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Patriarca sirio católico: Occidente es complice del genocidio de Siria

© TAUSEEF MUSTAFA / AFP
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En una entrevista con Aleteia, el Patriarca Younan acusa a las fuerzas externas de incitar la violencia en su país

“Occidente está avivando las catastróficas tragedias que se desarrollan ante nuestros ojos. Hemos repetido muchas veces que incitar a la violencia en Siria sólo conduce al caos; y el caos conduce a la guerra civil, o viceversa. El caos es también el mayor enemigo de las minorías, en especial para la minoría cristiana tanto en Siria como en Irak”.

Estas son las duras palabras que el patriarca de Antioquía y de la Iglesia católica siria, Ignace Youssif III Younan, dirigió al mundo en una reciente entrevista con Aleteia.

Unas palabras vehementes pronunciadas con la fuerza de alguien que ha sufrido y sigue sufriendo al ver a su comunidad y su país destruidos ante la indiferencia consciente del mundo.

En esta entrevista, el patriarca culpa a Occidente y lo confronta con unas realidades a menudo difíciles de aceptar.

Patriarca Younan, ¿cuál es la situación actual en Siria? ¿Con qué experiencias trata la Iglesia en esta etapa del conflicto?

El conflicto no cesa. Todos los bandos involucrados tienen sus propias armas y sus apoyos.

Pero hay una gran diferencia entre las fuerzas gubernamentales —que no “del régimen”, puesto que Siria posee un Gobierno reconocido y es miembro de las Naciones Unidas—, que quieren defender a su pueblo, y otras fuerzas de la oposición, rebeldes o revolucionarias —como queramos referirnos a ellas— que, por desgracia, están destrozando el país.

Hace unos días, pasé algún tiempo en Al-Qaryatain y en Palmira y fui testigo con mis propios ojos de la destrucción que estaba teniendo lugar en estas dos ciudades.

Fui a Al-Qaryatain porque allí hay dos comunidades, una sirio-ortodoxa y una sirio-católica, con sendas parroquias. También teníamos el monasterio de San Elián, que ahora está totalmente destruido. Ambas iglesias, sobre todo la ortodoxa, han sido prácticamente arrasadas por completo.

Luego fui a Palmira, donde teníamos una pequeña iglesia que fue destruida junto con la rectoría.

Ahora la comunidad internacional está preocupada por los monumentos arqueológicos de Palmira, que son famosos en el mundo entero, pero durante más de cinco años el interés por las víctimas inocentes ha sido más bien escaso.

En particular ahora, visto lo que está sucediendo en Alepo, es un hecho que nos entristece mucho.

El éxodo que está desarrollándose también plantea una situación muy difícil. ¿Su comunidad ve alguna posibilidad de permanecer allí o…?

Esta es una injusticia no sólo para mi comunidad, sino para todos los sirios. Es cierto que los cristianos somos una minoría. Hemos sufrido persecuciones, abusos y muertes, al igual que otros, pero nosotros somos los más débiles y no tenemos enemigos, ni en el Estado ni entre los rebeldes.

No simpatizamos con aquellos que están destrozando el país y asesinando a su pueblo.

Al mismo tiempo, consideramos que son cómplices todos los que han incitado a estas bandas terroristas y a los presuntos rebeldes, puesto que, según la ley criminal, aquel que incita a un asesinato debe ser acusado también del crimen, y aquel que sabe del crimen y permanece indolente también debería padecer el castigo correspondiente.

Y así lo manifesté hace poco durante una reunión en Turín, donde hablé sobre la complicidad de los políticos occidentales.

Está claro que sabían que incitar a la violencia por los beneficios derivados del petróleo y la venta de armas terminaría por destruir el país.

Pronto visitaré Homs [al oeste de Siria] para la ordenación de nuestro nuevo obispo. La situación se mantiene estable allí y puedes ir porque el área está bajo el control del Gobierno, pero cuanto más te aproximas a Alepo, más difíciles se vuelven las cosas. Y desconocemos lo que podrá pasara en el futuro cercano.

Ante semejante tragedia, nuestros lectores se preguntan qué pueden hacer.

Si sus queridos lectores en Occidente consideran que los países donde viven son países democráticos, entonces tienen que alzar la voz para decir a sus gobiernos: estáis participando en un genocidio de minorías, sobre todo de la minoría cristiana.

