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Cómo el alzheimer de mi mujer prueba mi virtud

Photographee.ue/Shutterstock
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Hay algo extremadamente importante que he aprendido como cuidador y de lo que no se habla mucho

El otro día mi esposa me informó de que necesitaba buscar algo de ropa nueva para el trabajo. Luego me recordó que teníamos que comprar filtros para el café y manzanas. Antes de cenar, me preguntó si ya habíamos almorzado y quería saber qué es lo que habíamos comido. La conversación quedó rematada con un “¿Vas a quedarte aquí esta noche o vas a ir al ‘otro sitio’?”.

Estos trances inconexos y espontáneos han pasado de ser algo esporádico a algo diario y hasta frecuente.

Hace más de siete años que Marty no trabaja. Tres que no conduce. Tenemos reservas más que abundantes de filtros de café y una buena bolsa de manzanas. Nunca recuerda lo que comimos para almorzar, ni siquiera si comimos en absoluto.

Además, (a veces) olvida dónde está nuestro dormitorio, dónde se guardan las toallas o en qué cajón meter los tenedores y las cucharas. No tenemos ningún “otro lugar”, hemos vivido juntos en la misma casa durante casi diez años.

Su mente, mejor dicho, la propia esencia de su persona ha sido invadida por un intruso, de nombre alzhéimer. Le fue diagnosticado hace varios años.

A medida que este extraño invasor se entrega a su inflexible e incansable tarea de devorar a la persona real dentro de la mente de mi mujer, también está demostrando ser el enemigo más beligerante y exigente con el que jamás me he enfrentado.

Uno de los 12 frutos del Espíritu Santo es la paciencia. Siempre ha sido una virtud fuerte en mí. Incluso ese dicho estereotipado, “tiene más paciencia que un santo”, lo han usado para referirse a mí.

Pero tengo que deciros algo: sé que nunca he tenido ningún tipo de halo divino, pero si alguna vez arrojé siquiera un raro brillo, ahora parpadea debilitado.

Satán me tiene bien agarrado, y lo consiguió con la insidiosa redundancia que acompaña al mal de Alzheimer.

El día que he descrito antes, perdí los estribos con una víctima inocente de una enfermedad que ha invadido y contorsionado su personalidad. Mi paciencia se evaporó en ira. Fallé como su cuidador.

De inmediato sentí vergüenza de mí mismo, me adentré en el cuarto de baño, cerré la puerta y empecé a enjugar las lágrimas de mi rostro.

Salí del baño, volví frente al ordenador y abrí mi correo electrónico. Como en muchas otras ocasiones durante mi viaje espiritual, recibí un mensaje de Él en forma de boletín electrónico de la asociación de alzhéimer a la que pertenezco. Incluía una “lista de cuidadores”.

Eché un vistazo rápidamente por los ocho integrantes de la lista. El número siete me dio una buena colleja mental. Se podía leer: “¿Te sientes frustrado y enfadado cuando la persona con demencia repite continuamente las mismas cosas una y otra vez y nunca parece escucharte?”.

Mi pensamiento inmediato fue ¡SÍ, SÍ! ¡ESO ES LO QUE ME PASA! A continuación respiré profundamente, me disculpé y le di las gracias al Señor.

Concluí la recuperación de mi compostura yendo junto a Marty y dándole un beso y un abrazo enormes. Le dije que lo sentía. Ella no sabía por qué lo sentía, pero sonrió de todas formas.

Hay algo extremadamente importante que he aprendido como cuidador y de lo que no se habla mucho. Todos y cada uno de nosotros necesita oraciones, muchas oraciones.

Además del ataque constante contra la paciencia de una persona, hay otras virtudes o frutos que sufren el asedio. La afabilidad puede quedar muy erosionada también. La bondad se puede pasar por alto. Es un reto para la fe. La alegría se esfuma a la primera de cambio.

Vivir en el mundo del alzhéimer es una existencia retorcida. A menudo nada tiene sentido. A menudo las repeticiones se sienten como si tuvieras a alguien dándote golpecitos en el brazo constantemente, sin parar. Y quieres gritar, ¡PARA YA! Pero no lo haces… no siempre.

Acudo a reuniones de cuidadores una vez al mes. La mayoría de mis compañeros y compañeras (no todos) son gentes de fe (católicos, cristianos, judíos, protestantes, etc.).

Constantemente se aferran fuertemente a su fe para poder navegar las extrañas e impredecibles aguas del alzhéimer. La fe y la confianza en Dios forman un escudo poderoso, una barrera, por así decirlo, contra la insidia de esta enfermedad degenerativa y malvada.

En lo que a mí respecta, es posible que haya sido derrotado en una o dos batallas, pero tengo grandes aliados: Dios, mi fe católica, las oraciones, mi familia y mis amigos.

Estos aliados me reconfortan y fortalecen. Son los centinelas de mi paciencia. Y la oración es mi armadura.

Por favor, recordad en vuestras oraciones a las millones de víctimas de alzhéimer. Y si tenéis ocasión, incluidnos también a los cuidadores. Necesitamos toda la ayuda posible.

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