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Me dan miedo las personas que se mimetizan con el ambiente...

Me gusta más la vida que la muerte. Más el camino de la luz que el de la cruz. Prefiero dar la vida conservando el último aliento. Vaciarme sin vaciarme del todo. Guardarme algo, agua en un pozo, para poder seguir viviendo.

Prefiero vivir herido que dejar de vivir para siempre. Amar recibiendo algo a cambio. Me duele más amar sin recibir nada. Me da miedo. Prefiero amar sin temor a vivir temiendo.

¿Qué sentido tiene dar la vida por los amigos? Sólo es posible si el corazón ama hasta el extremo. Si el corazón quiere al otro más que a uno mismo. ¿Es posible amar así? A veces dudo. A veces sí creo, porque lo he visto.

Es posible entonces celebrar una última cena con alegría profunda. Y velar en un huerto con dolor en el alma acompañado de los amigos más queridos que duermen. Creo que tiene sentido amar a todos para luego recibir odio.

Tiene sentido ser generoso cuando nadie más lo es a nuestro lado. Tiene sentido callar y no criticar cuando todos lo hacen. Alabar a los otros cuando todos desprecian. Tiene sentido ser uno mismo en medio de la muchedumbre.

Me dan miedo las personas que se mimetizan con el ambiente. Hoy piensan de una forma, mañana se dejan llevar por lo que otros piensan.

Me gustan las personas sólidas que se mantienen firmes en medio de la tormenta. No se tambalean. No cambian. Esperan como una roca firme, como un cedro erguido contra el viento.

Me dan seguridad aquellos que son los mismos, ayer, hoy y siempre. Dijeron algo una vez y no han dejado de pensar lo mismo.

Decía el padre José Kentenich: “El hombre que crece y se adentra en Dios está siempre solo, y el hombre solo es siempre el más fecundo, pues ha crecido y se ha adentrado en otro mundo: viene del más allá. Pero la soledad no debe ser aislamiento; el hombre aislado es un inválido. El hombre solo es el que está en soledad con Dios; es una personalidad fuerte que camina hacia arriba. Sin embargo, ¡qué pesada puede volverse la cruz de la soledad si se trata de llevarla heroicamente!”[1].

El hombre firme y auténtico. Fiel y sólido. Heroico. Es un hombre anclado en Dios. Tiene su corazón seguro en Él. No duda, no se desalienta, no huye. No renuncia nunca a sus ideas por miedo, o por querer caer bien a todos.

Pero es flexible. Sabe que sus opiniones son importantes pero nunca absolutas. Tiene claras las prioridades. ¡Qué fácil resulta dejarse llevar por los demás! Ceden las ideas y los principios. ¿Tengo claras mis prioridades? Siento que a veces me dejo llevar y no lo hago bien.

¡Qué importante es saber colocar el corazón en el lugar adecuado! Saber lo que de verdad quiero. Amar lo que sé que es importante en mi vida. Aunque eso no siempre me lleve al lugar más fácil.

A veces me puedo dejar comprar por una aplauso, por una sonrisa, por un abrazo. No quiero caer bien a todos.

Siempre pienso en santo Tomás Moro. Un hombre de influencias. Un hombre poderoso. No quiso transar en sus creencias, en su fe, en la verdad, en lo que creía justo. Lo ajusticiaron. Murió solo en una torre. Fue fiel a sus ideas hasta la muerte. No quiso ser como una veleta que se deja mover por los vientos.

Siempre me impresiona esa fidelidad, esa solidez en la fe, en las creencias. Me gustaría tener un corazón así de anclado en Dios. Un corazón con hondas raíces.

Decía el Padre Kentenich: “No nos educamos para ser plantas de invernadero, sino hombres con un sentido para lo trascendente, pero hombres plantados en la vida con ambos pies, que no se doblegan cuando no deben doblegarse”[2].

Cuando mi vida es así soy capaz de mantenerme firme en lo que creo y no me dejo llevar por la corriente. Tengo claro hacia dónde camino y le doy mi sí a Dios con alegría.

 

[1] J. Kentenich, Hacia la cima

[2] J. Kentenich, Kentenich Reader I

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