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El Papa a los diáconos: «No gritar nunca. No es grande quien comanda, sino quien sirve»

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«Jesús es el primer diácono, ejemplo de servicio». Por ello, «no gritar nunca, sino servir» sin esperar nada a cambio, «abriendo la puerta a quien toque fuera del horario». El Papa pidió parroquias siempre abiertas, sin agendas ni horarios. «Que los cristianos no tengan miedo de acariciar la carne de los pobres». En la misa final de su Jubileo, en la Plaza San Pedro, Francisco asignó el mandato a los diáconos, resumiendo el estilo e vida cristiano. «Que el diácono no juegue a imitar al sacerdote, que sea manso; en la mansedumbre madura la vocación de ministros de la caridad». Exhortó a los diáconos a estar «disponibles en la vida», a ser «mansos de corazón» y a estar «en constante diálogo con Jesús», porque de esta manera, «no tendrán miedo de ser siervos de Cristo, de encontrar y acariciar la carne del Señor en los pobres de hoy».

Participaron en la ceremonia los diáconos permanentes (muchos de ellos con sus familias) de diferentes partes del mundo, para estar en el evento jubilar dedicado a ellos desde el viernes pasado en Roma. El Año santo de los diáconos permanentes este año cayó en el 50 aniversario de la institución de estas figuras de laicos cristianos (que en el mundo son alrededor de 45 mil), encargados de ayudar a los sacerdotes y obispos en las obras de caridad de la Iglesia, siguiendo el modelo de la primera comunidad cristiana.

Francisco presidió la misa en la que, para la distribución de la comunión, lo asistieron 250 diáconos. «A mí me hace daño el corazón cuando veo el horario en las parroquias, y luego no hay puertas abiertas, no hay cura, no hay diácono, no hay ningún laico. Esto hace mal al corazón», afirmó el Obispo de Roma, quien también aconsejó que las parroquias siempre estén abiertas. Y también pidió que quien reciba a las personas siempre sea gentil, que no grite nunca.

Para seguir el Evangelio, añadió Jorge Mario Bergoglio, «estamos invitados a vivir la disponibilidad, a alejarnos del disponer todo para sí o disponer de sí como se quiera». Por ello «quien sirve» no debe ser «esclavo de la agenda que establece», sino «dócil de corazón»; debe estar «disponible a lo no programado: listo para el hermano y abierto a lo imprevisto, que no falta nunca y que es a menudo la sorpresa cotidiana de Dios».

Además, «quien sirve no es un custodio celoso del propio tiempo, es más: renuncia a ser el dueño de la propia jornada, sabe que el tiempo que vive no le pertenece, sino que es un don que recibe de Dios para ofrecerlo a su vez; sabe abrir las puertas de su tiempo y de sus espacios a quienes están cerca de él y también a los que tocan la puerta fuera del horario, a costo de interrumpir algo que le gusta o el descanso que se merece». El Papa invitó a los «queridos diáconos» a vivir en la disponibilidad, pues de esta manera « su servicio estará exentos de cualquier tipo de provecho y serán evangélicamente fecundos».

Francisco puso como ejemplo, en la homilía, la figura del Centurión que pide a Jesús que lo cure con «palabras sorprendentes, que a menudo son lo contrario de nuestras oraciones: ‘Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo’. Ante estas palabras, Jesús se queda admirado. Le asombra la gran humildad del centurión, su mansedumbre. Y la mansedumbre es una de las virtudes de los diáconos, ¿eh? Cuando el diácono es manso, es servidor y no juega a imitar a los sacerdotes, no, no… es manso. Él, ante el problema que lo afligía, habría podido agitarse y pretender ser atendido imponiendo su autoridad; habría podido convencer con insistencia, hasta forzar a Jesús a ir a su casa. En cambio se hace pequeño, discreto, no alza la voz y no quiere molestar. Se comporta, quizás sin saberlo, según el estilo de Dios, que es ‘manso y humilde de corazón’. Efectivamente, Dios, que es amor, llega incluso a servirnos por amor: con nosotros es paciente, comprensivo, siempre solícito y bien dispuesto, sufre por nuestros errores y busca el modo para ayudarnos y hacernos mejores. Estos son también los rasgos de mansedumbre y humildad del servicio cristiano, que es imitar a Dios en el servicio a los demás: acogerlos con amor paciente, comprenderlos sin cansarnos, hacerlos sentir acogidos, a casa, en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve».

El encuentro mundial de los diáconos permanentes (hombres que por vocación y ministerio están estrechamente legados a las obras de la caridad en la vida de la comunidad cristiana) fue la ocasión para reflexionar, rezar y dialogar sobre el papel y el ministerio que desempeñan en la Iglesia y, mediante él, manifiestan al mundo que, como subrayó el Papa, «la misericordia es el fundamento mismo de la vida de la Iglesia».

El 50 aniversario de la re-institución del diaconato permanente, que se dio con el Concilio Vaticano II, ofreció la oportunidad para volver a proponer la importancia que este ministerio tiene para el servicio de la liturgia y de la caridad. El Jubileo de los diáconos comenzó el viernes pasado, con un encuentro sobre el tema «El diácono, imagen de la misericordia para la promoción de la nueva evangelización», que se llevó a cabo contemporáneamente en diferentes Iglesias, con el objetivo de que todos pudieran seguir el debate en su idioma.

La organización fue la siguiente: los italianos estaban en la Iglesia de Santa María en Vallicella y en la Basílica de San Andrés della Valle; los ingleses estaban en la Basílica de San Juan Bautista de los Florentinos y en la Basílica de Santa María «sopra Minerva» (en donde también hubo traducciones para los portugueses y alemanes); y los españoles estuvieron en la Basílica de San Marcos Evangelista en el Campidoglio. La misma subdivisión se adoptó para la catequesis «El diácono: llamado a ser dispensario de la caridad en la comunidad cristiana», que se llevó a cabo ayer por la tarde, al final de la peregrinación a la Puerta Santa de San Pedro.

Francisco indicó el camino a los diáconos: «servir» sin esperar ningún beneficio, «y sin miedo de acariciar la carne de los pobres», porque «no es grande quien comanda, sino quien sirve». De hecho «Jesús se hizo diácono de todos». Y los diáconos «están llamados a ser sus anunciadores. El discípulo de Jesús no puede seguir un camino diferente del del Maestro, pero si quiere anunciar, debe imitarlo, como hizo Pablo: «Aspirar a ser un servidor», advirtió el Papa.
 

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