Porque el genocidio no significa sólo el asesinato de todos los miembros de una comunidad, sino también el forzarles a huir de su país a otras partes del mundo, desarraigándolos de la patria de sus ancestros y destruyendo una cultura, una sociedad y una tradición religiosa.

Somos unas Iglesias sui iuris, es decir, dotadas de nuestra propia historia, aunque no seamos muy grandes. La situación es horrenda.

Así que sus lectores necesitan entender que no deberían aceptar lo que dicen los medios de comunicación de masas ni los políticos que abusan de su poder.

Ya no es aceptable ni permisible cerrar los ojos ante las atrocidades que se están permitiendo en el siglo XXI. Esa indiferencia nos entristece y nos hace sufrir aún más.

¿Debería reconocerse entonces la intervención de Putin?

Los rusos se han tomado mucho más en serio la ayuda a Siria, que lleva ya mucho tiempo maltrecha y dividida. Es cierto, cuando fui a Palmira, eran los rusos los que defendían los yacimientos arqueológicos.

Únicamente lo que hizo Rusia en el mes de septiembre vale mucho más que todo lo que ha hecho Occidente en los últimos dos años.

Tenemos otro ejemplo de ello en Irak, que, según los estadounidenses y demás occidentales, es un país que camina hacia la democracia. Pero entonces, ¿por qué no le ayudan de verdad a acabar con Daesh, con el autodenominado Estado Islámico?

Llevan años hablando de detener o eliminar este califato del terror. A decir verdad, el oportunismo rampante existente está ahora al descubierto. Y sólo nosotros, los indefensos cristianos, estamos atrapados entre Daesh y el oportunismo occidental.

Nuestros lectores, en especial desde nuestra edición árabe, plantean esta pregunta: Muchas personas no entendieron el gesto del papa Francisco al traer consigo a 12 musulmanes a Roma en su vuelo de regreso desde Grecia. Muchos de nuestros lectores nos han dicho: “somos cristianos y nadie nos ayuda”… ¿De qué forma podemos responderles?

Comprendo la postura de estas personas y su ansiedad, y comprendo que hay momentos en los que la caridad cristiana no se entiende del todo.

Para mí, el papa Francisco es el Sucesor de Pedro, el líder de la Iglesia católica Universal y, exhortado por la caridad del Evangelio, quiso demostrar al mundo que la cristiandad no discrimina a nadie por su religión, raza o color de piel.

Por otro lado, puedo entender perfectamente a los que se preguntan por las motivaciones de lo sucedido, y si me reúno con el Papa le diré: Santo Padre, sacar a 12 sirios de entre los que se ahogan en el sufrimiento no resuelve el problema. Preferiríamos que Su Santidad tomara una decisión real.

Creo que el Papa se reunió con el vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden. El Papa tiene que decir claramente que las políticas adoptadas por los políticos occidentales son absolutamente injustas y van en contra de la caridad y la justicia.

Podrían haber reformado gradualmente los sistemas de gobierno. No puedes exportar las que se han dado en llamar “democracias occidentales” a países donde aún hay una amalgama entre religión y Estado.

Esta fusión existe en todos los países de Oriente Medio, excepto en Líbano, y significa que nunca tendrás una verdadera democracia mientras continúe esta fusión de religión y Estado, porque sabemos que en el islam el Corán se lee e interpreta de forma literal.

Por tanto, hay quienes dicen “esta es nuestra religión”, pero no olvidemos que existen versos empapados de violencia y que incitan a la violencia.

Y además, cada grupo entiende estos versos como le parece, porque no hay ninguna autoridad religiosa última que les prevenga.

Aquí nos enfrentamos a un problema de exégesis, y hay ciertas cosas que deben ser entendidas de forma apropiada.

Y así, uno de los resultados es que tenemos ante nosotros un autodenominado Estado Islámico que continúa cometiendo atrocidades en nombre del islam. Interpretan la religión según su deseo.

No todos los musulmanes son terroristas, pero, por desgracia, hasta ahora todos los terroristas del siglo XXI han sido musulmanes. Tenemos que decirlo claramente, pedimos a nuestros compañeros musulmanes que estén vigilantes. Personalmente, siempre he dicho que los discursos en las mezquitas deberían ser llamamientos a la coexistencia y a la paz, y no acusaciones de infidelidad dirigidas a otras religiones.

