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¿El documento del Papa sobre la familia acaba con las prohibiciones?

© Antoine Mekary - ALETEIA
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Viendo el eco de "Amoris Laetitia" en los medios, parecería como si el Papa hubiera escrito un texto para los divorciados, pero...

Quienes aborden la fe prescindiendo de la exigencia de buscar la perfección, de acuerdo con lo que señala el mandato de Jesucristo, abandonan una de las esencias del cristianismo.

Después, el límite donde se sitúa esta perfección dependerá de cada uno y de las circunstancias en las que se ve inmerso.

Pero aquella exigencia debe acompañar hasta el final, porque si no es así, la fe se convierte en una especie de transacción continua con las pasiones del mundo; deja de ser fe.

Este criterio reza, claro está, para la lectura e interpretación del documento del papa Francisco Amoris Laetitia, que presenta en primer término el camino de perfección en la familia, y aborda también cómo enfocar aquellos escenarios donde el fundamento católico del matrimonio ha quedado formalmente destruido.

Este es el orden y no a la inversa, y menos todavía considerar solo lo segundo.

Lo digo así porque leyendo y viendo los medios de comunicación, parecería como si el Papa hubiera escrito un texto para los divorciados: “para corregir el rumbo de la Iglesia”, y no es así de una forma palmaria y evidente.

Ahora bien, ¿cuántos periodistas se han leído los más de 300 puntos antes de escribir la crónica de urgencia? ¿Cuántos de ellos conocen el marco de referencia cristiano en el que se insertan?

El apartado más atendido por los medios de comunicación, de los nueve que contiene el texto, concretamente el capítulo octavo: Acompañar, Discernir, e Integrar la Fragilidad [291-312], trata precisamente del cuidado del proceso que conduce a la fe vivida en plenitud, buscando la perfección cristiana en su vida familiar.

Para ello “es preciso afrontar todas estas situaciones de manera constructiva, tratando de transformarlas en oportunidad de camino hacia la plenitud del matrimonio y de la familia a la luz del Evangelio. Se trata de acogerlas y acompañarlas con paciencia y delicadeza” (321).

El método para lograrlo no es aleatorio, ni está marcado por la subjetividad. Se trata, dice la Exhortación, de la llamada “ley de gradualidad” de la conciencia, que proponía san Juan Pablo II, que señala que el ser humano “conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento” (295).

Y el texto advierte: “no es una «gradualidad de la ley», sino una gradualidad en el ejercicio prudencial de los actos libres en sujetos que no están en condiciones sea de comprender, de valorar o de practicar plenamente las exigencias objetivas de la ley.

Porque la ley es también don de Dios que indica el camino, don para todos sin excepción que se puede vivir con la fuerza de la gracia, aunque cada ser humano “avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios” (324).

Hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones (297).

Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio. Porque esa es la lógica de la constricción, el perdón y la reconciliación. Es el “Vete, nadie te acusa… pero no peques más”.

Dicho esto, señala, obviamente, que si alguien ostenta un pecado objetivo como si fuese parte del ideal cristiano, o quiere imponer algo diferente a lo que enseña la Iglesia, no puede pretender dar catequesis o predicar, y en ese sentido hay algo que lo separa de la comunidad (cf. Mt 18,17). Necesita volver a escuchar el anuncio del Evangelio y la invitación a la conversión.

Esta cuestión es crucial en cuanto a su correcta compresión. Se trata que las personas que por razones no queridas o por circunstancias que las superaban, han visto roto su matrimonio católico, y han formado una nueva familia.

Entiendan que no se trata ahora de que “tenían razón”, sino que la Iglesia les ofrece un camino de conversión adecuado a su circunstancia, de discernimiento que deben seguir.

No se trata tanto de aprobar relaciones distintas al matrimonio, como discernir en cada caso como puede seguirse el camino de perfección.

Por ejemplo “La Iglesia reconoce situaciones en que «cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación”. (329) o el de «los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido” (330).

Dicho todo esto el texto establece con rotundidad que debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia.

Dado que en la misma ley no hay gradualidad (cf.Familiaris consortio, 34), este discernimiento no podrá jamás prescindir de las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio propuesto por la Iglesia.

Para que esto suceda, deben garantizarse las condiciones necesarias de humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y con el deseo de alcanzar una respuesta a ella más perfecta.

En definitiva, no se debe confundir el discernimiento práctico, fruto de la casuística concreta de una persona, o de una pareja, con la norma, elevándolo a tal nivel.

Por eso advierte: “Aquello que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma. Ello no solo daría lugar a una casuística insoportable, sino que pondría en riesgo los valores que se deben preservar con especial cuidado” (348).

O si se quiere en otros términos: la excepción no es otra norma, al contrario, confirma la que existe

Artículo originalmente publicado por Forum Libertas

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