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La decisión en la que se juega tu felicidad

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Si buscamos a Dios desinteresadamente, el descanso, la felicidad y el cobijamiento surgirán espontáneamente

Muchas veces no logro colocar mi seguridad en una esperanza más grande. Y no logro abrazarme a un sueño eterno que calme mi sed infinita. Tal vez tengo que aprender a ser como un niño para ser más feliz.

Decía el padre José Kentenich: Para ser hijos auténticos no hay que preguntarse dónde somos más felices sino dónde le damos más alegría al Padre. El hijo menor de edad e inmaduro se pregunta dónde será más feliz, dónde estará más cobijado, mientras que el hijo purificado se pregunta qué es lo que le causa más alegría al Padre. Naturalmente, a esa mayor alegría estará unido el mayor cobijamiento, que en este caso será una consecuencia y no una finalidad. En efecto, el cobijamiento es consecuencia de la entrega total. ¡Darle alegría a Dios! Cuanto más maduros seamos tanto más tenemos que eliminar la búsqueda consciente y directa de cobijamiento y descanso. Así es, si buscamos a Dios desinteresadamente, el descanso, la felicidad y el cobijamiento surgirán espontáneamente[1].

Muchas personas buscan cómo ser más felices. Toman decisiones persiguiendo una felicidad esquiva, o frágil. Buscan ser cobijados sin cobijar. Ser felices sin hacer feliz a nadie. Así no es posible.

Retienen las riendas de su vida para que el rumbo seguido no los aleje de la felicidad anhelada, planificada, programada. Pero a veces la suerte les es esquiva. Sé que si busco hacer feliz a Dios yo mismo seré más feliz. Si busco que los demás sean más felices yo seré más feliz.

Sé que cuanto más me abandone en Él, cuando ponga más mi confianza en sus planes, tendré más dicha, más paz, más calma. Me abandonaré. Sé que mi felicidad se juega en esa decisión heroica: decido soltar las riendas.

¿Y si lo pierdo todo? Da vértigo confiar. Pero sé que entonces vendrá una felicidad nueva y desconocida. Un cobijamiento inesperado. Cuando aprenda a dejar mi vida en sus manos y no pretenda controlarlo todo siempre de acuerdo a mis sueños, a mis planes, a mis deseos.

No quiero ser un controlador. Todo medido y calculado. Todo según mis planes. A veces pierdo la paz en un ingenuo intento por tocar las cumbres. Yo solo, a mi manera. Haciendo mis planes y pensando que Dios lo confirma todo con su gracia. Pero no dejo que sea Él el que me haga llegar más alto.

Soy un controlador. Y a veces, lo reconozco, me pierdo en un intento fútil por tenerlo todo en mis manos. Todo seguro. Todo atado y bien atado. Y la vida se me escapa.

El otro día leía: Esperamos que Dios admita nuestra idea de lo que debería ser su voluntad y que nos ayude a cumplir esa voluntad, en lugar de aprender a descubrir y aceptar la suya en las situaciones concretas en las que nos pone a diario”[2].

Allí es donde tengo que decirle que sí a Dios y hacerle sonreír. En las circunstancias concretas de cada día. Y Él sonríe al verme. A veces agobiado por la vida. Agarrotado. Atemorizado. Me ve en mi fragilidad y es capaz de verme mejor de lo que yo me veo. Eso me sorprende siempre de nuevo.

No se escandaliza de mi pecado. No le turban mis decisiones aparentemente equivocadas. No grita al verme tan perdido. Simplemente me mira con amor y le sorprende mi belleza. Se admira.

Tal vez yo no sé mirarme así. Me quedo detenido en mi error, en mi pecado. No logro abrazar mi vida como Él la abraza. No veo la belleza. Ni en mí, ni en otros. Y por eso soy tan duro, conmigo mismo y con los demás. Exigiendo la perfección. Pidiendo el cumplimiento generoso.

Pienso que la luz de este tiempo Pascual me recuerda lo importante, ilumina mi alma, me devuelve la sonrisa. Me recuerda el amor de Dios que viene a mi vida.

La voluntad de Dios se me hace entonces nítida en la vida que me toca vivir, en las circunstancias con las que me toca lidiar, en las adversidades contra las que tengo que luchar. Allí donde estoy. Aunque me parezca que eso de ninguna manera puede ser de Dios.

Incluso en ese lugar tan adverso Dios me pide que diga sí y siga caminando. Que entienda que su voluntad es que no desespere, no tire la toalla y siga creyendo. Y que lo haga con la sonrisa grabada en el alma.

Me recuerda entonces lo importante de mi vida. Tengo que recordar siempre que soy ese niño amado de Dios. Ese hijo por el que Dios ha vuelto lleno de luz, resucitado, a estar conmigo.

Pero a veces yo me detengo en lo que no es tan importante, en lo que no es valioso. Y confundo mis prioridades. Y busco su voluntad donde no se encuentra. Lleno mi vida de cosas poco valiosas. Me desgasto queriendo cumplir y me ahogo en mi propio egoísmo.

Quiero buscar la voluntad de Dios allí donde no me encuentro y me niego a ver sus pasos en medio de mi rutina, de mi vida sencilla y algo vulgar.

Es tan fácil dejar pasar el tiempo entre mis manos. Y eso que sé que la eternidad me la regala Dios para siempre. La graba en mi alma herida. Y me recuerda que estoy hecho para vivir un abrazo eterno. Y mientras tanto me sonríe.

Quiero hacer reír a Dios en mi camino. Quiero decirle que sí en mi vida. Soltar las riendas. Dar un salto en el vacío. Quiero perder esos miedos que tengo a que las cosas no sean como deseo. Ese miedo a no estar donde quiero estar. A no poder hacer lo que pienso que es mejor para mi vida.

El camino de mi felicidad se encuentra en mi confianza ciega en los planes de Dios. En sus deseos. En esa confianza de los niños que se abandonan y sueñan. Abrazados, confían.

[1] J. Kentenich, Niños ante Dios

[2] Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros

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