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Si no hubiera habido pecado original, ¿el hombre aún viviría en el Edén?

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Una pregunta sobre el pasaje del Génesis de la expulsión de Adán y Eva

¿Si es verdad que el hombre fue expulsado del Edén a causa del pecado, esto significa que inicialmente estaba destinado a vivir para siempre en el Paraíso terrenal? ¿Si Adán y Eva hubieran sido más obedientes hoy la humanidad viviría aún ahí? En ese caso, ¿habríamos sido inmortales o habría existido la muerte de todas formas?
Responde el sacerdote Athos Turchi, profesor de Filosofía en la Universidad Teológica de Italia Central.

Estas preguntas y respuestas, estando materialmente en el libro del Génesis, son correctas. Los capítulos dos y tres del Génesis, de hecho, dicen que el hombre cohabitaba con Dios a pesar de ser una de las criaturas, más aún, el mismo Dios lo iba a buscar a la hora de la brisa (Gn 3,8) en el jardín donde vivía.

El hombre creado a imagen de Dios tenía como destino la comunión con Dios, como cuando una familia adopta a un niño y lo lleva a vivir a su casa. Y sin pecado no perdería su estado. Por eso es de considerar que aún estaríamos ahí.

Por otra parte, por el modo como el Génesis se expresa en esos primeros capítulos parece que hable de una realidad fuera del tiempo.

Parece decirnos que sólo el pecado ha lanzado en la temporalidad al hombre que, hecho a imagen de Dios, prescindía del tiempo.

Además no se habla ni siquiera de “filiación”, la cual se manifiesta (Gn 4,1) una vez que el hombre salió del sin tiempo del Edén y entró en la evolución de la historia del tiempo y la muerte, y por eso necesitó procrear y generar para que la humanidad sobreviviera a la finitud del mismo mundo.

Por lo que se evidencia por la sintética narración del Génesis quizá, aún hoy, habrían estado sólo Adán y Eva, pues si su vida hubiera estado fuera del tiempo no habría habido tiempo para la generación.

A menos que con Adán y Eva se entienda el género humano en cuanto tal, entonces podríamos estar en una lógica distinta. Estas son las suposiciones y fantasías, porque la realidad y los hechos se llevaron a cabo de otra forma.

El hombre pecó y fue expulsado de una vida inmortal (Gn 3,24) para guardarse del Árbol de la vida, es decir, al tomar de él, viviera para siempre en el mal, como el diablo, haciendo uso de la vida eterna.

Que el hombre sea inmortal puede verse luego en los varios temas contenidos en la doctrina de la fe católica.

De hecho dice: creo en la resurrección de los muertos y en la vida futura, eso no significa otra cosa que aquello que llamamos muerte es el momento de la purificación, es el momento sagrado, es decir, en que volvemos al Paraíso.

Es como si la vida humana, a causa del pecado, tuviera la necesidad de un baño de purificación, que es la historia cotidiana que vivimos y, una vez listos y limpios, Dios mismo con la muerte nos volviera a llamar eternamente a la comunión con él.

Dios desde el principio le advirtió al hombre que no comiera del árbol del bien y el mal, de otro modo “morirás sin remedio” (Gn 2,17).

En ese momento el hombre habría podido decirle a Dios: ¿qué quiere decir morir? Porque nunca había visto un hecho similar.

Por eso se puede suponer que el hombre no haya sido creado mortal, sino eterno en cuanto enraizado en la comunión o ser divino, pero tras el pecado el hombre se separó de la raíz eterna de la comunión con Dios, y al entrar en la mortalidad corporal encuentra en la muerte misma la entrada a la vida eterna, gracias a a la cual regresa al Edén.

El paraíso es la eterna comunión con Dios que el Génesis describía como un jardín, pero el jardín verdadero es la vida o el ser de Dios mismo, al que estamos destinados.

Hay dos modos de ser inmortales: el primero es el absoluto de Dios, que es el Inmortal, el segundo es el relativo a nosotros y los ángeles, que una vez creados no morimos; somos inmortales en razón de esa alma que nos forma y nos determina a imagen de Dios.

Jesús, finalmente habla continuamente de haber venido a hacer la voluntad del Padre, como volviéndonos a llamar a la obediencia gracias a la que es posible habitar en el corazón de Dios y hacernos sus amigos.

Y es difícil no relacionar esta expresión suya con la desobediencia primordial de nuestros progenitores. Por lo tanto, lo que dice el lector parece correcto.

El pecado original está en la base de la vida que hoy vivimos, con sus males y con sus alegrías, con los progresos y con los retrocesos, vida que Jesucristo mismo, el Hijo de Dios, ha venido a compartir para que, gracias a su muerte, desde ese momento en adelante la muerte no fuera ya el signo del pecado, sino el nuevo signo de la vida eterna, de la que habíamos huido, pero que por misericordia de Dios hemos vuelto a tomar por la cruz de Cristo y hemos sido nuevamente introducidos gracias a su resurrección.

Por Toscana Oggi

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