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Una huerta parroquial y 12.000 kilos de patatas contra la pobreza

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Iniciativa de los feligreses de San Antonio de Padua, en Lugo (España)

Una parroquia lucense recupera unas tierras en abandono para ayudar a más de 400 personas, con una cosecha que implica a toda la comunidad eclesial en la siembra, la recogida y el reparto

En 2013, cuando la crisis azotaba de lleno a muchas familias de la parroquia de San Antonio de Padua, en Lugo, un grupo de feligreses decidieron poner en marcha una original iniciativa solidaria para responder a las necesidades que descubrían a su alrededor. Unos cedieron unas tierras cercanas a la parroquia, otros pusieron su trabajo, y todos, en definitiva, aportaron su apoyo y generosidad para hacer posible la Huerta Solidaria de San Antonio de Padua.

Al despacho parroquial se acercan a diario muchos vecinos que pasan un mal momento. El párroco, Alberto Leiva, y otros miembros de la comunidad eclesial les prestan la mejor acogida que pueden, intentando suavizar el mal trago de quienes se sienten al límite y deciden pedir ayuda.

«Al agravarse la crisis se hizo más larga la cola en la puerta de la iglesia. Los comentarios dentro de la misma parroquia y con los vecinos en la calle apuntaban a buscar salidas originales que representasen nuestra voluntad de arrimar el hombro, de involucrar a todos los que se sienten desplazados por el sistema y de sensibilizar al conjunto de la sociedad», comenta el sacerdote. Este fue uno de los principales objetivos que se propuso la iniciativa: «La vivencia de la caridad entre los miembros de la parroquia que semana a semana nos reunimos para celebrar la Eucaristía», añade.

Todo cedido de forma altruista

La necesidad agudizó el ingenio, y el camino para culminar este proyecto, que lleva ya casi cuatro años en marcha, comenzó gracias al trabajo conjunto y altruista de la comunidad. Unos vecinos cedieron una parcela de 5.000 metros cuadrados que estaba en desuso, para propiciar también la recuperación de terrenos abandonados; un empresario del sector del automóvil corre con los gastos extraordinarios y con los desplazamientos del personal; un granjero aporta el abono necesario para la tierra; una empresa de servicios agrícolas, su transporte y distribución… y muchos otros, sus manos, ilusión y experiencia en el campo.

La suma de estos esfuerzos llenos de humanidad se han traducido en una cosecha gratificante y eficaz: tras la siembra que han plantado hace unas semanas esperan recolectar a finales de agosto casi 12.000 kilos de patatas. Aunque «lo que valoramos no es tanto la cantidad de kilos recogidos, sino la cosecha en grados de solidaridad. Y ahí sí que estamos satisfechos porque descubrimos que la gente tiene ganas de comprometerse, de hacer algo por los demás», explica el párroco.

Punto de encuentro

La Huerta Solidaria de San Antonio de Padua se ha convertido además en un medio para el encuentro de gentes de todo tipo: unos con necesidades y otros con ganas de ayudar, lo que se traduce en una comunidad viva y fraterna. «La caridad –dice Alberto Leiva– no se reduce a la entrega de recursos materiales, sino que busca recuperar en autoestima y dignidad a las personas que están marcadas por la lacra de la pobreza».

De este convencimiento parte el empeño de los promotores del huerto por involucrar en el proceso de captación y creación de recursos a los propios beneficiarios, que en total son cerca de 400 personas. «La cola a la puerta de la parroquia para solicitar ayuda se ha convertido además en un grupo nutrido de voluntarios para sembrar, realizar trabajos de mantenimiento y cosechar». La procedencia de los usuarios y voluntarios es muy diversa: Rumanía, República Dominicana, Colombia, Marruecos, España… Una gran familia que cuando se acercan las fechas para la siembra y la recogida se organiza para acudir temprano al huerto y comenzar el trabajo.

El ciclo se completa presentando cada año el proyecto a la comunidad parroquial, y ofreciéndoles a modo de pequeña gratificación una bolsa de patatas, como hicieron el año pasado: «Es un gesto que plasma la esencia de nuestra condición de parroquia en la que todos estamos unidos, y que resalta el valor de la caridad y de dar generosamente, porque hay mayor alegría en dar que en recibir», concluye el párroco.

María José Campo. Lugo

Artículo originalmente publicado por Alfa y Omega

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