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Papa Francisco: «Incluso en la situación más fea, Dios me espera»

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Audiencia general del 11 de mayo de 2016

Hoy queremos reflexionar sobre la parábola del Padre misericordioso. Esta habla de un padre y sus dos hijos, y nos introduce en la infinita misericordia de Dios.

Partimos de la final,  es decir de la alegría del corazón del Padre, que dice: «Hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado»(vv 23-24.). Con estas palabras el padre interrumpió su hijo menor cuando estaba confesando su culpabilidad: » Ya no merezco ser llamado hijo tuyo …» (v. 19). Pero esta expresión es insoportable para el corazón de su padre, que en su lugar se apresura a regresar al hijo los signos de su dignidad: el hermoso vestido, el anillo, los zapatos.

Jesús no describe un padre ofendido y resentido. Un padre que por ejemplo dice al hijo: ‘me la vas a pagar. ¡No, el Padre lo abraza, lo espera con amor!’.

Por el contrario, la única cosa que al padre le importa es que este hijo está delante de él sano y salvo. La acogida del hijo que regresa se describe con emoción: «Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y sintió compasión; corrió a echarse a su cuello y lo besó» (v. 20).

¡Cuánta ternura! Lo vio a lo lejos. ¿Qué significa esto? Significa que el padre controlaba siempre desde la terraza la llegada de su hijo, que había hecho de todo. Pero, el padre esperaba. Es hermosa la ternura del Padre.

La misericordia del padre es desbordante, sin condiciones, y se manifiesta incluso antes de que el hijo hable. Por supuesto, el hijo reconoce un error y lo reconoce: «He pecado …trátame como uno de tus jornaleros» (v. 19). Sin embargo, estas palabras se disuelven en frente del perdón del padre. El abrazo y el beso a su padre le hacen entender que siempre se le consideró hijo, a pesar de todo.

Es importante que esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de hijos de Dios es el fruto del amor del corazón del Padre; no depende de nuestros méritos o por nuestras acciones, y entonces nadie nos la puede quitar.

Y reiteró que ésta ‘dignidad de ser hijos del Padre es para siempre. “Nadie nos la puede quitar, ni siquiera el diablo. Nadie nos puede quitar esta dignidad”, dijo.

Estas palabras de Jesús nos anima a no desesperar jamás. Pienso en las madres y los padres aprensivos cuando ven que sus hijos salen y toman caminos peligrosos.

Pienso en los párrocos y los catequistas que a veces se preguntan si su trabajo era en vano. Pero también pienso en los que están en la cárcel, y siente que su vida ha terminado; en los que han tomado decisiones equivocadas y dejan de mirar hacia el futuro; en todos los que tienen hambre de misericordia y de perdón y creen que no lo merecen … En cualquier situación en la vida, no hay que olvidar que nunca dejaré de ser un hijo de Dios, hijo de un Padre que me ama y espera a mi regreso. Incluso en la situación más fea de la vida, Dios me espera, quiere abrazarme. Dios me espera…

Misericordia con los que se creen justos 

En la parábola hay otro hijo, el mayor; también él necesita descubrir la misericordia del Padre. Él siempre ha permanecido en casa, pero es tan diferente de su padre!

Sus palabras carecen de ternura: Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes…pero ahora que ha regresado es tu hijo» (vv 29-30.)’. Lo dice con desprecio. Nunca dice «padre», «hermano». Sólo piensa a sí mismo. Él presume que siempre ha estado con su padre y de servirle; sin embargo, nunca vivió con alegría esta cercanía. Y ahora acusa al padre de no haberle dado nunca un cabrito para hacer fiesta. ¡Pobre padre, un hijo se había ido, y el otro nunca le había estado cerca de verdad!

El sufrimiento del padre es como el sufrimiento de Dios, de Jesús, cuando nos alejamos o porque estamos cerca sin estarlo.

El hijo mayor tiene necesidad de la misericordia. Los justos. Estos que se creen justos tienen necesidad de misericordia. Este hijo nos representa cuando nos preguntamos si vale la pena luchar tanto, si no recibimos nada a cambio.

Jesús nos recuerda que en la casa del Padre no está para recibir una compensación, sino porque se tiene la dignidad de los hijos co-responsables. No se trata de ‘baratear’ con Dios, sino estar en los pasos de Jesús, que se entregó en la cruz sin medidas.

«Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero había que hacer fiesta y alegrarse» (v. 32). Así dice el padre al hijo mayor. ¡Su lógica es la de la misericordia! El hijo más joven pensó que merecía la pena debido a sus pecados, el hijo mayor que esperaba una recompensa por sus servicios. Los dos hermanos no se hablan entre sí, viven diferentes historias, pero piensan tanto de acuerdo a una lógica ajena a Jesús, si lo haces bien te dan un premio si lo haces mal te castigan. ¡Esta no es la lógica de Jesús! (dijo Francisco con vehemencia).

Esta lógica es subvertida por las palabras del padre: «Pero había que hacer fiesta y alegrarse, puesto que tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (v. 31).

¡El padre ha recuperado su hijo perdido, y ahora también lo puede devolver a su hermano! Sin que el hijo menor, incluyendo el hijo mayor deja de ser un «hermano». La mayor alegría para el padre es ver que sus hijos se reconozcan hermanos.

Los hijos pueden decidir si unirse a la felicidad del padre o rechazar. Ellos deben cuestionar sus propios deseos y la visión que tienen de la vida. La parábola termina dejando el final suspendido; no sabemos lo que decidió hacer el hijo mayor. Y esto es un estímulo para nosotros. Este Evangelio nos enseña que todos tenemos necesidad de entrar en la casa del Padre y participar de su alegría, a su fiesta de la misericordia y de la hermandad.

Hermanos y hermanas abramos nuestros corazones para ser «misericordiosos como el Padre». ¡Gracias!

Traducción del italiano: AWR

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