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Tu cansancio es precioso

Carlos Padilla Esteban - publicado el 06/05/16

Este Cristo roto me recuerda que el sentido de la vida es romperse

Tengo en mi cuarto un Cristo que no tiene brazos. No sé qué pasó con sus brazos. Sólo sé que mira hacia abajo con los ojos cerrados. Me mira. Es como si me pidiera estar a su lado. Permanecer a su vera y sujetar con mis brazos su vida ya cansada.

No tengo la cruz sobre la que fue crucificado. Sólo conservo su cuerpo frágil, cansado, herido. Su cuerpo quebrado como el mío. Yo me siento débil, frágil. Inmaduro en mis anhelos y mis sueños. Su rostro me invita hoy a decirle que sí. A decirle que quiero arriesgar mi vida sin miedo.

Él no tiene brazos. Y sé que necesita mis brazos. Es mi Cristo roto. A mí me gustan las cosas que no se rompen, las que están perfectas, no gastadas, sin heridas, sin roces. No lo sé. Lo miro a Él roto y pienso que Dios se hizo hombre roto, herido. Hombre imperfecto. Hombre sin fuerzas, desgastado.

No le quebraron ningún hueso. Sólo le clavaron una lanza. Lo veo cansado y roto. Lo ha entregado todo. Desde siempre me conmovió pensar en Cristo roto. Pienso en Él a mi lado.

No me gustan esos Cristos resucitados. O en plena ascensión al cielo rodeados de ángeles. No me gustan las nubes a sus pies, ni la aureola que marca una distancia. No me gusta verlo lejos, demasiado lejos de mí.

Me gusta pensar en un Jesús roto, herido, gastado. Me gusta su rostro frágil. Con sed, con hambre de un amor verdadero. Me gusta pensar que me necesita, que no le basta con ser un Dios todopoderoso para ser pleno.

Necesita mi impotencia. Mis brazos torpes. Necesita caminar en mis pies y hablar en mis labios. Necesita mirar con mis ojos y amar con mi alma, con mi cuerpo, con mi vida.

Pienso en ese Cristo roto que ya no me puede abrazar porque no tiene brazos. Y a mí me gusta pensar que Jesús me abraza siempre en el camino. Su abrazo me da paz, me contiene. El abrazo de Dios que me dice que valgo, que le importo, que mi vida merece la pena.

Cuando estoy cansado miro a mi Cristo roto. Parece también cansado. No parece muerto, parece dormido. Pero cansado. Lo miro a Él y pienso que mi cansancio es poco. Que puedo caminar más, que puedo dar aún más en mi vida. Que tengo fuerzas.

Recuerdo lo que contaba santa Teresa: “Acuérdome que me contó un religioso que había determinado que ninguna cosa le mandase el prelado que dijese de no, por trabajo que le diese; y un día estaba hecho pedazos de trabajar, y ya tarde, que no se podía tener, e iba a descansar sentándose un poco, y topole el prelado y díjole que tomase el azadón y fuese a cavar a la huerta. El calló, aunque bien afligido, tomó su azadón, y yendo a entrar por un tránsito que había en la huerta, se le apareció nuestro Señor con la cruz a cuestas, tan cansado y fatigado, que le dio bien a entender que no era nada el que él tenía en aquella comparación.

Le miro a Él cansado junto a mí. Le miro sin brazos, fatigado. Y pienso que no tengo motivos para estar cansado. Porque Él lo ha dado todo por mí. Y le entrego mi cansancio, mi fatiga, mi debilidad.

Y recuerdo las palabras del papa Francisco a los sacerdotes el jueves santo: Cuando sentimos el peso del trabajo pastoral, nos puede venir la tentación de descansar de cualquier manera, como si el descanso no fuera una cosa de Dios. No caigamos en esta tentación. Nuestra fatiga es preciosa a los ojos de Jesús, que nos acoge y nos pone de pie: – Venid a mí cuando estéis cansados y agobiados, que Yo los aliviaré» (Mt 11,28).

Mi fatiga es preciosa, es de Dios. Quiero entregarle mi desvalimiento, mi agotamiento. Veo a mi Jesús roto y pienso en mi corazón roto.

Yo también tengo las heridas de la lanza, del desprecio, de mi pecado. Yo también llevo la debilidad y el dolor por no haberlo hecho todo bien. A veces lo pretendo. Yo también he amado y me he gastado. A veces torpemente. A veces de forma muy frágil.

Noto el peso de la vida. Y quiero mirar de nuevo a mi Cristo roto. Él me mira, lo sé. Y me dice que no tema. Que Él está roto para recordarme que el sentido de la vida es romperse. Que de nada sirve guardar la vida entera, inquebrantable. Que amar a medias no es amar y dar la vida con cuentagotas no es dar la vida.

Lo miro sin brazos y pienso que mis capacidades humanas son limitadas. Y que con el paso del tiempo serán aún más limitadas. Pero no importa.

Tanta fatiga por conservar la salud perfecta, el peso perfecto, la dieta perfecta. Y al final todo es nada y nos sobra. Porque de nada sirve que me cuide tanto si no me entrego.

Y miro a mi Cristo roto, llagado, herido, cansado. Lo miro como un niño. Sorprendido y quiero abrazarlo sin brazos. Y pensar que me abraza Él a mí sin sus brazos. Y descanso en su pecho roto. Acariciando su rostro tan herido. Y me quedo a su lado. Mirándolo. Él mirándome. El tiempo que haga falta. A ver si se me pega algo de su vida.

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