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¡Dios vive en ti!

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/05/16

La fiesta de la Ascensión habla de la ausencia de Jesús y de su verdadera presencia

Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión. Jesús aparece y desaparece pero siempre vuelve durante esos cuarenta días. Está con ellos como uno más. Como si se fuera a quedar para siempre. Come con ellos. Habla de tantas cosas.

Viene y desaparece. Sienten ellos el dolor cuando desaparece pero confían en su vuelta. Siempre vuelve. Hasta el día que hoy celebramos. En la Ascensión ya desaparece para no volver. Asciende al cielo.

Y entonces la nostalgia de infinito que hay en el corazón brota con fuerza cuando se aleja delante de sus ojos: Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: – Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse”.

La tristeza de la ausencia los embarga. Ahora saben que no volverá a estar con ellos de la misma forma. Tienen miedo. Miran desconcertados. Y ahora, ¿qué va a pasar?

El corazón busca, sueña, desea la plenitud en la tierra. Sueña con una eternidad que no posee. Lo quiere ya, ahora mismo.

Esa mirada fija en el cielo es expresión de la pena. Jesús ya no va a estar caminando con ellos, no va a dormir a su lado, ni a comer con ellos. Ya no van a poder abrazarlo cada noche. No habrá más risas, ni más lágrimas. Ya no van a pescar ni a navegar por ese mar de su infancia. Ya no subirán al monte a orar con Él por la noche.

¡Qué miedo da pensar que se quedan solos! Ese es su mayor miedo, quedarse solos. Jesús ve esa pregunta en el corazón de sus apóstoles. Ellos piensan que ya no van a poder vivir sin Él. Nada volverá a ser igual.

Pero los ángeles les confortan. Jesús volverá. Y como ya les dijo, hará morada en su corazón. Vivirá dentro de ellos. En ese mundo interior que tantas veces desconocían. En lo más hondo de su alma.

Es la misma promesa que hoy nos hace a nosotros. Jesús vivirá en mi interior. Vive dentro de mí, allí donde yo soy más yo mismo. Vivirá en mi fragilidad y en mi grandeza. Vivirá y estará conmigo para siempre.

Y me recordará sus palabras, me sostendrá en mis miedos, en mi dolor, en mi alegría. Será mi fuerza cuando desfallezca.

Y cada día, además, podré recibirlo de nuevo en la eucaristía. Le hablaré como antes, más que antes, porque ya no habrá límites. Mi amor, que ahora es impotente y limitado, será infinito en el amor de Jesús en mí.

Pienso en cómo es el corazón de Jesús. En su ternura, en su compasión. Ese corazón roto, herido. Ese corazón desgastado hasta el final. Jesús se quedará conmigo y ya nunca se irá.

Me gusta pensar que Dios pasea por mi jardín interior conmigo, por mi mar. Que quiere venir a vivir conmigo, a cenar conmigo, que toca la puerta de mi alma.

Es un misterio impresionante que Dios pusiese su morada en la tierra. Ahora comienza otro misterio: Dios hace morada en cada uno. Pisa mi tierra sagrada.

¡Cuántas veces busco fuera de mí a Dios! Lo busco en cosas extraordinarias, en experiencias fuertes. Y me olvido de lo más importante, Jesús, sobre todo, está dentro de mí, en mi vida, en mi corazón.

La fiesta de hoy me habla de su ausencia y de su verdadera presencia. De la pérdida y del reencuentro. De la soledad y de la compañía de su amor. Los apóstoles habían sido amados por Jesús en su vida terrena. Ahora iban a seguir tocando ese amor de forma diferente.

Hoy pienso en los momentos en los que he notado la ausencia o el dolor. Momentos de pérdida en los que he tocado esa ausencia desgarradora. Ese vacío. Esa soledad.

El otro día leí un poema. El título decía No quiero que te vayas. Me recuerda a una persona querida que decía siempre: “No te vayas”. Y quería que me quedara con él, acompañándolo en su soledad.

Hoy pienso en la Ascensión. Y le digo: No te vayas, Jesús. Quiero tocarte y dormir a tu lado. No quiero volver a sentir tu ausencia.

Pienso que en mi vida tantas veces es así. Hay una palabra que me toca siempre el corazón. Una palabra de Dios hacia mí, hacia cada uno: “Ven”. Quiero ir con Él. Vivir con Él. Como sintieron los apóstoles la primera vez que vieron a Jesús: “Ven conmigo. Vive conmigo”.

Él me ha cambiado la vida. Vivir con Él me ha enseñado a amar y ha dado sentido a mis búsquedas de siempre. A mis preguntas. A mi fragilidad que ante Él no tengo que esconder.

Y hoy, en la Ascensión, tengo nostalgia de ese “Ven conmigo”. Quiero estar con Él. Tengo miedo de que se vaya y no poder volver a lo cotidiano que antes estaba teñido de sus manos, de su sonrisa, de sus ojos.

Eso es lo que pienso que sentían los apóstoles en esos días de Pascua. Viven el momento, confían en esa promesa de Jesús de que volverá, de que su Espíritu hará morada en ellos. Les susurrará lo que deben hacer, los sostendrá, será su aliento, su roca.

