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Sufrí abuso sexual, la clave fue romper el silencio

Alessandra Celauro-CC
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Encontró apoyo en la comunidad eclesial donde participaba y en el que hoy es su marido

El pasado 22 de abril, en el Auditorio de la Rectoría de la Universidad Anáhuac del Sur, en Ciudad de México, se llevó a cabo el foro El abuso sexual en nuestro entorno escolar, social y eclesiástico, en el que se pudo escuchar el testimonio de Ana, una de las tantas víctimas de abuso sexual que, por miedo, han decidido guardar silencio por largo tiempo.

Ana describió al pleno la escena de una niña jugando, a quien de pronto alguien sujeta por detrás; ella puede gritar pero no lo hace; es maltratada por quien la somete, siente un mareo, falta de fuerza, y de pronto, desfallece.

Lo demás ocurre en el closet de un cuarto de su propia casa. Se trata de ella misma, quien ha sido abusada por sus tíos, unos gemelos de 10 años.

Ana explica que cuando ocurrió aquel lamentable suceso, aún no estaba siquiera en edad preescolar, y que el hecho de que dos personas de diez años abusaran de alguien de tres, era señal de que algo estaba ocurriendo al interior de la familia, una cadena de abusos, que, sin embargo, era difícil afirmar que existiera.

“Fui la primera en comentarlo a la familia y, en consecuencia, hoy soy la oveja negra”.

Señala que había crecido al lado de sus abuelos, en un ambiente de “matriarcado machista”, en el que la abuela pugnaba por la obediencia total a la figura masculina, mientras que ella había sido criada por una madre soltera.

En el hogar de los abuelos vivían todos, incluyendo los gemelos, hermanos de su mamá, quienes al abusar de ella sexualmente la convirtieron en una niña introvertida y miedosa, que sólo quería estar al lado de su mamá o de su abuela.

Ana cuenta que su vida escolar, por encima de ser una buena alumna, siempre estuvo cargada de miedo; hubo periodos en que ya no quería ir a la escuela por el temor que le producía estar separada de su madre o de su abuela.

Comenta que cuando su madre empezó a sospechar que algo raro estaba ocurriendo, la tomó por los hombros y le preguntó con mirada de enojo: “¿te hacen algo tus tíos?”.

Ella tuvo que mentir, ya que el gesto de irritación de su madre la hizo sentir que esa furia era por ella; en ese tiempo los abusos ya eran constantes y eso la avergonzaba.

Explica que los abusos sexuales contra ella pararon momentáneamente cuando tenía 12 años, ya que era regordeta y sus tíos tenían novia; pero lo que no pararon fueron los ataques verbales, que se volvieron en lo cotidiano, frases como “¡eres tonta!”, “¡eres fea!”, “¡no vas a llegar a ningún lado!”, sumadas a las de la abuela “¡te tienes que casar!” “¡tienes que obedecer al esposo!”.

En ese periodo creyó que los abusos ya habían terminado, pero la situación volvió cuando ella cumplió diecisiete años.

Cuenta que esta vez su reacción fue diferente; pensó quitarse la vida, pero en el fondo una pequeña parte de ella quería vivir; entonces decidió poner un alto total y denunciar, con lo que dio inicio otra etapa en el entorno familiar, con chantajes por parte de la abuela, lo que la llevó a buscar apoyo en la comunidad eclesial donde participaba.

Al tiempo conoció a Rodrigo, quien, de mejor amigo, pasó a ser su esposo y un gran apoyo, gracias a lo cual ella poco a poco ha ido superado las secuelas que en su vida dejó el hecho de sufrir abuso sexual.

Hoy, asegura que la clave de todo fue haber roto el silencio.

Artículo originalmente publicado por Desde la Fe

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