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Los 3 secretos para lidiar con las personas envidiosas

© Florencia Cárcamo
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El peor daño que los envidiosos pueden causarnos es llenarnos de miedo y rencor

Dios ciertamente quiere que reposemos y descansemos en Él. Espera que confiemos en Él, para que así nos pueda sostener en los brazos.

Podemos confiar al poder de Dios todo lo que nos preocupa, todo lo que no queremos que sea perjudicando por los envidiosos: nuestros planes, salud, familia, empleo. La envidia lleva a sentir tristeza frente a la felicidad o el éxito de otros.

Es importante pedir al Señor que nos proteja de la envidia. El peor daño que los envidiosos pueden causarnos es llenarnos de miedo y rencor.

Si no tuviéramos miedo y no estuviéramos tan preocupados con los envidiosos, nos sentiríamos más fuertes y podríamos defendernos de estas circunstancias sin sufrir tanto. El temor nos debilita y molesta, llegando nos llega a enfermar.

Los 3 secretos para resistir a la envidia de los demás

Mientras crecemos y construimos nuestra felicidad, también empiezan a surgir las fuerzas del mal. Para poder estar en paz y descansar en Dios, es necesario que nos liberemos de lo que nos quita la confianza.

¿Cómo, entonces, defendernos de la envidia para que la confianza no quede perjudicada? Según Víctor Manuel Fernández (autor del libro Para liberarte de los miedos), necesitamos dar tres pasos: perdonar, alabar y bendecir.

Perdonar

Lo primero que hay que hacer es perdonar, porque si alimentamos el rencor y deseamos mal a los envidiosos, eso complica las cosas y genera una espiral de violencia. La Palabra de Dios nos pide que no nos alimentemos con este veneno.

Es importante buscar, en la medida de lo posible, y en lo que dependa de nosotros, vivir en paz con todos.

Si buscamos entender la debilidad del otro, si buscamos pedir todos los días al Señor la gracia de perdonar, y entregamos nuestro dolor a Dios, el perdón terminará desatando nuestros nudos de la convivencia.

Es importante, a la hora de perdonar a alguien, saber cuántas veces Dios me ha perdonado por las muchas personas a quien perjudiqué y que también eran hijos suyos.

También puedo recordar las faltas de perdón que producen en mí mucha angustia, y que pueden enfermarme. Descansar y reposar en Dios sólo es posible cuando nos liberamos de esos sentimientos con la gracia de Dios.

Es importante intentar comprender que aquel que me envidia vive cosas muy dolorosas y, por eso, hace de mí un chivo expiatorio. Pide a Dios que le dé la posibilidad de ir más allá, mirar un poco más alto, perdonar y engrandecer su alma.

Alabar

La alabanza es una oración maravillosa, que eleva el corazón a Dios y nos libra de la angustia interior, de la tristeza, de las amenazas y los temores. Podemos alabar a Dios en medio a las tempestades de la vida.

Pero también podemos alabar a Dios por algo bello que Él haya hecho a esa persona que nos está perjudicando. Es un intento de ver el lado bueno de la otra persona. Es un salir de la tempestad y volar por encima, partiendo de la oración y de la alabanza.

La alabanza produce en el corazón un gran efecto de liberación. Él nos ayuda a debilitar nuestra angustia y temor, nos vuelve fuertes para que los demás no puedan debilitarnos con su mala actitud.

Cuando alabamos a Dios, estamos más protegidos que nunca de los celos y la envidia.

La alabanza tiene un poder misterioso para desarmar a los maliciosos e impedir que sus deseos envidiosos se cumplan. Por eso, vale la pena alabar a Dios, hasta que surja la alegría de alabar en lo más profundo de nuestro corazón.

Bendecir

Bendecir a una persona que nos trata mal, que nos envidia o perjudica es desearle el bien, pedir al Señor que derrame sus bendiciones sobre ella; y, si el Señor bendice a esa persona, ella no necesitará envidiarnos más.

Cuando odiamos, alimentamos el fuego de la violencia y terminamos cada día más perjudicados. Cuando bendecimos a alguien, estamos deseando que la persona resuelva la dificultad de su corazón, que cure sus tristezas.

Si el Señor la bendice y le da alegría interior, la santidad, el amor verdadero, entonces surgirán todas las gracias que Dios había reservado para la persona.

El gran testimonio del cristiano es el martirio, amar a los que no nos aman, bendecir a los que nos maldicen, amar a todos como el Padre, que hace salir el sol sobre justos e injustos. Somos hijos de Dios y eso supone la invitación y el llamado a ser como Él.

A veces, no entendemos que estas situaciones de envidia están presentes en nuestro interior; otras veces, se manifiestan externamente. ¡Permanezcamos tranquilos en Dios, perdonando, alabando y bendiciendo!

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