Pero el corazón duele al separarse. Se amontonan los recuerdos. Y pienso, que al mirarlo, siempre pensarían: “¿Volverá Jesús?”.

Subió al cielo delante de ellos. Es un desgarro. Empieza ese tiempo del misterio. Jesús los mirará con ojos humanos desde el cielo. Con sus manos heridas volverá a acariciarlos y con sus brazos de carne volverá a abrazarlos. Y nunca se separará de ellos.

Creo que es la promesa que todos necesitamos oír en el alma: “Nunca te voy a dejar. Volveré. Estaré a tu lado todos los días”.

Jesús sabe la pena y las preguntas que hay en cada uno. Como siempre, mira su corazón, acoge lo que sienten, y sabe cuánto necesitan esa promesa. Necesitan oír no sólo que volverá, sino que será más bonito todavía vivir juntos para siempre.

Empieza el tiempo del alma, del misterio, de la vida honda en el corazón de cada uno donde Dios lo llena todo. Lo sostiene todo. Lo renueva todo. Todavía son torpes. Como nosotros. Y sólo sienten que sin Jesús no van a poder.

Yo también pensaría eso, la verdad. A veces, cuando siento su ausencia. Por el dolor. Por mi sequedad. Por la rutina. Por la oscuridad. Por la lejanía. Entonces tengo nostalgia. Comprendo a los discípulos de Emaús que estaban perdidos.

Otras veces, cuando me siento cerca de Dios, en el tabor, y arde mi corazón, me da miedo que se vaya.

Y es verdad que la vida es así. Llega. Lo veo. Lo toco. Y mi corazón de nuevo se olvida, se aleja, pero anhela volver a sentir lo mismo. Volver a vivir con Dios. Creo que sólo así merece la pena la vida. Sólo estar con Él me hace capaz de amar más allá de mí mismo.

La poesía de Pedro Salinas que leí el otro día, pensaba que hablaba de la ausencia de alguien. No te vayas. Pero luego me impresionó leerla: “No quiero que te vayas dolor, última forma de amar. Me estoy sintiendo vivir cuando me dueles no en ti, ni aquí, más lejos: en la tierra, en el año de donde vienes tú, en el amor con ella y todo lo que fue. (…) Tu verdad me asegura que nada fue mentira. Y mientras yo te sienta, tú me serás, dolor, la prueba de otra vida en que no me dolías. La gran prueba, a lo lejos, de que existió, que existe, de que me quiso, sí, de que aún la estoy queriendo”.

Siempre he pensado eso. El dolor de la ausencia es parte del amor. Hace verdadero el tiempo de la presencia.

La nostalgia de Dios, la esperanza, el dolor cuando no lo veo caminando a mi lado, me hace guardar muy dentro esos momentos en los que lo sentí tan cerca. Y me hace creer en que volverá.

Vivir con toda el alma es la única manera de vivir. Como vivió Jesús. Se dejó el corazón en el camino, vivió un trozo de cielo en la tierra con cada persona con la que se encontró. Ahora le cuesta irse. Dejarlos. Vuelve a su Padre.

Cuando llegó a la tierra sólo estaban María y José. Fue en silencio. Una noche que nadie contó. Ahora son sus amigos los que lo miran. Jesús, como siempre, los bendice, los mira, abre sus brazos, los quiere tanto...

La Ascensión nos habla también de alegría. Jesús asciende en cuerpo y alma y el corazón se alegra. Nos abre el camino al cielo: Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”.

Jesús cambia el dolor en agradecimiento. Siempre lo hace, no sé cómo lo hace, pero lo cambia. Cambia la tristeza en alegría como nos dice el evangelio hoy. Me impresiona mucho.

Van todos al templo a alabar a Dios por tanto recibido, por Jesús, por su amor, por su vida con Él. Han cambiado el “No te vayas” por: “Ven de nuevo”. Y esta vez, quizás, sí creen, porque se han sentido amados como nadie.

Desde Betania les muestra el cielo. Desde Betania los deja y les muestra la plenitud a la que están llamados. Se llenan de alegría. Perseveran en oración. Esperan conmovidos.

Betania nos habla de encuentros y de un amor cálido en torno a la mesa. Nos habla de Lázaro, Marta y María. Nos habla de horas de amor humano, de paz, de descanso. El corazón necesita tener lugares en los que descansar, personas en las que dejar los miedos.

En Betania se despiden de Jesús. Allí donde habían compartido juntos la vida. Ahora el corazón se llena de recuerdos y anhelos. Pero al mismo tiempo hay una profunda alegría. Jesús les viene a decir que no teman. Que el camino es claro. Que un día seguirán sus pasos y que Él estará allí esperándolos en ese lugar donde hay espacio para todos.

Esa confianza da alegría a sus discípulos. Y nos da alegría a nosotros. Por eso la fiesta de hoy no es una fiesta triste, es una fiesta alegre.

Cuando miramos con la mirada de Dios somos capaces de descubrir en el barro un motivo para seguir creyendo, para seguir confiando y para vivir con alegría.

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