A nivel personal, ¿cuál ha sido la herida más profunda durante estos años de conflicto y qué es lo que le ha apenado más?

He vivido y padecido el conflicto sirio de primera mano, porque soy originario de la provincia de Hasaka, al noreste de Siria.

Hace unos meses Daesh invadió los pacíficos pueblos de la región del Jabur y obligaron a sus habitantes a huir. Fueron secuestradas entre 300 y 400 personas. Algunos fueron liberados, pero aún no sabemos nada del resto.

En Irak, pienso en la tragedia de los creyentes que han sido desterrados de la meseta de Nínive. Nos desgarra el corazón. Sufrimos mucho.

Estuve con ellos no hace ni tres semanas. Estuve en Irak, en Erbil, Kurdistán, y visité casi todo el Kurdistán para reunirme con los fieles. Allí, la situación es cada vez más trágica.

En los últimos años han sido expulsadas aproximadamente 140.000 personas. No conocemos el número exacto porque muchos se han refugiado en diferentes lugares: algunos en Bagdad, otros en Basora.

Por otro lado, en nuestra comunidad lo hemos documentado todo: al menos 11.000 familias han sido expulsadas de la meseta de Nínive y de Mosul, y de estas 11.000 familias, sólo quedan 7.000. Las otras se han marchado a Líbano, Jordania y Turquía, y han sufrido penurias inimaginables a través de mares y océanos.

En relación al dilema de los refugiados, muchos cristianos declaran: “la Iglesia no nos ayuda”, pero quizás sólo se centran en lo que tienen justo delante de sus ojos. ¿Podría explicar cómo la Iglesia está prestando asistencia?

Puedo entender las necesidades humanitarias de estos refugiados que han sido expulsados y desarraigados. Por otro lado, no podemos olvidar ni tampoco negar que la Iglesia está colaborando en la ayuda.

Las Iglesias no son naciones ni estados. No somos países capaces de donar millones. Simplemente, hacemos todo lo que está en nuestra mano.

Estuve en Irak y he visto lo que estamos haciendo allí. Obviamente, la moral está por los suelos y hay un gran sufrimiento porque, llegados a este punto, regresar al hogar se ha convertido en un sueño.

Pero fui testigo de cómo la Iglesia está ayudando a los refugiados a, al menos, mantener una vida humanamente digna. Visité las tiendas de campaña, las iglesias y los edificios donde se daba cobijo a refugiados. La Iglesia trabaja duro.

Visité las iglesias que han sido construidas para la oración, las escuelas y nuestras clínicas, donde sacerdotes y monjas trabajan a destajo con la comunidad.

Es cierto que no podemos responder a todas las necesidades —no somos un país rico en petróleo ni una pudiente nación europea—, pero hacemos una pequeña contribución que atiende a las necesidades de miles de personas.

En Líbano, por ejemplo, estamos distribuyendo ayuda humanitaria y, hace dos años, abrimos una escuela con jardín para 850 niños (para iraquíes cristianos), que visité antes de venir. Esta escuela nos cuesta 40.000 dólares al mes.

No podemos prometer las estrellas y siempre habrá gente que no esté satisfecha y que nos diga: “¿Qué estáis haciendo para poner fin a nuestro viacrucis? ¿Por qué no nos ayudáis a ser bien recibidos en los países europeos?”.

Nunca hacemos esto, tampoco podemos, porque supondría vaciar nuestros países y nuestras tierras de las comunidades cristianas que han vivido aquí durante miles de años. Por supuesto, entiendo su preocupación, es normal, no es algo fácil.

Estamos especialmente preocupados por los jóvenes e intentamos facilitarles el acceso a la educación básica y universitaria, pero el problema es que han empezado a perder las esperanzas en su futuro.

Celebré la Pascua con nuestra comunidad católica siria e iraquí, el sábado 26 de marzo, en la iglesia que estamos alquilando. Celebramos dos misas, una a las 6:00 pm y la otra a las 8:00 pm.

Sobre todo en la última misa, la iglesia estaba abarrotada y había gente en la calle y en la plaza, la mayoría de ellos eran familias jóvenes con niños. Y esto es lo que más nos preocupa: ¿cómo podemos ayudarles a que permanezcan con nosotros?

