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Catatumbo, donde secuestraron a periodista en Colombia, objetivo: sobrevivir

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¿Cómo es vivir en un lugar rico, pero abandonado y sometido por actores ilegales?

Conocida por su variedad climática y rica en recursos minerales, la región de Catatumbo se encuentra ubicada al noreste del departamento colombiano Norte de Santander.

En los últimos días cobró protagonismo por ser el lugar donde fue secuestrada la periodista española-colombiana Salud Hernández, junto a otros dos periodistas, a manos del Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Hernández fue liberada en pocos días y la mediación de la Iglesia católica fue clave para ello.

Sin embargo, una de las grandes interrogantes tiene que ver con el diario vivir de una zona otrora maravillosa en cuanto a sus recursos naturales, pero abandonada por la disputa entre grupos guerrilleros y el auge de cultivos ilícitos, algo que la ha transformado casi en una república independiente y echada a la voluntad de quienes están al margen de la ley.

Por todo esto es que “señalados y estigmatizados”, son quizás dos palabras para definir a muchos de los pobladores del lugar.

La otra mirada

Alguien que conoce bien la realidad de Catatumbo es el obispo de la diócesis de Tibú, Omar Alberto Sánchez Cubillos, quien dio su testimonio en entrevista con La Opinión de Colombia.

Si bien reconoce que en parte es comprensible que haya cierta “estigmatización”, entiende que si el Estado no la hubiera abandonado otra sería su situación debido a la riqueza natural del lugar.

“Si uno mira el Catatumbo tiene un paisaje y un universo de riqueza muy grande que cualquier territorio en paz desearía. Tiene petróleo, carbón, una abundante potencialidad en temas hídricos y lo estamos agotando».

«Tiene un bosque natural, selva y paisajes bellísimos, unas buenas sabanas y una capacidad de productividad enorme, pero en medio de ese contraste uno se encuentra con que no hay desarrollo, no hay evolución”, expresó Sánchez Cubillos.

En ese sentido, cargó contra la aparición de uno de los principales enemigos de la zona: los cultivos ilícitos.

Esa mutación que se dio a la coca ha sido lo más desafortunado porque se fue estigmatizando el territorio. El Estado se fue alejando. Empezaron a dejar que estas retaguardias de las guerrillas comenzaran a tener sus controles y ahí empezó el campesino a quedar en una cárcel de puertas abiertas”, indicó.

Según él, los campesinos fueron perdieron su cultura y tradición para vivir en función de un mal que les da de comer, que les permite sobrevivir, y lamenta que el dinero de la coca se haya metido en todo.

No hay libertad

“El Catatumbo ha sido una parte de la República que se consumió en su aislamiento por la presencia de los actores ilegales. La gente no ha podido vivir en libertad porque el territorio está cuarteado y gobiernan diferentes actores armados».

«Ha sido un pedazo de tierra sometida, que ha sido capaz de resistir esas colonizaciones y las ha resistido, pero no ha podido liberarse”, indicó el obispo.

Las FARC, ELN, paramilitares, bandas criminales. Todos estos grupos son algunos de esos actores que han sometido a la región.

“En el Catatumbo se ha aprendido a convivir con los grupos armados. Este es un territorio controlado y quien tiene el control regula las relaciones entre las personas, los comportamientos».

«La gente se ha adaptado a eso, porque ama el pedazo de tierra en el que está, así no sea propia; porque quiere que a su familia no la toquen; porque ha sido testigo de tantas cosas que no le interesa rozarse con ninguno de ellos”, expresó.

¿Y esperanza?

Quizás una de las peores cosas que pueda suceder es perder la esperanza de que la situación pueda cambiar en Catatumbo, algo que se ha transformado en una percepción generalizada.

Para el obispo de Tibú, la gente está resignada a vivir en el ambiente que les tocó. La vocación de la gente en Catatumbo es sobrevivir a los miles de males, consideró.

Finalmente, el obispo reconoció que si bien el proceso de diálogo con las FARC ha generado expectativas, aún queda mucho para que pueda empezar a reinar un ambiente de paz.

“Si el Gobierno implementa una política que active, realmente, el mundo agrario, los grupos armados no tendrían opción. La coca se acaba con plata y no con discurso”, concluyó el obispo y reclamó que lo mismo que se está llevando a cabo con las FARC se haga con los otros grupos.

El secuestro de Hernández le volvió a dar protagonismo a una región castigada y necesitada de atención.

Ahora está en manos de las autoridades y demás actores escuchar las voces de quienes conocen en profundidad el dolor y los anhelos de su gente, entre ellos el de recuperar la esperanza.

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