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Cuando alguien te desilusiona

© jseliger2

Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/06/16

A veces los moldes nos pueden volver rígidos y serios

Creo que es bueno que aprenda a liberarme de los moldes que les pongo a los demás. De las expectativas que tengo sobre ellos. De lo que espero y sueño. De lo que deseo y a veces no veo realizado. Quiero que sean de una determinada manera y me frustro si al final del camino la imagen que yo tengo y la realidad no coinciden.

Tengo que asumirlo, me gustan los moldes. Saber lo que puedo esperar y lo que no de cada uno. Saber bien lo que quiero y lo que no deseo. Lo que hay y lo que no hay. Cuesta aceptar con alegría que el olmo no da peras.

No me gustan las sorpresas en la vida. Los cambios de planes. Los cambios sorpresivos.

Por eso a veces me empeño en que las cosas sean como creo que deberían ser. Y obligo a los demás a adaptarse a mi proyecto. O son como yo quiero o, si no lo son, que no estén tan cerca de mí.

Me alejo de los que se salen de mi molde, de mi expectativa, de mi anhelo. No quiero tanto a los que no responden a mis deseos, a los que se escapan del molde.

Y sin querer uso frases que no me ayudan mucho: «Yo debería. Tú tendrías. Yo tengo que. Tú sería bueno que hicieras». Encasillo y me encasillo. Tengo sobre mí muchas exigencias. Un molde.

En seguida me sale de los labios un «Yo debería». Se me escapa. Se me cae del corazón. Lo tengo tan dentro… Cuando no hago lo que quiero, cuando no logro aquello por lo que lucho.

Sueño con un molde bien hecho y si no quepo dentro, algo habrá que cambiar para que todo encaje. O me hago más pequeño o no entro. Pero no rompo el molde.

Quiero una buena imagen. Mía, de los demás. Y proyecto en aquellos a los que amo lo mismo que yo deseo para mí. Les exijo mi forma de vida. Mi forma de amar. Mi forma de ver las cosas. La misma mirada. Los mismos gestos.

Pero tengo que aceptar, aunque me duela, que las cosas no siempre son necesariamente como yo las veo. Son como son y punto. Y eso a veces me cuesta aceptarlo.

Entender que hay comportamientos que no voy a querer nunca. Y voy a tener que verlos a mi alrededor, incluso en aquellos a los que quiero. Y tendré que aceptarlo.

A veces me gusta maquillar la realidad, intentando que se adapte a mi medida si eso es posible.

Quiero que los demás muestren la cara que yo deseo. Me quieran como yo espero. Me digan lo que anhelo escuchar. Se comporten en la vida como corresponde a su condición, a su vocación, a su camino. Que no caigan, que no yerren.

Juzgo desde lo que los demás deberían ser. No desde lo que son. Y prefiero que nadie se salga de su lugar y me sorprenda con sus actos.

La sorpresa me asusta. Es como un salto inesperado en el vacío. Un cambio repentino de una vida trazada siguiendo moldes. Y me da miedo.

A veces nos proyectamos en nuestros hijos, en las personas a las que amamos. Queremos que sean como nosotros queremos. Tal vez como nosotros no hemos sido nunca. Que lleguen más lejos. Que hagan lo que no hicimos. Que luchen ellos por lo que no luchamos nosotros.

Y cuando nos desilusionan nos hundimos. No son como soñamos al tenerlos y no sentimos defraudados.

¡Cuántas veces nos desilusionan las personas a las que amamos! No son como deseamos. No son como deberían ser. Han incumplido el camino marcado. Han fallado en lo más importante.

No parecen estar a la altura de lo que el mundo, de lo que Dios, espera de ellos. De lo que yo mismo espero. No tocan las cumbres que nosotros tampoco hemos podido tocar. Entonces dejamos de sorprendernos ante la vida de los demás.

Esperamos mucho. Y nuestra frustración no es fuente de alegría ni de crecimiento para el otro. A veces tener un molde como meta en mi vida puede volverme rígido y serio.

Puedo pensar que si la realidad no se adapta a mi molde no funciona nada. No soy feliz. Puedo volverme duro conmigo mismo y duro con los demás.

La flexibilidad y la libertad desde el amor logran sacar lo mejor de las personas, lo mejor de mi alma herida. ¿Por qué me aferro tanto al molde?

A veces veo personas que juzgan todo desde su molde. Y si los demás no se acoplan a ellos, los juzgan. Piensan que no van a ser felices, porque no hacen lo que deberían hacer. A mí también me pasa. Encasillo. Me vuelvo inflexible.

Tal vez tengo que liberarme de tanto molde. Alegrarme de la versión que los demás me ofrecen. Ver que lo mejor que los demás me dan puede ser maravilloso, aunque no coincida exactamente con lo que mi molde espera.

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