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El Papa instituye la fiesta de María Magdalena

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Por voluntad de Papa Francisco, la Congregación del Culto elevó la memoria de Santa María Magdalena, con un decreto firmado por el cardenal Robert Sarah, al grado de fiesta. El documento lleva la fecha del 3 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. El Secretario del dicasterio, el arzobispo Arthur Roche que también firmó el decreto, explica que esta decisión «se inscribe en el actual contexto eclesial, que pide una mayor reflexión y más profunda sobre la dignidad de la mujer, la nueva evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina».

Juan Pablo II, recordó Roche, fue quien dedicó «una gran atención no solo a la importancia de las mujeres en la misión misma de Cristo y de la Iglesia, sino también, y con una insistencia especial, a la peculiar función de María Magdalena como primer testigo que vio al Resucitado y primera mensajera que anunció a los apóstoles la resurrección del Señor. Esta importancia prosigue hoy en la Iglesia (lo manifiesta el actual compromiso de una nueva evangelización), que quiere acoger sin ninguna distinción a hombres y mujeres de cualquier raza, pueblo, lengua o nación para anunciar su buena noticia del Evangelio». Santa María Magdalena es representada como un ejemplo de «verdadera y auténtica evangelización», que anuncia «el alegre mensaje central de la Pascua».

El Papa tomó esta decisión durante el Jubileo de la Misericordia, explicó mons. Roche, para resaltar «la relevancia de esta mujer que demostró un gran amor a Cristo y que fue tan amada por Cristo». Marca Magdalena formaba parte del grupo de los discípulos de Jesús, lo siguió hasta la Cruz y, en el jardín en el que se encontraba el sepulcro, fue el primer testigo de la resurrección, «testis divinae misericordiae», como la definió Gregorio Magno. El Evangelio de Juan la describe en llorando, porque no había encontrado el cuerpo del Señor en la tumba: «Jesús —recordó mons. Roche— tuvo misericordia de ella al dejarse reconocer como Maestro y al transformar sus lágrimas en alegría pascual».

«Cristo —continuó el arzobispo— tiene una especie de consideración y misericordia por esta mujer, que manifiesta su amor hacia Él buscándolo en el jardín con angustia y sufrimiento», con esas que San Anselmo definió «lágrimas de la humildad». Santo Tomás dijo que era «apóstola de los apóstoles», porque fue ella quien anunció a los discípulos atemorizados y encerrados en el cenáculo lo que ellos tenían que anunciar a su vez por todo el mundo.

«Por ello es justo —concluyó Roche— que la celebración litúrgica de esta mujer tenga el mismo grado de fiesta otorgado a las celebraciones de los apóstoles en el Calendario Romano General y que resalte la especial misión de esta mujer, que es un ejemplo y modelo para todas las mujeres en la Iglesia».

La tradición, escribió el cardenal Gianfranco Ravasi, «repetida mil veces en la historia del arte y que perdura hasta nuestros días, ha hecho de María una prostituta. Esto sucedió solamente porque en la página evangélica precedente (el capitulo 7 de Lucas) se narra la historia de la conversión de una anónima ‘pecadora conocida en aquella ciudad’, aquella que había untado con aceite perfumado los pies de Jesús, huésped en una casa de un conocido fariseo, los mojó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Y así se había identificado, sin ninguna relación textual real, a María de Magdala con aquella prostituta sin nombre. Ahora bien, este mismo gesto de veneración será repetido con Jesús por otra María, la hermana de Marta y Lázaro, en otra ocasión (Juan 12, 1-8). Y así se consumó un equívoco más para María de Magdala: algunas tradiciones populares la identifican con esta María de Betania, después de haber sido confundida con la prostituta de Galilea». 

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