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Esa duda sobre Dios que te paraliza

Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/05/16

Le digo que sí, pero en cuanto la enfermedad golpea mi carne quiero un milagro: me falta fe

Sé que si confío más en Dios no tendré tantos miedos metidos en el corazón. Sé que Jesús no quiere que tiemble mi corazón ante las adversidades de la vida: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde».

No quiere que me acobarde. Pero yo muchas veces tengo miedo y me acobardo. Dejo de hacer cosas por miedo. Dudo, me detengo. Quiero seguir creyendo, pero dudo.

Siento que a veces tiembla mi corazón ante las dificultades. Tiembla y se acobarda. No confío en ese amor infinito que me sostiene.

Tal vez es porque quiero controlar la vida y no lo consigo. Digo que sí a Dios, pero en cuanto la enfermedad golpea mi carne quiero un milagro, deseo un cambio de rumbo, un nuevo camino, una solución que me dé una paz nueva.

Y le pido a Dios milagros. No le pido fuerza para llevar la enfermedad. No le pido paz en medio del sufrimiento. Le pido que me quite la cruz, que aleje el sufrimiento, que acabe con mi dolor.

Sí, me falta fe. Quiero pedirle que viva conmigo mi cruz, que permanezca dándome la mano en medio de mi dolor. Pronunciando palabras de amor para que sepa sostener el cáliz que he de beber. Me falta fe.

El otro día leía: «Creemos que dependemos de Dios, que su voluntad nos sostiene en cada instante de nuestra vida. Pero nos da miedo comprobarlo. En lo más hondo de cada uno de nosotros queda una pequeña duda persistente, un pequeño nudo de temor al que nos negamos a enfrentarnos o que no reconocemos ni siquiera ante nosotros mismos, y que nos dice: – ¿Y si no es así? Nos da miedo abandonarnos totalmente en las manos de Dios por temor a que no nos sujete cuando caigamos»[1].

Quiero tener esa fe que me permita seguir creyendo cuando aparentemente todo esté perdido. Que me permita soltarme en manos de mi Padre y confiar de verdad en su amor.

No quiero que se pierda mi fe en mitad de mi camino. Quiero ser capaz de amarle siempre, también cuando no note su mano suave sobre mi vida. Pero me falta la fuerza.

Quiero confiar en todo momento. También cuando parezca que caigo y no hay nadie esperándome al final de mi caída. No quiero temblar ante las dificultades de la vida. Cuando no salga todo como yo quiero.

Decía el padre José Kentenich: «Oh, mi Dios y Señor, despréndeme de mí mismo y hazme enteramente tuyo. He aquí la cima de la sencillez. Si nos animásemos a orar de una manera similar, habría entonces que estar dispuestos a asumir lo que venga con mucha seriedad. Seamos veraces en la oración, aun cuando nuestro pobre corazón tiemble de miedo»[2].

Quiero ser fiel a la palabra dada y repetir esa oración sencilla. Que me desprenda de mí mismo. Que mi palabra dada valga siempre. Que no se lleve el viento mis buenas intenciones. Quiero permanecer a su lado aun cuando otros se alejen de su amor.

Que su Espíritu me recuerde cada día todo lo que Jesús me dice, cuánto me quiere, cómo me acompaña siempre. Me recuerde la plenitud a la que estoy llamado. Que Jesús camine a mi lado. Abrazándome despacio.


[1]
J. Kentenich, Niños ante Dios

[2] Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros

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