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Manteniendo viva la memoria de los seres queridos

Kirsten Andersen - publicado el 30/03/16

¿Cómo ayudar a un amigo apenado 6 meses o 6 años después de una muerte? Simplemente hazle saber que le recuerdas

Tres años y medio. Es el tiempo que ha pasado desde que perdí en el Mar Rojo a uno de mis mejores amigos de la infancia, víctima de un accidente en un helicóptero militar que nunca debió haber sucedido y dejando atrás a una esposa y dos hijos pequeños —uno de ellos un bebé que nunca llegará a conocer en este mundo— solos con su dolor y sus recuerdos.

Por supuesto, nunca estuvieron realmente solos. En absoluto. No al principio. En los días y semanas que siguieron a la pérdida de mi amigo, recibieron montañas de cartas de compasión, se organizaron colectas en internet, se reunieron cientos de dolientes en varios actos conmemorativos en su honor, hubo regalos de condolencia, llamadas telefónicas, ofrecimientos para cualquier tipo de ayuda y decenas de homenajes conmovedores publicados en los medios sociales a la vista del mundo entero, por no hablar de los periodistas con sus cámaras y grabadoras.

En las semanas posteriores a la muerte de su marido, la viuda de mi amigo estuvo rodeada de gente —probablemente más personas de las que ella hubiera querido en toda su vida—, aunque a la única persona que ella quería la había perdido para siempre.

En mi experiencia, todas las pérdidas, incluso las que son más “anticipadas”, son justo así.

En los momentos, días y semanas inmediatamente después de una muerte, los que quedaron solos se ven rodeados, oprimidos por los cuatro costados, por bienintencionados y compasivos condolientes, hasta un punto rayano a la claustrofobia.

El frigorífico rebosa con más comida de la que podría comer una familia, docenas de arreglos florales se apilan sobre cada superficie horizontal de la casa, marchitándose poco a poco.

La gente se reúne para compartir historias sobre el difunto alrededor de aperitivos y tentempiés variados, como la mundialmente famosa lasaña de la Tita, y con el alcohol justo para anestesiar el dolor.

Se cuentan las mejores historias, las más divertidas, las que sentimos que explican mejor quién era el difunto.

Reímos, lloramos y prometemos que nunca olvidaremos.

Pero el tiempo pasa y las multitudes se van dispersando. La vida sigue, como quien dice. Hay nuevas vidas que celebrar, muertes más recientes que lamentar.

Y entonces llega un día, tres o cinco o diez años más tarde, en que sientes el ánimo inexplicablemente bajo, y miras el calendario y te das cuenta de que el aniversario de la muerte de tu amigo fue hace casi tres semanas y lo has olvidado completamente.

Prometiste que nunca lo olvidarías.

Desde Aleteia, realizamos una nueva recomendación para este Año Jubileo de la Misericordia: “Envía una carta, flores o un regalo a alguien en el aniversario de los seis meses del fallecimiento de su ser querido. A esas alturas, el resto de las personas ya habrá dejado de compartir su dolor”.

Creo que seis meses es un periodo excelente para hacer esto, porque es que es verdad, es el momento en que ya han pasado página la mayoría de las personas fuera del círculo más íntimo, que aún permanece doliente por la pérdida del ser querido.

Ya no hay más comidas caseras de regalo en el frigorífico, las flores marchitas llevan ya mucho en la basura y es posible que las pertenencias del difunto ya estén en cajas, donadas a la beneficencia o simplemente apartadas de la vista, de una forma u otra.

Visto desde fuera, todo parece prácticamente normal, casi como si el difunto nunca hubiera estado allí en vida.

Pero entre esos muros —los muros de la casa y los muros que rodean los corazones de los afligidos supervivientes— la tragedia aún está presente.

Hay un niño que todavía se despierta llorando en la noche porque ya nunca volverá a abrazar a su padre. Hay un marido que da vueltas en su cama de matrimonio, una cama en la que antes parecía que faltaba espacio a causa del estilo despatarrado de dormir de su esposa, de sus pies helados y de los ronquidos en la oreja de su esposo; ahora, esa cama se siente tan grande y vacía como el espacio que ella dejó en el corazón de él tras dejar este mundo atrás.

Desde fuera de esos muros, los supervivientes parecen fuertes, pero eso es porque desde fuera todo lo que se ve son únicamente los muros.

Así que si sabes de alguien que haya sufrido una pérdida recientemente, apunta la fecha y ponte un recordatorio en el calendario: seis meses después esa fecha, asegúrate de seguir en contacto.

Manda una carta con unas flores si quieres. O mejor, invita a esa persona a comer o a cenar y pregúntale, cara a cara, relajados, cómo le va. Hazle saber que aún recuerdas su pérdida. Si se siente con ánimos, charlad sobre los buenos recuerdos. Te garantizo que lo valorará mucho.

Por cierto, es verdad que los seis meses es un buen comienzo, pero te reto a que continúes. Con toda la tecnología que tenemos hoy, puedes programarte un recordatorio anual o incluso dos veces al año y tenerlo siempre a mano en tu bolsillo.

Mantén la promesa que hiciste cuando el dolor aún era reciente: no olvides a los que nos han dejado ni a aquellos que los perdieron.

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