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¿Por qué a veces el sagrario está tan escondido?

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Lecciones tras 15 años como católico: Siempre puedes encontrarlo

Me gusta apuntar en la dirección correcta cuando venero al Hijo de Dios, pero algunas iglesias esconden el sagrario. Tal vez te haya pasado lo mismo: empiezas a hacer una genuflexión y, cuando te fijas bien, lo que hay detrás del altar es un muro vacío, y no Jesús. Con la rodilla derecha inclinada en un ángulo de 90 grados y con los pies casi alineados, rotas la cabeza rápidamente a izquierda y derecha buscando el tabernáculo y, con tanto giro, casi terminas cayéndote hacia un lado.

En el mejor de los casos te sostienes precariamente con la banca. En el peor, te caes en medio del pasillo. Y delante de otras personas que, aunque acudirán en gran parte a ayudarte a levantarte, tú lo único que quieres es correr a esconderte entre los bancos y fingir que no ha pasado nada. Yo he pasado por las dos situaciones.

El mensaje que quiero transmitir

La Vigilia Pascual fue el 15º aniversario de la entrada de mi familia y de mí mismo en la Iglesia. He estado pensando en lo que he aprendido en estos años, en el mensaje que querría legar a los nuevos católicos y lo que querría compartir con aquellos que se plantean si unirse o no, y se me ha ocurrido esto: a veces el tabernáculo está oculto, pero siempre puedes encontrarlo.

Gracias a mi predisposición mental a la sociología, tengo la bendita fortuna de disponer de un punto de vista más realista que el de muchos conversos sobre cómo es la vida en la Iglesia Católica. Siendo como es, tan antigua, tan grande, tan compleja y tan sujeta a las tentaciones mundanas, a veces no puede ser más que flagrantemente imperfecta. Dios creó la Iglesia según su voluntad y ahora en 2016 no podía ser de otra forma diferente. Si alguien quiere quejarse, que hable con Él.

Siempre me gustó el idealismo de la frase “Dios escribe recto con líneas torcidas”. Siempre me atrajo la forma en que la Iglesia absorbió tantísimas culturas y tradiciones sin malgastar su energía en trazar límites y en patrullar fronteras. Incluso con los escándalos que siempre causaban nuestros amigos protestantes, como los dones de la mafia —con los padrinos siendo padrinos—, la Iglesia demostró generosamente cuánto podía abrir sus puertas, de par en par. Demasiado abiertas, quizá, pero, aun así, mejor eso que atrincherarse tras unas puertas de seguridad con esas pequeñas mirillas deslizantes, como en los tugurios clandestinos de las películas.

Pero los escándalos todavía consiguen deprimirme. Aun años después de las primeras historias sobre abusos de sacerdotes que avergonzaron a la Iglesia, con el tiempo se ha sabido de obispos que cambiaron a los curas abusadores a una nueva iglesia y no dijeron nada a la policía ni a los padres de sus futuras víctimas. Así que lo digo bien alto, ¿Qué demonios pasa con esta gente? Todavía me dura el asombro ante el desdén de algunos católicos hacia su propia tradición y, en el otro extremo, ante el entusiasmo con que otros aprovechaban para insultar al papa. Las referencias al trigo y a la cizaña tampoco me confortaron mucho.

Solo que yo mismo soy un campo sembrado de trigo y cizaña. Mi propia vida es un microcosmos de la vida de la Iglesia. La confesión me lo ha enseñado. He sido recibido en la Iglesia y ahí he estado, cada pocas semanas, arrodillado en el confesional aceptando la promesa de Dios de arreglar las cosas entre nosotros, porque yo estaba rompiendo la amistad. Soy un desastre y, aun así, Dios obra en mí los propósitos que quiere cumplir. Así es la Iglesia.

Cada vez que descubro algo que está mal —cada vez que el tabernáculo ha estado oculto— sigo encontrando mucho bien, un bien que no puedo encontrar en ningún otro sitio. Ese bien está sobre todo en la Misa, pero también en la Misa que se celebra al calor de las buenas gentes que aman a Dios y al prójimo; también en la “bienvenida a casa” que es la confesión; también en la amistad de Nuestra Señora y los santos; también en la enseñanza de que el mundo pensó que era la estupidez lo que traía la felicidad; también en la vasta colección de profundos y serios pensamientos sobre asuntos cruciales; en el ejemplo de los santos vivientes y los futuros santos; en los sacerdotes que me gustan y en los curas que me encantan; en un humanismo verdadero y de altura que el resto del mundo no podría ofrecer. En la Iglesia, he conseguido vivir con esperanza. Siempre he podido encontrar el tabernáculo si lo buscaba.

Buscando el tabernáculo

Hace algunos años, de viaje por otro estado, mi hijo y yo entramos en una iglesia nueva. No había forma de encontrar el tabernáculo. Me pasé una buena parte de la misa buscándolo, porque sabía que tenía que estar en algún sitio y no podía quedarme tranquilo hasta encontrarlo. Era una incógnita que se volvía más enigmática conforme avanzaba la misa. Que yo viera, la iglesia no tenía tabernáculo.

Pero lo encontramos después de la misa, cuando salíamos de la iglesia. Lo descubrimos a las puertas del santuario, abajo a la derecha al final del vestíbulo, en una diminuta habitación, lo suficientemente grande como para dar cabida a un pequeño tabernáculo, una silla sin reclinatorio y una mesa con unos ejemplares del National Catholic Reporter. Parecía que la estancia fuera en su día un armario, antes de ser convertida en capilla, tan lejos del altar como era físicamente posible.

El caso es que encontramos el tabernáculo. Hizo falta un poco de esfuerzo, pero lo encontramos. Ahí estaba Jesús. Eso es lo que diría después de 15 años como católico. Que Jesús está aquí, amigos y amigas míos. Siempre está aquí si le buscáis.

 

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