Entendemos que la Iglesia no puede invitar a la gente a abandonar sus países, pero muchas personas han sido forzadas a huir de sus hogares y se encuentran en campos de refugiados donde su vida es muy difícil. El Papa trajo con él a Roma a 12 musulmanes. ¿Pueden los patriarcas de Oriente no ejercer presión para permitir que se marchen los cristianos que aún son minoría en estos campos de refugiados?

Como usted sabe, la mayoría de los que han sido expulsados de sus tierras, de Irak por ejemplo, se han refugiado en Kurdistán y viven en tiendas de campañas, edificios abandonados o apartamentos alquilados de los que se encarga la Iglesia.

Así que aquellos que aún permanecen en su país nunca serán aceptados desde fuera, aunque intentamos ayudar a aquellos que están fuera de Irak, en Líbano o en Jordania.

Sin embargo, nunca pediríamos a las embajadas y consulados que les concedieran visados para salir del país porque daría una publicidad muy negativa y significaría que la Iglesia está alentando la emigración.

Hacemos todo lo que podemos, pero hay casos que son difíciles y trágicos.

Algunos sacerdotes han intentado ayudar a iraquíes a obtener visados de Chipre para ir a la República Checa.

Había cerca de cien personas, pero ahora tienen que regresar porque se sienten engañados: pensaron que la República Checa era como Alemania o los Países Bajos, etc., y ahora ven que el idioma y la vida son difíciles.

Pero estas son cuestiones de las que tienen que encargarse los obispos y los clérigos locales. Nosotros no podemos interferir y decir que tienen que hacer una cosa o la otra, porque ellos conocen la situación mucho mejor que nosotros.

¿No pueden ustedes, como patriarcas, ejercer presión para detener la guerra o pedir su fin?

Tenemos que ser pastores y proclamar la verdad con caridad y no deberíamos ser como los políticos que dicen que cristianos y musulmanes de Oriente Medio han convivido en absoluto respeto durante 1400 años.

No es cierto; de lo contrario, ¿cómo podríamos estar siendo testigos de la merma de fieles en las comunidades cristianas?

Incluso en Turquía, hace 100 años, había cientos de miles de cristianos, armenios y sirios. Ahora todo está vacío, así que, ¿por qué no decir la verdad?

La comunidad internacional tiene que pedir con firmeza a estos políticos o a estos países que no mezclen la religión y el Estado.

Después de la tragedia de encontrar el cuerpo sin vida de un niño en una playa turca, todos se han vuelto humanos y compasivos… pero ¿por qué no ha intervenido la comunidad internacional para decirle a Arabia Saudí: “Tenéis muchísimo espacio y muchísimo petróleo y dinero. ¿Por qué no dais cobijo a esta pobre gente que se está ahogando, la alojáis en pequeñas ciudades, la alimentáis, la mandáis a la escuela? Permitidles vivir con dignidad en vez de dejarles morir”? Es realmente difícil de entender…

Nuestra estrategia es decir la verdad a todo el mundo.

¿Tal vez la estrategia de Arabia Saudí no sea la de ayudar a estos musulmanes porque, después de todo, tienen otros intereses…?

Pero si ustedes son occidentales, sean sinceros en sus acciones, es lo que deberían decir. Y no que “puesto que hay petróleo, somos los mejores aliados” y hacer creer a todo el mundo que el sistema saudí de gobierno es mejor que el sirio.

Hay un senador de Virginia, EE.UU., Dick Black, que viajó a Siria en una visita de tres días. Estuvo en Damasco, Homs y Palmira y ser reunió con el presidente al-Assad y con el presidente del parlamento, y dijo: “Lo que ha pasado en Siria no es un movimiento originado desde dentro, sino algo dictado desde fuera”. Es el primer estadounidense electo que dice la verdad.

¿Por qué, en este siglo, han hecho venir tantos miles de mercenarios a este país? Normalmente, los combatientes son de países vecinos, como sucede en África y Asia. Pero en este caso, vienen de todas partes del mundo y esto es una prueba de esta política fraudulenta.

Confiamos en que el mensaje de este político estadounidense encuentre eco en su país y que siga hablando de esta injusticia: cientos de miles de personas muertas y heridas y millones de refugiados desterrados de sus hogares.

Verdaderamente es un gran crimen, y existen cómplices, no sólo aquellos que matan, sino también los que pagan, financian e incitan esta situación, y no son sinceros.

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