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¿Cuánto dependemos del celular?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/04/16

Las redes sociales me han acostumbrado a una forma superficial de contar mi vida

Han inventado un teléfono para hablar sólo por teléfono. Un teléfono que no permite nada más que la posibilidad de hacer y contestar llamadas. Ni whatsapp, ni mails, ni internet. Un teléfono aparentemente inútil en los tiempos que corren, pero muy práctico en realidad.

Hay personas que pagan altas cantidades de dinero por tener un teléfono como los de antes. ¡Qué paradoja! Uno de esos teléfonos que antes costaban tan poco ahora valen mucho. ¿Qué ha cambiado?

Tal vez hemos cambiado nosotros y nos hemos dado cuenta de que hemos perdido algo importante en la vida. Hemos dejado de estar presentes donde tenemos que estar. Nos ausentamos del lugar en el que nos encontramos.

Dejamos de escuchar a las personas con las que hablamos. Dejamos de mirar al que tenemos delante. Tal vez hemos perdido el aquí y el ahora. Recuperar ese tesoro resulta caro.

Me doy cuenta de que con frecuencia no estoy con la persona con la que me toca estar. El móvil tiene la capacidad de trasladarme a otro lugar. Lejos, muy lejos.

El cuerpo está ahí, donde estoy, con las personas a las que quiero. Tal vez cenando, o simplemente esperando la cola del médico, o caminando por la calle. No importa dónde. El móvil me traslada a otra parte, a otro mundo. Estoy, pero no estoy realmente. Estoy ausente estando presente.

Tal vez por eso uno ahora está dispuesto a pagar lo que sea por volver a lo de antes. A esa libertad sin llamadas, sin mensajes. Libres de esa necesidad que nos hemos creado de estar siempre localizados, siempre disponibles, siempre conectados. Siempre respondiendo a todo lo que nos piden. Nos parece muy difícil liberarnos.

Dicen que lo que más nos cuesta hoy es superar el síndrome de abstinencia cuando tenemos que renunciar por algún motivo a estar conectados a todas las redes sociales posibles.

Conectados pero desconectados de nuestra realidad. Conectados con los que no están. Desconectados de los que sí que están.

Sería bueno que me preguntara cuánta dependencia real tengo del móvil y de internet. Nos parece imposible cambiar. Nos hemos introducido en un mundo que no conocíamos y nos hemos vuelto esclavos.

¿Es posible crecer en libertad en ese mundo desconocido? Sería bueno examinarme al final del día y preguntarme si he dependido mucho o poco de lo que me entra por la pantalla del móvil. Es una buena pregunta al final del día, al final de la semana. La independencia de esa necesidad de estar siempre ahí.

A veces pienso que si no estoy conectado es como si no existiera. Y no es verdad. Pero el mundo me hace creer que sí.

Por eso me pregunto cómo están mis relaciones, mis vínculos de verdad. Cómo está mi capacidad de amar y comunicarme en el día a día. Con aquellos con los que comparto la vida.

A veces puedo comunicar cosas, contar anécdotas, inventar cuentos. Mandar fotos, decir lo que he hecho. Pero en el fondo nunca hablo de mí, de lo que estoy viviendo. Las redes sociales me han acostumbrado a una forma superficial de contar mi vida.

Cuento lo que me ha pasado, pero no cómo lo he vivido. Cuento lo que he hecho, lo que he dicho, pero no lo que hay en lo más hondo del corazón. Tal vez ni yo mismo he pensado en ello. Vivo superficialmente mi vida pasando de una escena a otra. Sin profundidad, sin hondura.

Y tampoco me preocupo de verdad por lo que ocurre en el corazón de los que están más cerca. No me detengo a mirar a los ojos de las personas. Creo que están bien. No pregunto mucho porque tampoco busco esa intimidad.

Y me quedo a mitad de camino al encuentro del otro. En tierra de nadie. No pregunto. No cuento. No me abro. No escucho. No percibo la vida que hay en los demás. Pienso sólo en lo que a mí me ocurre. En lo que me preocupa. Me cuesta buscar en los ojos de aquellos que me aman y a los que amo la paz para seguir caminando.

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