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Trabajo y paz: ¿hasta qué punto están relacionados?

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La democracia se mejora y fortalece con el empleo de calidad

“Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado” (Gn 3, 19). El trabajo como castigo y consecuencia de la falta original… así lo presenta el libro del Génesis.

Paradójicamente, a través de los siglos llegamos a nuestros tiempos más recientes y el trabajo es presentado como una bendición que dignifica al hombre y, para los creyentes, los hace partícipes de la obra creadora del Padre…

Hoy, el empleo es el primer objetivo básico de la sociedad. Es el primer criterio de y para definir las políticas públicas… O al menos debiera serlo.

Esta afirmación, que puede resultar un tanto fundamentalista, resulta más que evidente si analizamos la vida cotidiana en cualquier sociedad, cualquiera sea su estadio cultural o la etapa de desarrollo económico en la que se encuentre.

La búsqueda y producción de bienes para la subsistencia fue la primera actividad de los grupos humanos. De ello dependía su sustento.

En el esfuerzo por marcar las diferencias entre el trabajo como tal –siempre hubo “trabajo”– y el “empleo”, se considera este último como una relación social que ha evolucionado desde la esclavitud hasta las condiciones que hoy lo regulan, y que en la mayoría de los casos se obtuvieron con luchas y largos procesos, no exentos de tragedias y situaciones, que hoy se olvidan con alguna facilidad por parte de quienes las disfrutan sin haber luchado por ellas.

El signo que consolida esta relación es el “asalariamiento”. En el Estado moderno el empleo origina el surgimiento de las “Instituciones sociales”. Su desarrollo y actuación dan forma al “Estado de Bienestar”, casi una mala palabra para algunas concepciones tan dogmáticas como sus opuestas.

El empleo y su calidad no pueden prescindir de situaciones propias del ser humano: envejecer, casarse, enfermarse, tener hijos, descansar, etcétera.

Estas situaciones dan razón de ser a instituciones sociales que se incorporan naturalmente como derechos (asignaciones familiares, licencia por embarazo, por enfermedad, jubilación, seguro de desempleo) y como algo connatural al empleo, y se constituyen en una relación social integradora.

La existencia del trabajo es motivo de construcciones sociales solidarias a través de los sindicatos y otras asociaciones civiles cuyo objetivo es generar las normas más adecuadas para su regulación justa y equilibrada.

Aquí aparece el fundamental rol del sindicalismo. Desde ahí se genera la presión y la fuerza para que estas instituciones existan.

Quienes critican a los coyunturales dirigentes o a mecanismos que quitan trasparencia a la democracia sindical, en algunos casos atacan a estas instituciones sociales por lo que representan en sí mismas.

Es cierto que la ambición, la avaricia, el odio, muchas veces han transformado el trabajo/empleo en una actividad denigrante e inhumana.

Aun hoy existe el trabajo esclavo, el trabajo infantil, el trabajo en condiciones insalubres, mal retribuido y la discriminación entre el trabajo masculino y femenino.

Sin embargo, y como en tantos otros temas, conviven avances fundamentales en la calidad del trabajo junto a las situaciones arriba mencionadas.

Una mirada reflexiva sobre la naturaleza y función del trabajo en nuestra sociedad lo reconoce, en lo social, como el gran organizador de la vida familiar; en lo económico, como el engranaje primero y fundamental de la economía, la base del mercado interno y externo; en lo cultural, como inspirador de hábitos saludables y relaciones con el entorno natural y social.

En situaciones de crisis económicas algunas doctrinas en boga ven al trabajo como una variable de ajuste.

Su reducción permite “enfriar la economía”; la reducción de los salarios, como una medida “dolorosa pero necesaria”, hasta tanto el mercado de trabajo nuevamente se recupere como una consecuencia del derrame del bienestar que “naturalmente” las siempre sabias y presentes leyes del mercado producirán. Fantasía que aunque parezca mentira sigue teniendo adeptos.

No se puede desconocer que frente a determinadas crisis, el Estado interviene como el “gran empleador” con el objetivo de sostener el mercado interno.

Pero esto puede generar distorsiones, ya sea en la calidad del empleo que genera (precarizado) y en la efectiva productividad de quienes acceden por este método a un trabajo.

Tampoco se descarta la direccionalidad por afinidad política de quienes se benefician con un salario que proviene de las arcas públicas.

Dicho esto, es igualmente abusiva y desgraciada la política de quienes para corregir estas distorsiones terminan poniendo a todos en la misma bolsa.

Es una burda manera de ocultar la verdadera finalidad que, más que corregir algún exceso, persigue el desguace del Estado y una brutal mercantilización del trabajo.

Mientras esto sucede y la desocupación lleva la zozobra y la angustia a miles de hogares, los estudios de medicina laboral constatan cómo crecen las patologías más diversas y destructivas de la dignidad del ser humano, cómo afecta a la cohesión familiar, cómo destruye la autoestima de quienes se ven privados de desempeñar una actividad que les reconozca su papel como protagonistas necesarios en la construcción de la sociedad de la que son parte.

Más aún si se los descalifica con términos ofensivos, y en la mayoría de los casos, injustos.

Además, la experiencia muestra la perversión que genera la desocupación en tanto se convierte en una clara estrategia extorsiva para devaluar los salarios y las condiciones laborales.

¿Quién va a exigir mejores salarios o mejores condiciones laborales cuando por cada desocupado que espera trabajo, hay una fila dispuesta a aceptar lo que sea con tal de poder llevar algo a casa?

Esto se agrava mucho más en el caso de los mayores próximos a la jubilación y en el de los jóvenes que no ven futuro y, por tanto, tampoco sentido para el esfuerzo y el sacrificio que implica el estudio y la capacitación.

Inclusive la actividad económica en ocasiones pierde mano de obra calificada que con su experiencia y experticia, al verse expulsada de sus lugares de trabajo, priva al mundo laboral de la necesaria transferencia de saberes y de prácticas, difíciles de recuperar.

La calidad de la democracia se mejora y fortalece con el trabajo/empleo de calidad.

Imaginar la paz como bien social –que lo es– jamás se podrá lograr si no se toman en cuenta estos criterios, más que en los discursos electorales, en las prácticas políticas concretas.


Artículo originalmente publicado por Ciudad Nueva

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