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¿Es mi amor verdadero?

© Marko Vombergar

Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/04/16

Qué pena cuando a los cristianos se les reconoce más por sus prohibiciones que por su forma de amarse

La señal por la que me conocerán es el amor. Hoy lo escuchamos: “La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”.

No me reconocerán por respetar las normas litúrgicas, por cumplir ciertos preceptos morales, por tener un alma sin pecado, cosa muy improbable. La señal que me hará reconocible será la forma como ame a los demás.

Me impresiona pensar en ello. Un amor que se ve. Gestos que se ven y dejan traslucir un amor verdadero. Un amor sagrado, un amor de Dios. ¿Es mi amor verdadero, auténtico, generoso? ¿Ven otros en mi amor que soy de Cristo? Dudo.

Creo que a los cristianos no se les reconoce hoy por su forma de amarse. Nos reconocen más a veces por nuestras prohibiciones, por los límites que le ponemos a la vida. No me gusta. Quiero que me reconozcan por una forma de amar que no es humana.

¿Acaso es humano el amor de los mártires que perdonan al que les quita la vida? ¿O el amor de tantos santos que arriesgaron su vida sirviendo a los despreciados, a los enfermos, a los más abandonados?

Creo que mi amor ha de ser como ese amor de los santos. Un amor fruto del amor de Dios en mi vida. ¿Qué rasgos ha de tener ese amor?

El Papa Francisco cita a san Pablo en relación con el amor verdadero: “El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4-7).

Comenta el papa Francisco en la exhortación Amoris Laetitia: Pablo quiere insistir en que el amor no es sólo un sentimiento, sino que se debe entender en el sentido que tiene el verbo amaren hebreo: es hacer el bien. Como decía san Ignacio de Loyola, el amor se debe poner más en las obras que en las palabras. Así puede mostrar toda su fecundidad, y nos permite experimentar la felicidad de dar, la nobleza y la grandeza de donarse sobreabundantemente, sin medir, sin reclamar pagos, por el solo gusto de dar y de servir.

Amar es hacer el bien. Es querer el bien de la persona amada. El verdadero amor busca la felicidad de aquel a quien amamos. No busca el propio interés. Aunque sea verdad que necesitamos amarnos antes para poder amar bien a los demás.

Comenta el papa Francisco: “Una cierta prioridad del amor a sí mismo sólo puede entenderse como una condición psicológica, en cuanto quien es incapaz de amarse a sí mismo encuentra dificultades para amar a los demás”.

Si no soy generoso conmigo mismo, si no me quiero bien, si no me cuido, es difícil que pueda querer bien y cuidar a otros. El amor a los demás presupone el amor a uno mismo.

¿Cómo es el amor que me tengo? No soy egoísta cuando me cuido. Cuando me centro en lo que quiero, en mis planes, en mis sueños. El amor a uno mismo es un amor maduro que sienta las bases sólidas para poder amar bien a otros. Ese amor me sostiene, me mantiene firme.

Me amo como soy, en mi pobreza, en mi grandeza. Me amo en mis límites. Me quiero bien. Me cuido. Me respeto. Es un amor enaltecedor. Porque sé bien que cuando no me cuido a mí mismo es difícil que cuide bien a otros. Me desgasto descuidando lo que Dios me ha dado.

El amor a uno mismo no es egoísta. Es la base sobre la que construyo. El amor a mí mismo conlleva respeto, aceptación, alegría. La capacidad de gozarme en mi fragilidad. Disfrutar con mi vida como es y aceptarme sin pretender ser distinto.

Reconocer mis límites. Besar mis conquistas. Felicitarme por mis logros. Admirarme por los talentos que Dios ha sembrado en mi alma. Ser positivo. No perder en seguida la confianza. Saber ser objetivo en las pequeñas pérdidas. No amargarme ante la primera derrota.

Una actitud madura ante la vida. ¡Qué difícil resulta a veces ser maduro! El corazón se resiste. Nos volvemos exigentes. Tan duros e inflexibles que no aceptamos el más mínimo error o caída. Y entonces, ¡qué difícil no ser exigentes con los demás!

Amarnos a nosotros mismos es el punto de partida para poder amar bien a otros. Hoy falta mucho ese amor verdadero a la propia vida. La satisfacción por lo que vivimos. La alegría por saber que mi vida es maravillosa.

Claro que puede ser mejor. Pero me alegra como es. Con sencillez, con humildad.

El amor a los demás es la señal por la que me tienen que reconocer: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como Yo os he amado, amaos también entre vosotros”. En el cenáculo. A punto de morir, les deja en palabras lo que han vivido con Él en la tierra.

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