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¿Tu relación con Dios y con los demás cayó en la rutina?

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Descubre dos secretos para renovarla cada día

“Estoy oxidado –me decía un amigo–, hace tiempo que no juego a la pelota”.

Esta “oxidación” no es preocupante. Probablemente bastará con entrenar un poco y hacer “academia”. Lo preocupante es que el corazón se oxide.

Hay muchas personas que, después de un tiempo de convivencia –especialmente los casados– sienten que el amor, el interés y los sueños se desgastaron e incluso se apagaron. La monotonía de los días, de las reacciones, de las conversaciones, de las tareas, de los problemas…, cansa. “¡Esto cansa! ¡Siempre lo mismo!”

El entusiasmo o el amor perdieron la gracia. Fueron atacados por el tedio: “Todo eso no me dice nada, ¡así no hay quien aguante!”.

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Pero, ¿quizás esa rutina que hace oxidar está causada realmente por la repetición de los mismos hábitos, de las mismas cosas? En realidad, no.

Una prueba de eso son los casados que envejecen en una similitud aparente, sin perder el brillo de los ojos, sintiéndose cada vez más necesitados el uno del otro y descubriendo una nueva ternura en plena vejez.

El mal no está en las cosas, ni en los demás, ni en la repetición de las acciones y de las tareas … En la vida cotidiana no podemos evitar las repeticiones, pero podemos evitar la inercia.

El mal está en nuestro corazón, que se durmió y nos dejó presos de hábitos egoístas, ciegos a la eterna novedad de las pequeñas cosas vividas por amor.

Un amor que cada día se renueva

Casi al final de una larga vida, después de muchos años de entrega plena a Dios y a los demás, san Josemaría afirmaba con sencillez: “Me siento como un niño que balbucea…, y mi Amor es un amor que todos los días se renueva”.

No ama quien se deja arrastrar por el flujo mecánico de los días, sino quien crea en cada día un nuevo sueño y actúa con espíritu nuevo.

¿Cómo conseguir eso?

En primer lugar: Teniendo un ideal de vida, por el cual vale la pena luchar y sufrir

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Un corazón sin ideal se queda seco, envejecido. Imagina un profesor en un buen laboratorio. Si se limita a repetir rutinariamente los mismos experimentos didácticos, con aire aburrido y sin más aspiración que la de que le paguen a fin de mes, se ahogará en la rutina.

Por el contrario, si es un idealista empeñado en la investigación; se dedica a la creatividad didáctica; si no desiste de continuar investigando a pesar de las muchas tentativas fallidas; si incluso durmiendo sueña con nuevas soluciones…, ese tendrá, en todas sus tareas, la llama de la alegría y contagiará el entusiasmo a sus colaboradores.

Piensa que se podrían describir esos mismos dos cuadros aplicándolos a la relación familiar, al trabajo cotidiano, a la amistad… . Si no tenemos en el corazón un ideal que entusiasme, acabaremos cubiertos por la herrumbre del tedio y del mal humor.

En segundo lugar: El ideal, para ser consistente, tiene que tener un motivo consistente

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Actuar por ideales efímeros, basados en el entusiasmo o en la excitación del momento, no tiene ninguna consistencia.

Para un cristiano, el ideal consistente se llama vocación: saber que todos recibimos una llamada de Dios para realizar una tarea única – la nuestra – en el mundo; en otras palabras, que tenemos una vocación y una misión que cumplir.

Nuestra realización consistirá en cumplir esa misión (en la familia, en la profesión, en la sociedad), haciendo de ella un camino ascendente de amor a Dios y al prójimo.

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