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Muchas religiones, una verdad: ¿cómo discernir?

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Louis Charles - publicado el 26/04/16

La múltiple oferta religiosa en el mercado mundial deja perplejos a los indecisos

Hay quien concluye que todas las religiones son válidas en su peligrosa pretensión de monopolizar la verdad, que todas son igualmente propensas a la intolerancia y a un carácter dañino, por lo que sería mejor adoptar como principio igualitario una actitud hostil con respecto a ellas.

Los más coherentes de entre los que así opinan juzgan necesario luchar política e ideológicamente  contra su influencia con la misma determinación intransigente que cuando se lleva a cabo una campaña de desratización. Son los herederos de la Ilustración.

Su certidumbre es a la vez completamente demente y radicalmente falsa.

Es demente puesto que es una suposición literalmente delirante resolver unilateralmente que de ninguna experiencia espiritual acumulada por la humanidad desde su aparición se pueda aprender nada.

Es radicalmente falso porque sus presuposiciones son falsas: no es cierto que todas las religiones reivindiquen el monopolio de la verdad ni que las garantías que aporten sean equivalentes. Una tipología de las religiones, por somera que sea, es suficiente para demostrarlo.

La mayoría de las religiones no pretende desvelar la verdad

El hinduismo, una religión cuyos mitos fundadores se pierden en la noche de los tiempos, no aspira a garantizar la exclusividad de la verdad. Transmitidos de generación en generación, sus relatos fundadores no se colocan bajo la tutela de ninguna autoridad reconocida. Ello no impide que algunos hindúes, como personas cualquier otra religión, persigan a aquellos que no comparten sus creencias (cristianos y musulmanes).

El budismo, el confucianismo y el taoísmo son sobre todo expresiones de sabiduría de la vida fundadas por grandes maestros sabios (Buda, Confucio y Lao-Tse) y no son, estrictamente hablando, religiones en el sentido que entendemos. No pretenden revelar la verdad, sino constituir un estilo de vida destinado a tener éxito en la existencia aquí abajo. No nos informan sobre el sentido de nuestra vida terrenal ni sobre nuestra eventual vida después de la muerte.

Las religiones animistas –en particular aquellas que incluyen sacrificios humanos, como en el caso del culto rendido por los cartagineses al dios Baal o el de los aztecas al dios sol– tienen como objetivo mantener una armonía cósmica siempre precaria, conseguir la paz social con las fuerzas oscuras y malignas del universo manteniéndolas a distancia. No se preocupan de certificar su origen divino ni de responder a una búsqueda de sentido vital. La cuestión de la verdad no les preocupa.

Algunas religiones son lo que llamaríamos “religiones laicas”, que deifican el sistema político… y refuerzan la autoridad de los dirigentes: era el caso de los imperios inca, egipcio y romano, y sigue siendo el caso del sintoísmo en Japón. Y en este sentido también se corresponden de la misma forma con las “religiones ateas”, como el nazismo o el comunismo, que florecieron durante el siglo XX. La verdad tampoco es su preocupación. Su afán es más prosaico: el mantenimiento de la cohesión social y el fortalecimiento de la legitimidad del poder establecido.

Las religiones sincréticas (New Age y sectas) son el producto de un enfoque comercial con vistas a ofrecer al público un nuevo producto que se adapte a sus expectativas. No son el resultado de una búsqueda de la verdad.

Sólo las religiones reveladas (judaísmo, cristianismo, islam, mormonismo) pretenden revelar y transmitir una verdad de la cual no son inventoras.

El origen divino de su contenido, que todas ellas reivindican, es la garantía de la autenticidad del mensaje y todas se presentan como mensajeras fieles que no han añadido ni suprimido nada de la divina verdad original.

Los herederos de la Ilustración se confunden y, por ello, confunden a su mundo al afirmar que todas las religiones aspiran a la exclusividad de la verdad: simplemente no es cierto. La cuestión de la verdad es central únicamente para las religiones reveladas y son un número reducido.

Para estas religiones y sólo para ellas se plantea la cuestión de la autenticidad de su origen divino. Pero no quiere decir que la cuestión sea irresoluble.

De hecho, podemos aplicar a esta revelación la metodología que utilizan en su día a día periodistas, historiadores, servicios de investigación de la policía y servicios de inteligencia: la verificación de las fuentes.

El criterio es simple: ¿estas religiones se presentan como el producto de una revelación privada, atestiguada por un único individuo y, por definición, no verificable o, por el contrario, una revelación colectiva, confirmada por varios individuos?

En otras palabras, ¿podemos verificar las fuentes? Este criterio excluye a priori el islam y el mormonismo, pero no el judaísmo ni el cristianismo.

En la revelación bíblica, la palabra de Dios es anunciada por intermediación de patriarcas, sacerdotes, reyes, profetas y el Mesías, que vivieron en épocas diferentes, profetizaron sobre acontecimientos futuros y cumplieron con las profecías anunciadas.

En el Nuevo Testamento, disponemos de cuatro testimonios separados (los cuatro Evangelios) que coinciden en términos generales y sólo difieren en los detalles.

Exactamente igual que cuando aprendemos la historia de Roma a través de las fuentes de los historiadores. Esto no es una garantía absoluta de verdad, no es una prueba, sino una garantía de verosimilitud.

Un puñado de indicios convergentes, nada de pruebas 

La ausencia de pruebas, en el sentido científico de la expresión, es a veces una fuente de escepticismo para muchos indecisos e incluso para los creyentes.

Pero lo sorprendente del hecho es precisamente esto, que, aunque la ausencia de pruebas es desafortunada, el hecho sigue siendo admisible.

Entonces, ¿dónde está lo problemático? Después de todo, ¿quién se casó con su cónyuge sólo después de que él o ella hubiera demostrado con pruebas su amor? Nadie.

Nos casamos porque alguien nos ha declarado su amor y porque confiamos en esa persona sobre la base de una serie de indicios convergentes y sobre la base de nuestra intuición, que Pascal llamaba el corazón, que es capaz de comprender a pesar de no poder demostrar: el corazón tiene razones que la razón ignora.

¿Quién siguió las prescripciones de un médico porque previamente le habían demostrado la exactitud de su diagnóstico y le habían probado la pertinencia del tratamiento que recomendaba? Nadie.

Depositamos nuestra confianza en un médico, según las circunstancias, en base a lo que nos dicen los amigos o por el conocimiento de unos testimonios que nos parecen, a su vez, dignos de confianza.

En general, nos pasamos la vida tomando decisiones basadas en una información incompleta e imperfecta, es decir, sin disponer de pruebas ni de una certeza absoluta.

Decidimos habitualmente basándonos en el mejor pronóstico que nos ofrece un puñado de indicios convergentes, nada de pruebas. Decidimos en un momento si depositar o no nuestra confianza en alguien. En un sentido literal, brindamos nuestra confianza por una cuestión de fe.

Y si esto que hacemos de forma cotidiana con todos los que nos rodean no es para nada absurdo, ¿por qué sería absurdo hacerlo con Dios?

Tags:
religión
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