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Experiencias con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo

Carlos Padilla Esteban - publicado el 26/05/16

Quizás no logre entender la Trinidad, pero sí puedo conocer más a Dios

Dios se revela de forma misteriosa en mi historia de salvación. Es un Dios que se hace historia para que yo lo conozca.

Mi Dios es Trino porque como Trinidad se me ha revelado en mi historia. Lo he palpado como Padre creador y misericordioso. Como Hijo redentor que se hace hombre para caminar a mi lado. Como Espíritu vivificador al entregarse a mí en su presencia continua en mi corazón, en mi alma, para siempre.

Sé que si logro acercarme a Dios desde mi experiencia, desde el camino de mi vida, lo conoceré de verdad.

Tal vez no desvelaré por completo el misterio de ese Dios Trino. Pero sí sabré cómo me ama, cómo actúa y cómo es ese Dios que se manifiesta como Padre, Hijo y Espíritu.

Es la experiencia de mi vida. ¿Acaso no he conocido un amor paternal que no se cansa de esperarme cada vez que me pierdo? Un Dios Padre que me busca, me espera, me aguarda. Un Dios que es Padre misericordioso y me mira con una ternura como nunca nadie antes me ha mirado.

Dios es el Padre de ese hijo pródigo que se fue de casa y regresó hambriento. Es el Padre que va a buscar la oveja perdida. El Padre que abraza a la mujer pecadora. El Padre que llora ante la tumba del hijo muerto. El Padre que se conmueve y se alegra. Que se ríe y abraza.

Conozco ese abrazo de Dios en mi pecado. El abrazo de Padre que no se queda en mi debilidad, que no se detiene en lo que tengo que educar en mi vida. Ese Dios Padre es parte de mi historia de vida.

Entonces lo puedo decir, lo puedo nombrar: Dios es mi Padre. Lo puedo decir porque he notado su abrazo y su beso. Las sandalias nuevas en mis pies. La fiesta al verme volver a casa. El anillo de hijo en mi mano.

Decía Tim Guenard: “Oí como un padre le decía a su hijo: – Estoy orgulloso de ti. Jamás había oído hablar a un padre así, los seguí durante horas. Yo soy un ladrón de amor, he aprendido copiando momentos de amor”. Me conmueve esa reflexión. Un padre orgulloso de su hijo.

Dios Padre está orgulloso de mí. Tal vez tengo que repetírmelo muchas veces para no dudar. Para no pensar que es sólo mi imaginación que me traiciona. Dios es Padre y está orgulloso de mí. Y quiere que yo sea hijo, dócil, alegre, inocente.

Y que pueda así ser padre que les diga a sus hijos que está orgulloso de ellos. Quiere que sea padre a su manera. Quiere que sea reflejo de este amor trinitario. Un amor de Padre. Un amor imposible.

Para Dios todo es posible. Me puede hacer padre. Copio esas escenas de amor. Esa escena de amor de Dios conmigo. Cuando me dice que me ama, que está orgulloso de mí. Me emociono.

Conozco a Jesús porque se ha manifestado en mi vida. ¿Acaso no ha sido Jesús quien me ha buscado por los caminos? ¿No he seguido sus pasos, no se ha hecho carne en mis propias manos?

Conozco a Jesús y le quiero. Porque me he sentido hondamente amado por Él. En lo más íntimo. Ese Jesús que me llama por mi nombre y conoce mi verdad más auténtica.

Una persona rezaba: “Te doy gracias Jesús por quererme como soy y no como a veces pienso que debería ser. Te doy gracias por mi pecado que me hace más humano. Por ser frágil y dejarme llevar por mis pasiones. Me quieres como soy sin dejar nada de lo mío fuera. Te doy gracias porque has hecho que mi corazón lata. Vibre y se enamore de la vida. Puedo hablar desde la tierra y desde el cielo. Sé que a veces toco el borde del precipicio y Tú me sostienes. Sé que Tú me abrazas, me sujetas con lazos humanos que me atan a esta tierra. Te doy gracias por las raíces hondas que has puesto en mi alma que se adentran en lo más profundo de tu corazón grande e inmenso. Gracias, Jesús, por caminar conmigo”.

Ese Jesús concreto de mi historia. Ese Jesús de mi camino. ¿Cómo negar que le conozco? ¿Cómo fingir que no lo he visto, que no me ha amado? Está en mi día a día. Vive en mi mismo lago, navega en mi misma barca.

Y de la misma forma su Espíritu. ¿Acaso no he tocado el fuego del Espíritu en mi alma? ¿No he vibrado con su presencia viva? ¿No ha resonado mi alma con su voz?

El fuego de Dios transforma mi vida. Pone palabras nuevas en mi boca. Le da un valor al corazón del que antes carecía.

El Espíritu me levanta cuando me siento frágil. Me empuja cuando dudo. Me lleva donde no pensaba ir. Con su coraje venzo mi miedo.

Jesús me habla en su Espíritu. Se encuentra conmigo en la fuerza de su Espíritu. ¡Cómo voy a dudar de su presencia cada vez que rezo, cada vez que hablo, cada vez que escribo! Lo toco con la punta de los dedos. Le veo con lo más profundo de mi mirada.

Está ahí y mueve mi vida por los caminos más confusos. Pero no me deja. No me abandona nunca. No se detiene si yo sigo de largo. Va conmigo donde yo voy. Orienta siempre mis pasos.

No quiero comprender lo incomprensible. No quiero desentrañar todo el misterio. Pero sí quiero conocer más a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo.

Conocerlos más, amarlos más. Quiero ser sumergido en el misterio de la Trinidad, de ese Dios Trino que me ama con locura.

Me ato a María. Ella me lleva a lo más hondo del misterio. Formo parte de ese amor. Me enseña Dios una nueva forma de amar.

Me gustaría amar siempre así, como Dios me ama. En referencia al otro a quien amo. Saliendo de mí mismo. Descentrándome para darme por entero.

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