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Purple Rain: la consagración de Prince

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Ante la muerte de una de las tres leyendas del pop de los años 80

Esta semana no sólo ha temblado Ecuador sino también los cimientos del pop de los ochenta. Su “trinidad” -Michael Jackson, Prince y Madonna- se ha visto de nuevo mermada. La primera persona tomó demasiados analgésicos en 2009. La segunda nos acaba de dejar, no se sabe todavía demasiado bien por qué: pastillas, una gripe que no se acababa de curar, una pérdida de conocimiento en el ascensor de su mansión de Paisley Park, etc. Mientras que la tercera persona sigue ahí, todavía coleando, aunque en continuo litigio con su ex, Guy Ritchie, apareciendo más en la prensa del corazón que en la musical.

La canción dice que algo se muere en el alma cuando un amigo se va, pero Prince nunca ha sido amigo mío, sino un músico nivel divino que impregnó la propia adolescencia hasta cotas insospechadas. Si los de mi generación esculpiéramos panteones de mármol de Carrara, sin lugar a dudas, entre nuestras divinidades sería fácil encontrar a un tipo pequeño, mulato, con bigotillo de macarrilla, poco más de metro cincuenta, con zapatos de plataforma, indumentaria colorida y extravagante, peinado inesperado, tatuado con la palabra slave en la mejilla, rodeado por los más de veinte instrumentos que sabía tocar, y con su guitarra púrpura colgada al cuello, marcándose un riff colosal con la profundidad del soul y el blues, el desparpajo del funky, la liviandad del pop y la arrogancia del rock.

Cuando muere alguien así uno entiende expresiones latinas nada de moda como tempus fugit y memento mori. Enterarse de la muerte de ese hombre que un día fue conocido como Prince hace que uno se sienta medieval. Es como poner una al lado de la otra las fotografías de Anita Ekberg cuando rodó la Dolce Vita (1960), de Fellini y cuando rodó Bámbola (1996), de Bigas Luna.

Ante este tipo de espectáculos sobreviene la evidencia de que uno no puede vivir para convertirse en un divo: es una apuesta a todas luces perdedora. Lo del Carpe Diem sirve un rato, después hace abusar de los ansiolíticos, los antidepresivos, la cocaína, la heroína, los analgésicos y cualquier cosa que pueda apaciguar un malestar que solo crece.

Purple Rain (1984) fue la consagración de Prince. Con ella ganó merecidamente el Óscar a la mejor canción de banda sonora original. Desde que la vi me aficioné a aquel hombre y a su música. Recuerdo especialmente su álbum Lovesexy (1988) y la banda sonora de aquel Batman (1989) tan lejano de Tim Burton, cuando el hombre murciélago no era Christian Bale, sino Michael Keaton. Durante años escuchamos con dilección ansiógena canciones como “Cream” o “1999” o “Kiss”. No entendíamos demasiado, pero olíamos en aquella voz y en toda aquella exhibición instrumental, que decían era capaz de grabar él solito, algo radical y sexy.

Purple Rain la alquilé en VHS en el videoclub de debajo de mi casa. En la carátula había un sobradete en una moto enorme, mucha noche, mucho juego de luces y mucho humo de escenario. Nunca lo había visto antes. La cogí no sé bien por qué. Después la puse y me fascinó, aunque seguro que no fue por la trama

¿Fue la música, entonces? Aquella canción, “Darling Nikki”, no me la puedo quitar de la cabeza. Supongo que corrían por mis venas demasiadas hormonas en aquellos tiempos y reaccionaron mal a tamaña agitación. ¿Colaboró la estética de Prince? Seguro que no. ¿Fue la rutilante aparición de la cantante Apollonia? Muy probablemente algo hizo en mi adicción a una película que no dejaba de ser del montón aquella morena estilosa a la que, si no recuerdo mal, se le veían los pechos en una determinada escena, lo cual en aquellos tiempos de España y de mi vida era notablemente relevante.

En cualquier caso, lo que quedó en mí de aquel largometraje musical fue mi afición a este prodigioso y genial artista que esta semana nos ha dejado. Ante la noticia de su fallecimiento, como he dicho, se me viene a la mente aquello que vimos en Quo Vadis (1951) que le repetían a los generales romanos cuando desfilaban victoriosos por las calles de Roma: “¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre (y no un dios)”.

Prince fue la segunda persona de la “trinidad” del pop. Consiguió lo que pocos en el mundo de la música: dinero, éxito, fama, mujeres -creo recordar que ni más ni menos que Kim Bassinger figura entre sus exnovias. Últimamente comunicó que se había hecho Testigo de Jehová. Quizás por eso en sus canciones ya no se encontraban tantas referencias sexuales.

Su mansión de Paisley Park se ha quedado en completo silencio: algo nunca visto hasta el momento.

Nosotros lloramos lágrimas color púrpura.

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cine
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