halloween o Viernes 13 (Friday 13th, 1980, Sean S. Cunningham) perdieron importancia. Wes Craven revolucionó el género en dos ocasiones, con Pesadilla en Elm Street (Nightmare in Elm Street, 1984) y con Scream, vigila quién llama (Scream, 1996). La primera película vació su argumento de los contenidos represivos de los slashers, proponiendo a cambio un tipo de entretenimiento macabro en el que la realidad y los sueños se confunden; y la segunda intelectualizó el subgénero, haciendo constantes referencias a los títulos más significativos que se habían hecho hasta entonces, y al mismo tiempo propuso una absoluta abolición del sentido narrativo, abriendo su historia a todas las posibilidades imaginables.

Si el sida coincidió con el comienzo del subgénero, ahora éste vive en mitad de un rearme ideológico para frenar la desintegración de la familia. Muchos slashers actuales, como podría ser Green Room, nos recuerdan que el mayor problema que tenemos sobreviene al olvidarnos de quiénes somos. Cuando ya no queremos ser niños ni jóvenes, perdemos la protección de nuestros mayores y nos vemos solos en mitad del bosque. Justo entonces descubrimos que desearíamos tener a nuestros padres al lado o a alguien para defendernos. Pero es tarde, y nos vemos obligados a madurar de repente, porque nadie va a venir a ayudarnos, aunque lloremos y reconozcamos que tenemos miedo.

Los personajes de esta película de Jeremy Saulnier tienen una apariencia que no los significa. Que sean punks y que provoquen a la audiencia de un concierto tocando Nazi Punks Fuck Off de los Dead Kennedys no dice mucho sobre ellos. Cuando los vemos por primera vez, de hecho, están al borde de la disolución, por problemas entre el bajo (Anton Yelchin) y el batería (Joe Cole), y los otros miembros de la banda tienen que mediar entre ellos asumiendo tareas más propias de un padre o una madre. De algún modo, son una familia pese a todos sus antagonismos. Incluso los skinheads contra quienes luchan tiene una especie de padre (Patrick Stewart) que los lidera aunque no los distinga de los perros que tanto le gustan.

Pero volvamos al principio y dejad que nuevamente me sincere: el cine de terror me gusta solo a veces, y cuando me irrita lo hace como ningún otro género. No me gusta si me trata como a un amiguete del colegio o del instituto, y le da igual si he crecido. De pequeño me lo pasaba bien en el tren de la bruja y en atracciones así, donde alguien salía de pronto y la emprendía a escobazos contigo hasta que no salías de un túnel inestable o de un castillo de hojalata; ahora, desgraciadamente, me he vuelto más aburrido o más exigente, y ni siquiera me divierten los coches de choque.

Fingir al respecto no me salvaría de nada. Ya solo voy a ver películas de terror por nostalgia, consciente de que la mayoría son muy malas, aunque Green Room no esté nada mal.

Recuerdo que un día, durante un homenaje que le dedicó un festival de Malpartida de Cáceres a Jacinto Molina, me senté al lado del actor para ver con él una de sus últimas películas. En la vida real llevaba una capa negra, en la pantalla era Waldemar Daninsky, un atormentado hombre lobo. Hablaba como si recitase un poema o una maldición, y el público no dejaba de reír. «¿Por qué se ríen?», me preguntó. Quizás le angustiaba la situación, creerse incomprendido; a mí me angustió su pregunta, no tener una respuesta consoladora, sobre todo después de haberle escuchado antes de la proyección quejarse de la miopía de los críticos españoles, que se negaban a colocarle a la altura de Lon Chaney o Boris Karloff.

Green Room no tiene muchos ases en la manga pero tampoco carece por ello de buen humor. Uno de los mejores momentos, de hecho, es cuando algunos de los protagonistas reconocen que realmente lo de ser punks es algo de boquilla porque a ellos quienes de verdad les gustan no son los Dead Kennedys sino Madonna y Prince.

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