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La Pasión de Port Talbot: La fuerza del sacrificio

Tonio L. Alarcón - publicado el 04/04/16

Retrata la representación de la Pasión que el actor Michael Sheen organizó en su pueblo natal, utilizando localizaciones naturales

¿Cómo capturar, cómo transmitir a través de las imágenes captadas mediante una cámara, esa energía especial que desprende un espectáculo en vivo? ¿Realmente hay alguna manera de respetar su ritmo, de trasladar su particular narrativa al lenguaje cinematográfico?

Eso es lo que explora el dibujante, guionista, músico y realizador Dave McKean en La pasión de Port Talbot, esfuerzo por traducir, por llevar a la gran pantalla, la representación teatral protagonizada y escrita –junto al poeta y dramaturgo Owen Sheers– por Michael Sheen, y en la que se realizaba una particular relectura de la Pasión que se llevó a cabo en diferentes localizaciones (reales) del pueblo natal del actor galés.

De ahí la mezcla de grabaciones en directo de la propia representación –alternando formatos de imagen, incluyendo algunas tomas procedentes de teléfonos móviles– con secuencias rodadas ex profeso para el largometraje, mucho más afines con el particular universo visual de McKean, y que pretenden dotar al conjunto de una mayor unidad, de un mayor peso específico.

Aunque, sobre el papel, el largometraje es la adaptación cinematográfica de la pieza teatral, en realidad es casi un documental sobre la representación de aquélla: la cámara –o más bien las cámaras: McKean tenía a nueve personas grabando de forma simultánea– se integra entre los espectadores de Port Talbot, y nos muestra lo que aquéllos vieron desde esa perspectiva privilegiada con la que, a través de la ficción, Sheen, Sheers y el codirector de la obra, Bill Mitchell, quisieron reinterpretar el impacto público de una figura como la de Jesús de Nazaret.

Desde una notable sencillez de planteamiento –el trasfondo distópico de la historia no es más que eso, un mero trasfondo para una trama muy minimalista–, La pasión de Port Talbot quiere reivindicar a Jesús, aquí transformado en el profesor (Sheen), como un revolucionario, como un símbolo de cambio dispuesto a sacrificarse por aquello en lo que cree para darle la vuelta al estado de las cosas. Una estilización del relato bíblico que le da mucha más fuerza, más capacidad de impacto, a lo fundamental de su desarrollo.

Pese a que, por su mera naturaleza de representación en escenarios reales, la obra original parte de un planteamiento fundamentalmente verista, McKean introduce, en determinadas secuencias, detalles que pretenden romper un poco esa teatralidad, introduciendo cierto aliento fantástico en el proyecto a través de unos efectos especiales, hay que señalarlo, de cierta modestia –y que, en algunos momentos, se limitan al encadenamiento de una imagen de oleaje–.

A través de esas grietas se cuela, de forma tímida, la visión personal del director, que se concreta en algunos de los momentos más abiertamente imaginativos de la historia –como la secuencia en la que el Extraño (Nigel Barrett) describe cómo conoció al Profesor transformado en pájaro negro–, que son los que realmente sacan a relucir la influencia estética de su experiencia previa como dibujante de cómics, y que explotaba de forma mucho más ostentosa en su debut en la dirección en colaboración con Neil Gaiman, Mirrormask.

McKean está aquí, sin embargo, encadenado a un texto que no le es propio. De ahí que sea en los momentos en los que su narración puede moverse con mayor libertad, separándose de la mera reproducción de la obra teatral original, cuando La pasión de Port Talbot respira y se expande en lo cinematográfico, alejándose de esa sensación de performance grabada que, en demasiadas ocasiones, transmite el metraje que llega ahora a nuestras pantallas: pocas obras contemporáneas definen de forma tan específica, tan concreta, las diferencias de lenguaje entre lo teatral y lo fílmico, y lo incompatible de sus respectivas fuerzas expresivas.

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