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Conocer la verdad, o mejor: dejarse conocer por ella

Rafa Monterde - publicado el 05/06/16

Lo que los griegos llamaron "aletheia"

Me he parado un momento a escribir lo que estás leyendo. Se me ha ocurrido mientras leía una noticia sobre la guerra de Siria. Me preguntaba qué sentido podía tener el cristianismo en la actualidad, en pleno siglo XXI. Porque no faltan momentos en mi propia vida en los que me cuestiono hasta qué punto puedo decir que tengo fe.

Cuando miro a mi alrededor y hago un pequeño examen de mi vida, no dejo de pensar que es muy posible que el Reino de Dios esté en otro sitio, porque no soy precisamente la encarnación de ninguna idea que clarifique la esencia de la fe cristiana.

Cosa que me alegra, porque si la gente en la actualidad tuviera que entender el sentido de la fe contemplando mi vida se llevaría una gran decepción.

Tenemos la suerte de que –como su propio nombre indica– la fe a la que me refiero es cristiana y no rafaeliana.

Una de las cosas que más me fascina de la fe es que no se basa en una idea. No hace falta ser un gran pensador para comprender el cristianismo. Para tener fe solamente hay que estar enamorado.

¿De quién? De Jesucristo, sin duda alguna. Es una vivencia que llega a lo más profundo del corazón. Lo transforma.

Cuando te encuentras con Cristo hay algo en tu interior que cambia radicalmente. Es lo que llaman conversión.

Los cristianos griegos de los primeros siglos lo llamaron metanoia. Eso significa que se conoce algo más que antes no se conocía. Se llega más allá de lo que nuestro corazón llegaba a ver, a amar.

La metanoia es lo que está más allá de nuestro nous, de nuestra mente, de nuestro conocimiento, de lo que es más íntimo en nosotros.

Salimos de nosotros mismos conociendo lo que antes nos era desconocido: el Amor que no nos olvida, que nos tiene siempre presentes, aquel en el que nuestro ser es sin que podamos percibirlo.

Es el Amor que nos antecede porque existe antes que nosotros. Es Aquel que con la mirada de su corazón nos tiene presentes dentro de sí mismo y que con su Palabra nos llama a la existencia, a la vida.

Se tiene fe en aquello que no se ve, no en aquello que se ve. Lo que está ante los ojos ya es conocido. Es visto. Pero aquello que no se ve queda oculto al ver.

La misma mirada que mira se oculta en aquello que ve. La mirada para sí misma es invisible. Ve y, no obstante, no se ve. Para sí misma es un misterio. Vemos lo de fuera. Lo que es fuera de nosotros. Lo que ex-siste (sistere-extra, es-fuera). Nuestro corazón queda oculto. Nuestra intimidad nos es desconocida.

Lo invisible no queda fuera de nosotros, sino que nos lleva hacia dentro: al corazón. El joven Agustín de Hipona lo experimentó en su búsqueda de Dios y lo expresó con estas palabras: eres más íntimo a mí mismo que mi misma intimidad.

Esa mirada nuestra que se nos oculta cuando intentamos mirarla se vuelve clara, cristalina y brillante cuando en lo profundo de nuestro corazón se clava el dardo ardiente del Amor de Cristo y desgarra los límites de nuestra carne abriéndola a la Vida infinita del Espíritu de Dios.

La mirada de Cristo nos libera de nuestro desconocimiento, del desaliento y del sinsentido de la ignorancia del Amor.

En ella nuestro ser se ilumina como en el Principio, pues escuchamos nuestro nombre en los labios mismos del Verbo Creador. Tal es la fuerza y la belleza de aquello que es invisible a los ojos… de aquello que no ex-siste, de lo que no está-fuera…

Sin embargo, desde ese instante, desde que el corazón se desgarra y queda herido y abierto hacia dentro de sí mismo saliendo de sí, comprende que todo lo que existe fuera de él permanece dentro del Verbo que lo ha llamado a ser, siendo, además, distinto de Él.

La herida del Amor no se olvida. Desde entonces el corazón se manifiesta y ya no queda oculto. Es el Amor el que mejor expresa la esencia de la verdad. Lo que los griegos llamaron aletheia.

Esta palabra guarda dentro de sí un misterio fascinante que ­–creo– solamente podemos comprender desde la experiencia del Amor. El significado de letheo en griego es olvidar. La a-letheia es aquello que no se olvida.

Lo inolvidable, lo que permanece presente en nuestro corazón y lo hace preso de la nostalgia, es lo que se ama.

Pero letheo también es ocultar. El olvido y lo oculto están íntimamente unidos. Olvidamos el corazón porque permanece oculto en las profundidades de lo invisible. La aletheia es, además, lo que se des-oculta porque se manifiesta.

¿Cómo se puede manifestar, pues, en nosotros aquello que está oculto y que nuestra memoria ha olvidado? Únicamente me atrevo a decir que es el Amor el que lo consigue.

La búsqueda del Amor que nos antecede y que hemos olvidado es la que hace posible que aquello que está oculto, la verdad de nuestra vida, se manifieste y sea auténtica aletheia.

Es un acontecimiento que se imprime a fuego en lo más profundo de nuestro ser y que permanece presente en nosotros con cada latido del corazón.

Es el momento en el que el Verbo nos dice “¡ven!”, similar al que María experimentó cuando dijo fiat mihi secundum verbum tuum!

Ella es la que lo experimentó en toda su plenitud porque pudo corresponder a la mirada de Dios sin ninguna limitación: ella no estaba limitada por sí misma, es la criatura que hace posible que Dios se dé a sí mismo sin restricciones, pues entre ella y Él no hay barrera alguna y se cumple a la perfección la voluntad de Dios en su vida.

Por eso le decimos “llena eres de gracia”… ¡Ella es un anticipo del Reino de Dios!

Hay una relación estrecha entre el Amor y la verdad. Gracias a Él se manifiesta la verdad que nuestro corazón anhela.

Y lo que más me fascina es que la verdad no se manifiesta como objeto, como algo conocido, sino como cognoscente: me conoce. Soy conocido.

Desde ese ser-conocido que soy me doy cuenta de que la verdad es algo más grande que yo mismo y que es la Verdad en sentido pleno. Algo ante lo que siempre cabe admirarse, porque me desborda y no depende de mí mismo, sino que dependo de ella, del Amor que me crea y que se me da sin límites.

Siendo conocido busco conocer a Quien me conoce y en esa búsqueda comienza una ascensión inagotable en el camino de la Vida.

Así que creo que ser cristiano en el siglo XXI aún tiene mucho sentido: Jesús realmente está vivo.

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