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Gallagher anula su visita a Venezuela, por falta de condiciones

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Hace pocas horas, el obispo de San Cristóbal, en Venezuela, mons. Mario Moronta, comunicó a la prensa que recibió una nota de la Nunciatura de Caracas en la que se dice que «Monseñor Gallagher se ha visto obligado a anular su viaje […] por motivos que no  dependen de la Santa Sede». En otras palabras, el Secretario vaticano para las Relaciones con los Estados, mons Paul Richard Gallagher, no visitará el país sudamericano como se había anunciado. El viaje se habría llevado a cabo del 24 al 29 de mayo y su objetivo era la consagración episcopal de un nuevo Nuncio, mons. Escalante, pero al mismo tiempo se declaraba la disponibilidad de la Santa Sede a apoyar (si hubiera sino necesario y posible) para la apertura de un diálogo entre el gobierno del presidente Nicolás Maduro (los partidos que lo apoyan) y las numerosas organizaciones y partidos de la oposición.

Muchos, fuera y dentro de Venezuela, pusieron sus esperanzas en esta posible participación de Gallagher, quien, a pesar de no tener una misión diplomacia ni ser Enviado del Santo Padre, habría podido llegar en el momento oportuno y más delicado: en el país, de hecho, se está reduciendo cada día el espacio para arrojar puentes de diálogo entre las partes políticas, que están alimentando cada vez más el «fuego cruzado». La cancelación del viaje del «ministro del Exterior» vaticano es una decisión extrema y, por lo mismo, gravísima. No se conocen los motivos de esta decisión, y difícilmente serán dados a conocer. Por ahora sabemos que se trata de razones que no tienen que ver con la Santa Sede, y también sabemos que se trató de una medida «obligada», impuesta por la situación. Pero, ¿qué ha pasado a cinco días de la llegada de Gallagher?

Algunas respuestas plausibles se pueden dar simplemente leyendo los periódicos de Venezuela y analizando los hechos más recientes de esta crisis. Sin entrar en el detalle de los eventos que se verifican casi hora tras hora, la cuestión parece bastante clara: mientras la violencia y la emergencia están aumentando rápidamente en todas las ciudades, al mismo tiempo las decisiones y los gestos del gobierno de Maduro y de las oposiciones (reunidas en la Mesa para la Unidad Democrática) no han demostrado la más mínima voluntad de diálogo.

Desde hace dos días, diferentes líderes de las oposiciones insisten con sus declaraciones en arrastrar a Gallagher de su parte, diciendo que, con el viaje del religioso se habría tenido que establecer la fecha para la «salida» del presidente Maduro. Declaraciones de este tipo son simplemente insensatas: en primer lugar porque obviamente no se definió ningún encuentro entre Gallagher y los opositores; en segundo, porque, obviamente, no son estas las personas que pueden establecer las posturas de la Santa Sede en una situación tan delicada. Es muy burdo el intento de las oposiciones de instrumentalizar la disponibilidad del Vaticano para favorecer el diálogo y la negociación entre ambas partes. Pero al mismo tiempo, Maduro está demostrando un comportamiento también insensato, al aumentar la represión interna y llegando, incluso, a obstaculizar y atacar el trabajo de la Cáritas en el país, fuertemente comprometida en la ayuda humanitaria y sanitaria, que es muy urgente en todo el país, pues es casi prácticamente imposible encontrar productos de primera necesidad.

Ninguna disponibilidad al diálogo. Ning gesto de distensión. Ninguna apertura, aunque fuera tímida. Desde hace una semana, el gobierno y las oposiciones solamente han intrumentalizado torpemente la presencia de Gallagher indicando que su eventual gestión del diálogo habría sido la victoria de una parte y la derrota de la otra. Como bien se sabe, el Secretario vaticano para las relaciones con los estados no habría visitado Venezuela en misión diplomatica ni como Enviado del Santo Padre. Su presencia fue explicada con honestidad y sencillez: Gallagher habría ido a Venezuela por motivos religiosos, pero indicó su disponibilidad para llevar a cabo posibles encuentros con todas las partes para escuchar las respectivas posturas y razones. Solamente después, si acaso, habría sido posible comenzar a imaginar y delinear un posible papel de la Santa Sede.

Ahora la situación venezolana, sin esta visita anunciada, parece cada vez más oscura. Otras posibles instancias para favorecer el diálogo fueron rechazadas por ambas partes: gobiernos de la región, la Organización de los Estados Americanos (OEA) y personalidades de relieve a nivel internacional. En el contexto actual, estas propuestas externas eran las únicas que habrían podido dar un giro a la situación. Y estas consideraciones hacen pensar en una agudización irreversible de la crisis y, por lo tanto, en el aumento de la violencia generalizada o, consecuencia mucho peor, en pulsiones autoritarias.
 

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