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Adoptamos un hijo y no fue bien… hasta que comprendimos esto

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El amor es antes que la sangre

 

Era un austero edificio, con estancias y cuneros atendidos por pocas personas que hacían su mejor esfuerzo con limitados recursos, un lugar envuelto en el silencio de un halo de tristeza, roto solo por los llantos reclamantes de bebés.

Acompañaba a mi hija adolescente en una de sus visitas de labor social, que se presentó ante los niños con obsequios, cantos y bailes, en un esfuerzo por llevarles algo de alegría.

Sus rostros inexpresivos la observaban denotando una cierta extrañeza por sentirse atendidos con cariño y mimos, lo que a todas luces no acababan de comprender. Mi hija hizo su mejor esfuerzo y al final algunas leves sonrisas fueron su mejor recompensa.

En ese corto tiempo, un niño mal bañado y peor vestido con los mocos corriendo por su carita se aferró a mi mano sin quererla soltar, logrando que el corazón me doliera. Pregunté por su nombre: Toñito, era mayor de lo que parecía, afectado por la desnutrición.

Terminada la actividad y con el corazón oprimido, nos retiramos pensando que aquellos niños tenían agudos dolores en el alma que aparecerían una y otra vez, en la más dura de las soledades.

Yo, con cuatro hijos y una posición desahogada, tenía una perspectiva de vida en donde el dolor ajeno era una realidad, en la que -si bien tocaba mis sentimientos de misericordia- no consideraba que debía involucrarme más allá del solo dar cosas o mi tiempo.

Sin embargo, no olvidaba a Toñito y una voz en mi interior me pedía hacer algo. Bien, pensé, se me llegó el momento, lo solicitaré en adopción, ayudaré a uno de esos niños, por lo menos; y pienso que Toñito es el que más me necesita… me dije, sintiéndome claramente señalada.

Indecisión, juntas de familia, entusiasmo de mis hijos; nuevamente dudas,… No faltaron opiniones en contra de propios y extraños: que si ya tenía bastante con mis hijos; que si la herencia genética del niño; historias negativas de otras adopciones…

Luego, aun con recelos en mi corazón, la decisión definitiva: lo adoptaríamos… Trámites y más trámites, más nuestra insistencia para que fuese precisamente Toñito, lo que era difícil según políticas y al final se logró.

Fue así como Toñito recibió nuestros apellidos y ocupó un lugar en nuestras vidas. Éramos conscientes de que sus padres no habían muerto, que había sido abandonado; por lo que pensábamos que el niño no sería jamás nuestro hijo, sino solo alguien a quien queríamos ayudar.

Considerábamos que las relaciones paterno filiales, la fuerza de la sangre, es un vínculo tan fuerte que no se puede destruir; nadie puede dejar de ser hijo de sus padres o padre de sus hijos. A ese vínculo le dábamos primacía sobre el amor; ese era mi recelo, mi desconfianza y mi error.

Desde esa perspectiva nos esforzábamos en darle cariño, mientras que el niño denotaba sorpresa, confusión.

La desconfianza de lo que sucedía la reflejaba en su huidiza mirada, respondiendo con silencios y devolviendo a duras penas un abrazo.

Poco a poco, con mucho estímulo, aparecieron respuestas con tímidas sonrisas mientras anhelante buscaba en nuestros rostros, en nuestras miradas, un algo perdido, un algo que sin saber bien qué era, necesitaba una respuesta.

Tratando de encontrar una explicación a la actitud del niño, empecé a comprender que la sola afinidad biológica no es garantía de nada, que solo el amor de los padres, el que nace de sus corazones como fruto del amor que existe entre ellos, lo es, por encima de su capacidad de engendrar.

Era eso lo que Toño buscaba en nosotros; ese sentimiento tan fuerte que es capaz de perdurar toda una vida y saltar al más allá, mientras que otros determinantes de las relaciones entre los hombres se detienen en la muerte… si es que llegan hasta ahí.

Entonces comprendí que la decisión de adoptar Toño la habíamos tomado solo con la cabeza dándole esa primacía equivocada a los lazos de sangre, un prejuicio por el que seguía siendo rechazado, cuando el verdadero vínculo es el que nace del corazón y que esa era su anhelante búsqueda: un amor para el que nació y al que siempre ha tenido derecho, por mucho que se le hubiera negado hasta entonces.

Vi con claridad que la sola fuerza del amor está en primer término y cae de lleno en el orden previsto por Dios.

Entonces, y solo entonces, mi esposo y yo abrimos realmente nuestro corazón al niño en verdadera adopción, para que Toñito fuera real y verdaderamente nuestro hijo. Un ser en el que se ha de concretar el amor que existe entre nosotros y que debe prolongarse en él, para seguirnos amando.

Hemos vuelto al orfanato a llevar algo de alegría, y hemos iniciado una lucha por incidir de alguna manera, en el ambiente contra esa corriente de degradación y falsificación del amor por el que las personas se cosifican, engendrando, como solo una resultante de su instinto.

También formando un frente contra tanto ataque despiadado al matrimonio y la familia por ser una   institución por cuya naturaleza brota y cobra vida el amor, el más sublime de los sentimientos de los que es capaz la más perfecta criatura de la creación.

Todos los niños abandonados necesitan ser la concreción de ese amor que se tienen marido y mujer en el matrimonio; ese amor del hombre y la mujer que se prolonga en los hijos en quienes se siguen queriendo; ese amor cuya ausencia se convierte existencialmente en el grito desgarrador ante tantos oídos sordos; el grito de tantos seres abandonados y condenados por sus padres al hospicio, al abandono en manos mercenarias, o a la vergüenza de no ser reconocido y, a veces, hasta de no nacer.

Historia redactada por Orfa Astorga de Lira, orientadora familiar
Escríbenos a: consultorio@aleteia.org

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