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Los apóstoles de la Virgen de Luján rumbo a los altares

Marko Vombergar
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Inician la causa de beatificación de su primer custodio, el “Negro Manuel”, y del sacerdote Jorge María Salvaire

La Iglesia en Argentina celebra a la Virgen de Luján, cuya fiesta litúrgica se trasladó a este lunes debido que en 2016 el 8 de mayo coincidió con la solemnidad de la Ascensión.

Y lo hace anunciando formalmente el inicio del proceso de beatificación de dos de los principales impulsores de la devoción a la Madre de Dios por estos pagos.

Se trata de Manuel, esclavo nacido en África quien cuidó la milagrosa imagen desde su llegada a Buenos Aires hasta su muerte, y del padre vicentino Jorge María Salvaire, impulsor de su devoción en el siglo XIX.

Por eso, ayer domingo se celebró en la catedral primada de la Argentina una Eucaristía presidida por el cardenal Mario Poli, arzobispo de Buenos Aires y primado del país, y concelebrada por Agustín Radrizzani, arzobispo de Mercedes-Luján.

“Estos dos hermanos en la fe, cuya beatificación proponemos, son hombres de verdaderas entrañas de misericordia. Por tal motivo sus figuras adquieren en esta Año Jubilar de la Misericordia una significación particular”, expresó el cardenal Poli, de formación historiador y quien ya en otras ocasiones repasó con precisión la vida de estos Apóstoles de la Virgen.

El “Negrito Manuel”

Nacido en África, probablemente en Cabo Verde o Angola, Manuel fue capturado en su continente y llevado a Pernambuco, Brasil, donde fue adquirido para realizar el viaje a Buenos Aires por el capitán Andrea Juan.

Este mismo capitán, embarcó ese año, en 1630, dos imágenes de la Virgen María para un estanciero amigo suyo que vivía en el norte del hoy territorio argentino.

Como al llegar a Buenos Aires tuvo problemas en la Aduana, y otro amigo suyo lo ayudó, le “regaló” a este último al esclavo Manuel, quien ya había sido bautizado.

En tierras que hoy pertenecerían al partido de Pilar, acontecieron los hechos que dieron origen a la devoción.

Dos bueyes arrastraban la carroza con las dos imágenes de la Madre de Dios que debían llegar a Sumampa, pero la carroza no avanzaba.

De entre los estupefactos testigos, se alzó la voz del esclavo Manuel, conocido cariñosamente como el “Negro Manuel”, quien sugirió bajar una de las cajas y probar si así avanzaba.

Esa imagen de la Virgen no quiso moverse de la orilla del Río Luján, y allí se quedó custodiada por el esclavo, quien a pedido del estanciero, le hizo una capilla y la cuidó con gran esmero durante 40 años en medio de la Pampa India.

La historia llegó a oídos de los vecinos y hasta a Buenos Aires. Comenzó así la devoción a quien hoy es la patrona de la Argentina.

Tras 40 años, la imagen fue trasladada a la Villa de Luján, y con ella fue Manuel, quien falleció con más de 90 años sirviendo a María, como lo hizo desde 1630.

Entrañables diálogos con los vecinos y con María perduran hasta hoy, y hablan de la fama de santidad de quien solía decir: “Yo soy de la Virgen, no más”.

El padre Salvaire

El otro apóstol de la Virgen de Luján cuya causa se inicia es el padre Jorge María Salvaire, vicentino nacido en Francia varios años después del fallecimiento del Negro Manuel.

Ordenado sacerdote, arribó a la Argentina hacia 1872, y entre sus primeros encargos asumió la difícil misión de ir a negociar la paz y la liberación de mujeres y niños con el cacique Namuncurá, tío del hoy beato Ceferino Namuncurá.

Con el padre de Ceferino, primo del entonces cacique, el padre Salvaire inició una entrañable amistad que le salvó la vida.

Sin embargo, antes de la intervención del primo del cacique, el padre Salvaire fue mal herido y se encomendó a la Virgen de Luján. A Ella, le prometió tres cosas: un templo, difundir su devoción, y escribir su historia.

Cumplió con las tres, y es el responsable de la magnífica basílica que hoy alberga a la patrona de los argentinos, y del detallado relato histórico que seguramente servirá para exponer la causa del otro apóstol, el Negro Manuel.

“Tanto el Negro Manuel como el padre Salvaire fueron manifestación viva del tierno amor a la Virgen de Luján, devorados de un santo celo para procurar su mayor gloria; y sembradores de las obras de misericordia proclamadas por Jesús, como camino seguro para alcanzar el cielo”, expresó monseñor Radrizzani en una carta en la que anuncia este proceso de beatificación.

Si bien se trata de un camino de varios años, la fama de santidad que pese al paso del tiempo ambos conservan y la perenne filiación de los argentinos a Nuestra Señora de Luján, de la que son pilares, son motivos para pensar que este proceso pueda completarse.

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