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¿Qué es “complementarte” con tu pareja?

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Ser diferente es sano, el reto es aprender a gestionar esa diferencia

Nuestra humanidad como varón o como mujer, contiene en si toda la potencia para ser unión, trasformando la carencia de amor en capacidad de amar, y la necesidad de amor en capacidad de entrega, poniendo en juego nuestra complementariedad. Sin embargo, las malas actitudes son como gotas de agua capaces de llegar a horadar y partir la más fuerte roca, por lo que se hace necesaria una presencia real, sin falsedades, en la intimidad del otro.

Una historia que habla de la salud en el matrimonio.

Nuestra historia comenzó como un amor idealizado; un amor que ahora, a través de esforzado aprendizaje se ha abierto a la realidad de uno y otro, tal cual somos. Una realidad en la que Dios ha impreso sus huellas para que a través del amor conyugal, las descubramos, amemos y promovamos, porque hacen posible la complementariedad, y con ella la ayuda mutua, más la unión en lo más íntimo de nuestro seres.

No tenemos ya tan a la mano momentos de ensueños, pero tenemos otros más bellos en los que vivimos la realidad de nuestras maravillosas diferencias, desde lo bioquímico hasta lo emocional, psicológico y espiritual para ayudarnos y unirnos cada día más. Diferencias por las que hemos engendrado un nuevo modo de ser entre los dos, al igual que engendramos a nuestros hijos. Es lo extraordinario en lo ordinario en la vida de un matrimonio.

Diferencias como cuando:

En el supermercado, yo atiborro el carrito en un dos por tres, creando un agujero de regulares proporciones en mi quincena. Mi esposa en cambio, se toma las cosas con calma, revisa, verifica, coteja gramos, precios y calidad para decidir la compra. Cuando me pregunta lo que pienso del precio de tal o cual verdura, entonces yo observo con actitud de conocedor y le digo: —mmm… bien, bien. — ¡Pero si esta carísima, es un escándalo!, me responde con las mandíbulas apretadas y los ojos entornados viendo a su alrededor como buscando un culpable; lo cierto es que no tengo ni idea de lo que suele costar el kilo de esa verdura ni de ninguna otra, jamás retengo los precios.

A mi pregúntenme lo último sobre las tasas de interés en el mercado de los préstamos personales o los saldos en nuestras tarjetas de crédito. Soy bueno en finanzas.

Donde me luzco es a la hora de cargar y descargar las bolsas,  por aquello de que los hombres tenemos más fuerza física; aunque a decir verdad, ella tiene una fortaleza que a Dios gracias protege la economía familiar.

Ella hace muchas cosas a la vez, la tengo diagnosticada como un tanto cuanto hiperactiva, y la verdad, a veces me gustaría que se calmara un poco, pero… mejor la dejo ser, por aquello de que es mejor detener que empujar.

Donde ella no puede conmigo es en lo relativo a planeación estratégica, al análisis teórico para llegar a las verdades necesarias en nuestro proyecto de vida familiar, social, económica, etc. Hasta en ciencia pura le doy disertaciones mientras me escucha con verdadero interés, pues sabe que tengo mis cualidades y no duda en afirmar orgullosa que en esos terrenos soy nada más ni nada menos que un estuche de monerías. ¡Vaya que es inteligente y conocedora!

Cuando esas singulares cualidades no sirven para el caso, interviene entonces desde la oficina haciendo llamadas, contactos, trámites, siempre trata con confianza y propiedad a todo mundo y se le abren las puertas, tengo que reconocer que en eso, cuando apenas voy, ella ya fue y vino, aunque a veces… se pasa, pues llega sin equivocarse al fondo de una cuestión con personas que apenas conoce ¡mientras yo tengo años de tratarlas como mis clientes! ¡No se vale! Aunque… en realidad más me vale.

En tareas exclusivas de varón, como cambiar una llanta del auto, por ejemplo, soy un experto y no cedo un ápice, aunque a veces me pregunta que si la llanta extra tiene la presión correcta; que si el auto no se caerá cuando se encuentra levantado dejándola viuda; que si… cuando nota que la veo de feo modo, escabulle el bulto. Luego por no dejar, checo el porqué de sus observaciones, y… efectivamente la llanta extra esta desinflada y se me olvido poner el freno de mano. Corrijo con disimulo, lo bueno es que ya no está a la vista.

En la casa compartimos la autoridad. Yo con voz grave, de líder natural, suelo dar instrucciones claras y precisas a mis hijos, mismas que luego se me olvidan, ha de ser por eso que siempre me responden con un “ajá”, desenfadado.

La voz de ella en cambio es dulce y cantarina cuando se dirige a mi o a mis hijos diciéndonos: “mi rey, mi amor”; pero también con ella ejerce un don de mando que envidiaría el más enérgico sargento: instrucciones, modales, encargos, tares domésticas, pasan por su supervisión meticulosa con un tremendo sentido práctico. Mis hijos y yo nos cuadramos, es mejor llevar la fiesta en paz, con ella, en ese terreno, no se puede.

Se arregla con un esmero que me enorgullece, de agradable imagen personal, yo en cambio, cuando me pasa revista salgo reprobado, y según yo iba a todo lo que daba. Me ama, solo así me explico su contemplación de mi persona para ver tantos detalles.

Un día, cualquier día, puedo llegar a casa agobiado por mis defectos personales, descalabros en mi lucha por lograr el éxito económico, la posición social, el prestigio profesional; entonces, inquieto y cansado busco en ella la comprensión, el calor de un abrazo, la ternura de un beso, el refugio de su segura estabilidad emocional.

“Desde que despierto esta en mí, constantemente presente a los largo del día, pues cualquier cosa, todo, me recuerda a ella…, y al fin, para dormir, necesito serenarme reclinado sobre su hombro, sobre su presencia en mi….”

Dios ha impreso sus huellas en nuestro ser y nuestras obras lo siguen, a veces esas huellas se ocultan por nuestros errores, pero seguimos caminando en la misma dirección, la que nos marca el amor.

Por Orfa Astorga de Lira, Orientadora familiar y Máster en matrimonio y familia.

Escríbeme a consultorio@aleteia.org

 

 

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