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Papa Francisco: Ser cristiano no es una cultura, sino unirse a Alguien

© Antoine Mekary / ALETEIA
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Regina Coeli 15 mayo 2016

Queridos hermanos y hermanas, buenos días

Hoy celebramos la gran fiesta de Pentecostés, que lleva a cumplimiento el Tiempo Pascual, cincuenta días después de la Resurrección de Cristo. La liturgia nos invita a abrir nuestra mente y nuestro corazón al don del Espíritu Santo, que Jesús prometió varias veces a sus discípulos, el primer y principal don que Él nos obtuvo con su Resurrección y Ascensión al Cielo. Este don, Jesús mismo lo imploró del Padre, como atestigua el Evangelio de hoy, que está ambientado en la Última Cena. Jesús dice a sus discípulos: “Si me amáis, observaréis mis mandamientos; y yo rezaré al Padre y Él os dará otro Paráclito para que permanezca con vosotros para siempre” (Jn 14,15-16).

Estas palabras nos recuerdan ante todo que el amor por una persona, y también por el Señor, se demuestra no con las palabras, sino con los hechos; y también “observar los mandamientos” se entiende en sentido existencial, de manera que toda la vida se ve implicada. De hecho, ser cristianos no significa principalmente pertenecer a una cierta cultura o adherirse a una cierta doctrina, sino más bien ligar la propia vida, en todos sus aspectos, a la persona de Jesús y, a través de Él, al Padre. Con este fin Jesús promete la efusión del Espíritu Santo a sus discípulos. Precisamente gracias al Espíritu Santo, Amor que une al Padre y al Hijo y procede de ellos, todos podemos vivir la misma vida de Jesús. El Espíritu, de hecho, nos lo enseña todo, es decir, lo único indispensable: amar como ama Dios.

Al prometer el Espíritu Santo, Jesús lo define “otro Paráclito” (v. 16), que significa Consolador, Abogado, Intercesor, es decir, Aquel que nos asiste, nos defiende, está a nuestro lado en el camino de la vida y en la lucha por el bien y contra el mal. Jesús dice “otro Paráclito” porque el primero es Él mismo, que se hizo carne precisamente para asumir sobre si nuestra condición humana y liberarla de la esclavitud del pecado.

Además, el Espíritu Santo ejerce una función de enseñanza y de memoria. Nos lo ha dicho Jesús: “El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre mandará en mi nombre, él os enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho” (v. 26). El Espíritu Santo no trae una enseñanza diversa, sino que hace viva y operante la de Jesús, para que el tiempo que pasa no lo borre o lo debilite. El Espíritu Santo pone esta enseñanza dentro de nuestro corazón, nos ayuda a interiorizarla, haciendola  ser parte de nosotros, carne de nuestra carne. Al mismo tiempo, prepara nuestro corazón para que sea  capaz de verdad de recibir las palabras y los ejemplos del Señor. Cada vez que la palabra de Jesús es acogida con alegría en nuestro corazón, esto es obra del Espíritu Santo.

Recemos ahora juntos el Regina Caeli – por última vez este año –, invocando la materna intercesión de la Virgen María. Que ella nos obtenga la gracia de ser fuertemente animados por el Espíritu Santo, par dar testimonio de Cristo con franqueza evangélica y abrirnos cada vez más a la plenitud de su amor.

 

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